De vulgari eloquentia, el camino hacia la obra maestra

Sábado, 23 Noviembre 2019 10:42

Dante vulgari eloquentiaDante Alighieri, De Vulgari Eloquentia. Sobre la elocuencia en lengua vulgar, traducción y prólogo de Raffaele Pinto, Cátedra, 2018, 402 pp., ISBN: 978-84-376-3768-6

 

En una célebre carta enviada por Alessandro Manzoni en 1868 al filólogo y académico Ruggero Bonghi, el autor de I promessi sposi negaba rotundamente cualquier tipo de valor al De vulgari eloquentia de Dante en el marco de la discusión en torno a la compleja situación lingüística de la península italiana. Para Manzoni, el pequeño e inacabado opúsculo dantesco escrito poco después de su destierro de Florencia no era más que un libro "citado por muchos aunque no leído casi por nadie [...] probablemente porque las personas de hoy en día suponen que sus padres y sus abuelos, de quien heredaron la tradición, lo habían leído", cuando, en realidad, "por cuanto atañe a la cuestión de la lengua italiana, este no aportaba nada, puesto que en él no se trata ni mucho ni poco de la lengua italiana". 

Manzoni, reconocido defensor del toscano-florentino como lengua común de los italianos una vez concluida la unificación italiana (en 1868 hacía dos años que se había anexionado la región véneta y solo faltaban dos para la anexión final de Roma), no podía bajo ningún concepto considerar como válida la opción propuesta por Dante cinco siglos y medio antes, todavía discutida en tiempos de la unificación, consistente en postular como idioma para todos los italianos una suerte de partchwork de dialectos capaz de ser al mismo tiempo illustre, cardinale, aulico y curiale.

La cuestión se había zanjado, en todo caso, bastante tiempo antes; cuando en 1529 se produjo la recuperación del texto dantesco gracias a Giangiorgio Trissino, la elección de la lengua se había decantado ya por un modelo diglósico que, aunque apuntado por Dante, había acabado por tomar la forma propuesta por Bembo en su Prose della volgar lingua cuatro años antes, en 1525. La opción de Bembo –orientada, tal y como sigue sucediendo hoy en día, al uso alterno de una lengua formal y literaria basada en Petrarca y Boccaccio frente a los dialectos de ámbito cotidiano y preferentemente oral– suponía básicamente una postura mucho más aceptable para los italianos, y especialmente para los florentinos, que la lanzada por Dante doscientos años antes: la de una lengua de tradición literaria que no fuera necesariamente el toscano, sino un italiano sin ningún tipo de vinculación concreta con una región específica y moldeado ex novo a partir de la amalgama "cortesana" de elementos, palabras y giros de todas las partes de Italia.

No es del todo justo afirmar, sin embargo, que el pequeño opúsculo de Dante careciera del interés que le niega Manzoni ni que haya dejado de leerse y estudiarse como una de las primeras y más interesantes reflexiones en torno a la formación y el papel de las lenguas vulgares en la Europa a principios del siglo XIV; es evidente que De vulgari eloquentia no solo contiene en su reducida extensión un número considerable de geniales intuiciones respecto al origen y evolución de las lenguas de una notable perspicacia y agudeza, sino que configura junto al Convivio una etapa fundamental a la hora de entender la evolución poética de Dante en un momento especialmente marcado por una difícil situación personal.

La truncada redacción de De vulgari eloquentia, abandonado cuando apenas se habían redactado libro y medio de los cuatro previstos, se ha de situar, pues, entre 1303 e inicios de 1305, justo en los años inmediatamente posteriores al mencionado destierro al que se vio obligado nuestro poeta en 1301 tras la toma de Florencia por Bonifacio VIII y la posterior subida al poder de los güelfos negros de Corso Donati. La derrota de la facción de Dante, los güelfos blancos, pertenecientes en su mayoría a la clase media y a la pequeña burguesía y partidarios de guardar una cierta distancia respecto al poder papal, supuso no solo el inicio del conocido vagabundeo que le llevará por diferentes poblaciones del norte de Italia hasta su muerte en Rávena veinte años más tarde, en 1321, sino también la apertura de una nueva fase temática y formal de su producción literaria que tiene su momento álgido poco después, en 1307, con el inicio de la redacción de la Divina Comedia.

Antes que nada, el destierro y el alejamiento de Florencia supuso para Dante verse privado de la protección de los antiguos compañeros de partido y, por tanto, tener que depender para subsistir de unos nuevos anfitriones, en gran medida pertenecientes a la aristocracia de la Italia central y septentrional, cuyo favor tenía que granjearse. Dante decide entonces abandonar momentáneamente su papel de poeta para asumir un nuevo rol, el de filósofo, con el que, por un lado, poder situarse a una relativa distancia de los asuntos mundanos y, por otro, hacerse un hueco que justificara su utilidad en calidad de servidor de los nuevos grupos dominantes de los que dependía.

La derrota de los güelfos blancos en julio de 1304 en la batalla de Lastra acabó por acelerar este proceso justo a mitad de la redacción del Convivio y de De vulgari eloquentia. Las consecuencias inmediatas fueron para Dante tanto al abandono de cualquier tipo de anhelo político como la toma de conciencia de la necesidad de establecer una forma de alianza entre la aristrocacia, más o menos nobiliar, con un nuevo tipo de intelectuales de corte laico que sirviera de contrapeso a los intereses burgueses urbanos, coincidentes con las mismas instancias religiosas que le habían empujado al destierro. Tal y como señala Raffaele Pinto en su esclarecedora introducción:

El Convivio y el De Vulgari Eloquentia, escritos cuando ninguna posibilidad de reconciliación y perdón parecía posible (es decir, después de mediados de 1304), son los grandes tratados (interrumpidos) en los que se augura una nueva relación entre los intelectuales y el poder: en ellos la ideología y los valores del laicismo suplantan a la hegemónica cultura clerical en vista de la modernización de la sociedad civil y el estado.

Esta toma de posición le llevará, antes que nada, a reinvidicar en estas dos obras la necesidad de una lengua vulgar de naturaleza laico-nobiliar común a todos los italianos y capaz de oponerse al latín de corte clérico-burgués totalmente alejado ya, a inicios del siglo XIV, de la sociedad civil. Dante trasladaba de este modo a un plano lingüístico el conflicto mismo entre Imperio y Papado, o lo que es igual, entre una sociedad laica naciente que empezaba a adoptar posturas humanistas y una inmovilista estructura eclesial sujeta a patrones tradicionales.

Como es sabido, el problema surgió cuando Dante, en su búsqueda de los rasgos definitorios en que basar ese vulgar ilustre, tuvo que enfrentarse a la relectura de los textos de sus contemporáneos y de los suyos propios a la luz de los postulados teóricos a los que acababa de llegar en De vulgari Eloquentia y en el Convivio. La reflexión posterior, totalmente consecuente, no fue otra que la radical decisión de hacer tabula rasa, abandonar todos los posibles proyectos, retomar su labor como poeta y volcarse de forma exclusiva a la exaltación de la nunca olvidada Beatriz con el objetivo de "dicer di lei quello che mai non fue detto d'alcuna", partiendo para ello de un nuevo modo de entender la lengua poética a partir de la recién descubierta "comicidad" basada en la mezcla de registros de la lengua vulgar.

Dante daba así los primeros pasos en el camino hacia la que es tal vez la obra maestra de la literatura universal.

Juan Pérez Andrés

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