Publicado en Reseñas

Sciascia y la historia del presente

Viernes, 16 Enero 2015 09:05

Sciascia El hombre dle pasamontañasLEONARDO SCIASCIA, El hombre del pasamontañas (crónicas), trad. Raúl Ruiz, Piel de zapa, Barcelona, 2014, 96pp. ISBN: 978-84-941832-5-6

Es frecuente encontrar en los manuales de historia literaria la diferenciación entre obras mayores y obras menores con la intención de separar la producción más reconocida y característica de ciertos autores de otra que, bien por tratarse de obras tempranas o de una fase de declive de su producción, bien por deberse a la menor vocación del autor cuando este se dejaba llevar por géneros que le eran un tanto ajenos, es considerada de inferior categoría.

En el caso de Leonardo Sciascia -y esto lo sabrá cualquier conocedor de su obra- tal diferenciación es extremadamente difícil, cuando no imposible. Cualquier título salido de sus manos es imprescindible. Desde la celebérrima novela Il giorno della civetta, que supuso su pleno reconocimiento en 1961, hasta Una storia semplice, publicada por Adelphi el mismo día de su muerte, el 20 de noviembre de 1989; desde obras de carácter histórico como I consiglio di Egitto, hasta la creación de ese género tan personal representado, entre otras, por Todo modo, medio novela negra, medio crónica política, o esa especie de dietario que fue Nero su nero, escrito con el objetivo de trasladar la “la nera scrittura sulla nera pagina della realtà”, todas la obras de Sciascia pueden considerarse pequeñas obras maestras a las que el lector puede y debe volver una y otra vez.

Ejemplo de ello son esta colección de siete Cronachette publicadas por primera vez en Sellerio en 1985 como número 100 de la colección “La Memoria” y representativas, cómo no, de algunas de las marcas distintivas del autor, tales como su maestría en acercar al presente la crónica negra de tiempos pasados, la habilidad para describir personajes en apenas un par de líneas o la destreza a la hora de organizar el material narrativo

En estos relatos, y esta es también una remarcable característica del autor presente en gran parte de su producción, una vez más Sciascia se mueve con soltura entre documentos de archivo, fragmentos judiciales, correspondencias privadas y textos literarios para arrojar luz a hechos del pasado que, mutatis mutandi, acaban por reflejar una parte de nuestro propio presente sin que, por ello, tal abundancia de citas y referencias acabe por lastrar la narración. Más bien al contrario.

Para el autor de Racalmuto, la recreación de la historia, y especialmente de esos “pequeños acontecimientos del pasado, esos que los cronistas relatan con imprecisión o reticencia y que los historiadores pasan por alto” (como se encarga de señalar en el breve relato Mata Hari en Palermo), acaba por convertirse en todo un pasatiempo intelectual, una especie de acertijo en forma de incipiente novela policiaca fallidamente resuelta de la que el autor sabe extraer no solo un inmenso placer intelectual, sino también una mayor comprensión de los tiempos pasados y una herramienta valiosísima para poner en tela de juicio los mecanismos que subyacen en nuestro propio presente.

De hecho, tal vez la relevancia de Sciascia se deba a que, por muy lejana que sea la historia narrada, por muy lejanos seanlos parámetros histórico-sociales en los que se mueva la narración (estas cronachette abarcan historias desde principios del s. XVII hasta un simpático texto en que pone en solfa la autoría, e incluso la existencia misma, de Borges), esta no deja nunca de filtrar destellos que nos ayudan a iluminar la sociedad actual. Es el caso, por poner un ejemplo, de La pobre Rosetta, un breve texto en torno a la trágica historia de una joven milanesa aspirante a cantante que, brutalmente agredida por la policía en la calle, acabó muriendo en la soledad del calabozo tras horas de agonía sin que finalmente, como en los frecuentes casos de “muertos de estado” que pueblan la historia de Italia desde finales de los setenta, acabe por aparecer un culpable.

No es nada casual, por otro lado, que Sciascia hiciera uno de los más recordados prólogos del que es considerado el texto iniciador del género del “romanzo-inchiesta”, es decir, la novela-investigación de ambiente judicial, según afirmaba ya hace unas décadas Renzo Negri. Nos referimos, obviamente, a la famosa Historia de la columna infame de Manzoni, en cuya introducción Sciascia establecía uno de los grandes presupuestos que alientan gran parte de su prosa y que podría perfectamente encabezar este pequeño volumen: “Los errores y los males del pasado no son nunca pasado, y es preciso vivirlos y juzgarlos de continuo en el presente si queremos ser de veras historicistas. El pasado que ya no existe -la institución de la tortura abolida, el fascismo como pasajera fiebre de vacunación- pertenece a un historicismo de profunda mala fe, cuando no es profunda estupidez. La tortura todavía existe. Y el fascismo sigue vivo”.

La puesta en evidencia de unos mismos mecanismos que laten en la sociedad, pasada y presente, permiten en ese momento una doble lectura a la que no es ajeno el compromiso social que Sciascia supo siempre incorporar en su obra; véase, en este sentido, el impagable El hombre del pasamontañas, el estremecedor relato de un dudoso delator en tiempos de la dictadura chilena durante los años setenta que a servido para nombre a esta traducción de Raúl Ruiz para Piel de Zapa.

Gran parte de estas cronachette tienen, pues, como punto de partida este contraste: desde el relato del recorrido judicial de don Alonso Girón a principios del siglo XVII tras el descubrimiento del cuerpo sin vida del joven mozo Battista, pasando por las andanzas del pendenciero Pietro Bonaparte, esa “mezcla de príncipe romano y corso, en el fondo un pobre diablo, pero sin apenas cerebro” que caminaba por Civitavecchia escoltado por un perro con un cuchillo en la boca (y que tal vez sirvió de inspiración para “el menos inteligente de los personajes de Stendhal”, Fabrizio del Dongo), hasta la trágica historia de la mencionada Rosetta, cuyo fin circuló durante tiempo en forma de cancioncillas, o la especulación sobre la presencia de Mata Hari en Palermo.

Pequeñas joyas, todas ellas, nacidas de la prosa de uno de los mejores escritores del siglo XX italiano al que siempre es recomendable seguir y releer, tanto si simplemente queremos disfrutar de la sugerente y estimulante prosa del autor, como si deseamos reflexionar sobre nuestro propio presente a partir del necesario entendimiento del pasado.

Juan Pérez Andrés

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