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Guido Gozzano, Exilio y renuncia

Sábado, 26 Noviembre 2016 12:49

gozzano coloquiosGUIDO GOZZANO, Los coloquios, trad. José Muñoz Rivas, Visor, Madrid, 2014, pp. 317 ISBN: 978-84-9895-883-6

GUIDO GOZZANO, Poesía, trad. José Muñoz Rivas, Renacimiento, Sevilla, 2015, pp. 416, ISBN: 9788484725374

Breve e intensa fue la producción del poeta Guido Gozzano (Turín, 1883-1916), como breve e intensa fue la experiencia del movimiento crepuscular en el que se suele habitualmente encuadrar su producción literaria. Basta echar una rápida ojeada a su producción para constatarlo: los treinta poemas de La via del rifugio (1907), publicados el mismo año en que se le diagnostica una grave enfermedad pulmonar que arrastrará hasta su prematura muerte apenas superada la treintena, conforman, junto a la colección de I colloqui (1911) y los seis cuentos de hadas de I tre talismani (1914), los tres únicos títulos que el poeta turinés publicó en vida. A ellos habría que añadir varias ediciones de epístolas, como Verso la cuna del mondo. Lettere dall'India (1917), o los delicados relatos de L'altare del passato (1917), todos ellos publicados ya póstumamente.

Son en efecto fechas que se solapan, respectivamente, con la eclosión definitiva y el lento declinar del fugaz e intenso movimiento crepuscular italiano: si en 1907 se publicaban obras como Eptacordo de Bino Binazzi, Gli aborti de Corrado Govoni, Panem nostrum de Fausto Maria Martini, Le vergini folli de Amalia Guglielminetti, Un giorno de Carlo Vallini o Lanterna de Aldo Palazzeschi –capaces por sí mismas de dar cuenta del vigor del movimiento a mediados de la década–, también es fácil comprobar cómo, apenas diez años más tarde, 1917 marca ya el inicio de su incipiente ocaso. Es este el año de la desaparición de algunos de sus miembros más destacados, como Nino Oxilia, caído en la Gran Guerra, pero también el del progresivo abandono de autores que, como Corrado Govoni o Marino Moretti, acabaron alejándose de la estética crepuscular una vez acabada la contienda.

Con todo, pese a la relativa parquedad de la poesía de Gozzano –si es que la cantidad en poesía tiene algo que ver con la calidad… es indudable que pocos autores han sido capaces de alcanzar la maestría del autor turinés con una obra tan condensada–, su figura no ha dejado de crecer en importancia año tras año hasta convertirse en una de las referencias ineludibles de la poesía italiana del siglo XX.

En este sentido, a las iluminadoras y ya canónicas ediciones aparecidas en Italia desde mediados del siglo pasado a manos de críticos de la talla de C. Calcaterra, A. De Marchi y E. Sanguineti, se han unido ahora dos ediciones casi complementarias que sin lugar a dudas suponen un paso más en el conocimiento de su obra, sobre todo en castellano. Nos referimos a Poesía (2015, Renacimiento), una acertada antología bilingüe que permite seguir al detalle la interesantísima trayectoria de Gozzano, y Los coloquios (2014, Visor), edición también bilingüe de uno de sus títulos de referencia. Ambas pueden considerarse dos lecturas fundamentales para quien quiera dejarse llevar por los meandros de la poética de este imprescindible poeta.

Las dos ediciones vienen además avaladas por la traducción, introducción y notas del profesor José Muñoz Rivas, experto conocedor del poeta, por lo que no solo son una inestimable ocasión de disponer de una gran parte de la obra del turinés hasta ahora prácticamente ausente de nuestras librerías (de 2003 es la breve antología Poemas de Guido Gozzano publicada por Comares con traducción de Carlos Pujol Jaumandreu), sino que ofrecen también la posibilidad, en un interesantísimo juego de dobles y triples lecturas, de adentrarse en aspectos tan relevantes como son los entresijos biográficos que modelaron su obra literaria, la compleja filiación de Gozzano con los múltiples y variados movimientos poéticos de principios de siglo o el conocimiento de la rica recepción crítica de su obra.

No es fácil resumir en unas pocas líneas las claves temáticas y formales que guían la obra de Gozzano. Una primera simplificación pasaría, tal vez, por destacar el hecho de que nos encontramos con una poesía en la que deslumbra un claro aire narrativo magistralmente volcado a través de un cuidadísimo uso del verso, lo que convierte los poemas en casi pequeños relatos versificados en los que resalta ya desde la primera lectura una dosis elevadísima de autobiografismo (casi mejor, pseudobiografismo) a partir casi siempre de una descripción e inmersión evocativa en el pasado.

Como muchos crepusculares –y esta podría ser una de las líneas comunes a muchos de ellos– se busca con frecuencia la recreación de un mundo olvidado, la huida de un presente en el que el poeta se encuentra ciertamente ajeno. Y ello se hace, como en sus coetáneos, a través de la indagación en una memoria que no es histórica, sino personal; se trata, pues, de la búsqueda de una distancia que permita al poeta tanto un tono de irónica ternura, como un oportuno alejamiento de la vacua modernidad del futurismo, un movimiento profundamente denostado… Posiblemente se debe a Arturo Graf el haber insuflado en el primer Gozzano el deseo de “buscar en un mundo de sueño un refugio de la dolorosa realidad de la vida” y en el que “razón y fantasía no son antitéticas”.

La influencia de Arturo Graf (afincado desde 1882 en Turín, profesor de dicha Universidad y animador de encuentros en el Ateneo de la ciudad) vendría a iniciar en todo caso una extensísima nómina de autores a partir de los cuales Gozzano fue capaz de elaborar una poética propia de la que las ediciones del profesor Muñoz Rivas da cumplida cuenta: desde la asimilación del lirismo de Francis Jammes, de quien adopta el ambiente provinciano para alejarse del esteticismo, hasta su particular trasgresión de la influencia de D'Annunzio, Carducci o Pascoli, por citar tan solo unos pocos.

Nos encontramos, por tanto, ante una compleja suma de pulsiones, de tendencia, de influencias clásicas y modernas, aunadas en una poética de gran homogeneidad y personalidad caracterizada por la aparición simultánea (como tuvo ocasión de apuntar certeramente Eugenio Montale) de una materia y una temática de gran sencillez pero mostrada, por el contrario, de un modo extremadamente rico y complejo. Son influencias que, sin impedir el goce de la lectura, acaban por superponerse en Gozzano a veces en forma de cita, otras en forma de guiño, otras en forma de velada referencia, permitiendo, como ponen de relieve las precisas notas del profesor Muñoz Rivas, dar cuenta de una interesantísima y profunda reflexión del propio quehacer poético.

Los poemas de Gozzano, resumibles hasta el absurdo en muchas ocasiones como un catálogo de amores frustrados (o, más bien, como la manifestación de un cierto maleficio de amor de un "adolescente ciego de deseo" al que sigue la resignación por no poseerlo), están en efecto en muchas ocasiones trazados a partir de breves y etéreos encuentros con mujeres de los que apenas queda el poso de lo que pudo ser. El recuerdo de un beso apenas dado, un breve paseo con una joven a la que el poeta lleva la bicicleta o fugaces encuentros carnales ("el amor de las camareras"), se erigen como los temas sobre los que gravita una parte considerable de su creación poética. Gozzano poesias

Siendo este uno de los ejes predilectos, no se puede olvidar otro de los grandes focos de su producción: la configuración de la mirada perpleja de quien ve cómo la juventud se le escapa entre las manos e intenta, mediante la aparentemente simple reelaboración del recuerdo, permanecer en el mundo más cercano a la niñez, ese mundo de asombro y pureza ya irremisiblemente perdido ("niño simple fui / con el corazón en la mano y la frente alta"). Por ello, son frecuentes los poemas que arrancan precisamente de una invitación al recuerdo, del deseo de traer a la memoria tipos, gestos, rasgos, épocas ("me es dulce convidar a las pocas / mujeres que me sonrieron en el camino") a partir de un yo lírico evocador; el poeta se muestra en ese instante como un alma solitaria a la que se le ha negado repetidamente el amor ("amor no me tocó y no me toca; / en vano me ofrecí a las cadenas y a los cepos") y al que apenas le queda otra opción que no sea cantar esos posibles romances irremediablemente imposibles en cuanto pretéritos. El poema acaba convirtiéndose entonces en un intento por retener un tiempo que se escapa entre las manos y cuyo pasado cercano el poeta no puede dejar de evocar.

El inamovible pasado, convocado con una sobrecogedora ternura, delicadeza y precisión en cada poema (especialmente brillante cuando se trata de interiores pequeño burgueses poblados de tapetes bordados, candiles, acuarelas descoloridas, jarrones con flores secas… esas "pequeñas cosas de pésimo gusto") es para Gozzano el espacio propicio a la añoranza, al ensueño, a la nostalgia y, finalmente, a la melancolía.

Nos encontramos, en todo caso, con algunos de los rasgos ya señalados hace un siglo por Giuseppe Antonio Borgese, quien en septiembre de 1910, refiriéndose a tres obras clave del crepuscularismo (Sogno e ironia de Carlo Chiaves, Poesie provinciali de Fausto Maria Martini y Poesie scritte col lapis de Marino Moretti), supo lúcidamente entresacar algunas de las claves de un grupo de poetas que, entonces al inicio de su carrera literaria, "no tienen más que una emoción que cantar: la tórpida y cenagosa melancolía de quien no tiene nada que decir o hacer".

Y ello es así porque, al igual que muchos hermanos crepusculares, Gozzano es capaz de encontrar en las insulsas escenas de provincias el gusto de su época. También como ellos, Gozzano acaba por acercarse a la realidad actual con una mirada de desdén e inseguridad mientras se refugia en una cotidianidad sencillez de una burguesía de segunda en franca decadencia, un mundo en franco declive ante la modernidad del que sabe atrapar sus más íntimos y sugerentes rasgos:

Soy feliz. Mi vida es muy
parecida a mi sueño; el sueño que no varía;
vivir en una villa solitaria,
sin pasado ya, sin añoranza:
pertenecerse, meditar… canto
el exilio y la renuncia voluntaria.
 

De ahí la innegable abdicación ante cualquier tipo de compromiso social y civil, o el radical alejamiento frente al futurismo imperante en la época al que los crepusculares se oponen dado su rechazo a actitudes como el valor, la audacia, la exaltación nacional, el maquinismo o la modernidad. De este modo, Gozzano acaba refugiándose en un mundo interior conocido para hacer de su salón familiar, del ambiente hogareño, del jardín de la casa, un verdadero hortus conclusus en el que cantar toda la "belleza reposada de los desvanes / donde el rechazo secular duerme".

Fue justamente Tito Marrone, tal vez el crepuscular menos recordado, el primero en apreciar el dominio que el poeta tenía de su propia cotidianidad y el primero en destacar ese "limitatissimo mondo lirico" como su rasgo más precioso. Y ello porque nadie como el poeta turinés supo ver –y hacernos ver– que cada objeto, por ínfimo que parezca, está dotado de una vida interior que solo la palabra poética es capaz de devolvernos. "Ricordare è più dolce, ogni filo d’erba / potrebbe ricordare / ché molto sa. Quante memorie care / questo stretto recinto anche ci serba", escribiría Moretti al contemplar su jardín.

Ese ambiente de ensoñación, de evocación de tiempos tal vez irremisiblemente perdidos en los que "no sé si verdaderamente fue vivido / aquel día de la primera primavera" (en definitiva, ese tiempo de la nostalgia en el que pasado y presente se mezclan y confunden en un todo en la sensibilidad del poeta, aunando tristeza, rememoración, melancolía y una cautivadora ebriedad sensitiva), se vuelve entonces el estado connatural del poeta.

La poesía es para Gozzano, en muchos aspectos, una prolongación del sueño, sabedor también de que la labor poética, de algún modo ignoto impuesta, no es más que una tarea estéril que gozosamente dejaría de lado a cambio de una vida ordinaria:

¡Mejor la vida ruda concreta
del mercante entregado a la moneda,
mejor ir azotados por la necesidad
pero vivir la vida! ¡Yo me avergüenzo,
sí, me avergüenzo de ser poeta!
 

Y es esta doble pulsión, la de la poesía entendida como bien necesario, pero también como actividad de la que el mismo poeta se intenta desligar (caso de auto-negación del propio carácter de poeta similar a ese "saltimbanco dell'anima mia" con que el mismo Palazzeschi denostaba su propia condición), el elemento que tal vez en mayor medida permite relacionar a Gozzano con el gran recuperador y mistificador de la infancia, Sergio Corazzini, el inmenso cantor de la simplicidad de la vida y de melancolía escondidas en todas las "povere tristezze comuni" que, no queriendo que lo llamaran poeta, acabó aceptando ser tan solo un “piccolo fanciullo che piange”.

Tal vez la asociación más sencilla pase por relacionar gran parte de la obra de Gozzano como un canto al fin de la infancia, a la pérdida de la pureza juvenil y a la nostalgia por lo que no pudo ser, aunque ello no suponga más que, de nuevo, una burda simplificación de algunos de los muchos aspectos y temas que pueblan su poesía. Se trataría, en última instancia, de la plasmación de una suerte de vida que no vale la pena vivir, asediada por la desafortunadamente prematura espera de la muerte, esa “huésped furtiva que nos libra del Tiempo y del Espacio" que es presentida por un cuerpo que se sabe enfermo y que, gravitando en numerosos poemas, acaba por aparecer inevitablemente en Los umbrales, los poemas que conforman la segunda parte de Los coloquios.

Baste recordar uno de sus grandes títulos, Turín:

La infancia remotísima… la escuela…
la pubertad… la juventud encendida…
los pocos amores pálidos… la espera
desilusionada… el tedio sin palabra…
la Muerte y mi Musa consigo sola,
desdeñosa, taciturna e incomprendida!
 

Pocos amantes de la poesía pueden permitirse el lujo de no conocer poemas tan magistralmente evocadores y sentidos como L’amica di nonna Speranza, I sonetti del ritorno, La signorina Felicita ovvero la Felicità o Totò Merùmeni, quizás algunos de los más bellos escritos en todo el siglo XX italiano. Desde luego, la oportunidad está servida... y, ¿cómo no resistirse a ellos?

 Amica di Nonna, conosco le aiole per ove leggesti
i casi di Jacopo mesti nel tenero libro del Foscolo.
Ti fisso nell’albo con tanta tristezza, ov’è di tuo pugno
la data: ventotto di giugno del mille ottocentocinquanta.
Stai come rapita in un cantico: lo sguardo al cielo profondo
e l’indice al labbro, secondo l’atteggiamento romantico.
Quel giorno - malinconia - vestivi un abito rosa,
per farti - novissima cosa! - ritrarre in fotografia....
Ma te non rivedo nel fiore, amica di Nonna! Ove sei
o sola che, forse, potrei amare, amare d’amore?

 

 

 

Juan Pérez Andrés

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