Publicado en Reseñas

Palomar, lector del mundo

Jueves, 21 Diciembre 2017 10:50

Calvino PalomarItalo Calvino, Palomar, edición de Javier Aparicio Maydeu, traducción de Aurora Bernárdez. Cátedra Letras Universales, Madrid, 2017.

Escribir unas notas a Palomar (1983), la última novela publicada en vida por Italo Calvino, puede ser una tarea tremendamente farragosa o insoportablemente previsible, dependiendo de si se trata de invitar a su lectura a un lector que -algo difícil- no conozca ninguna de las obras de su siempre recordada producción o si, por el contrario, la reseña se dirige a un lector que ya se haya adentrado, por poco que sea, en su sugerente mundo.

Palomar es, en muchos sentidos, el resumen y epítome no solo de gran parte de los elementos que caracterizan la emotiva y efectiva prosa del autor, sino también de la postura moral y vital que este adoptó a lo largo de los años. Desde el delicado lirismo y la intensa reflexión ética en torno al hombre y su presencia en el mundo que se apreciaba ya en El sendero de los nidos de araña (1947) o Por último, el cuervo (1949), pasando por la influencia del grupo de la Oulipo tras su larga estancia en París y el recurso al arte combinatorio como método de construcción, configuración o ensamblaje de los distintos relatos -como en El castillo de los destinos cruzados (1969), Las ciudades invisibles (1972) o en Si una noche de invierno un viajero (1979)-, hasta llegar a la concepción lúdica de la literatura o la visión de la novela como género híbrido, casi todos los rasgos más significativos de su producción narrativa están reunidos aquí.

De hecho en Palomar, una obra que es en parte sátira y en parte fábula -pero también en parte ensayo, diario personal, esbozo de enciclopedia, cuento filosófico... y tantas otras cosas más-, podrían perfectamente rastrearse las líneas maestras e influencias sobre las que se mueve la producción del autor, algo que cumple con creces la presente edición de Javier Aparicio Maydeu. Sobre todo porque en Palomar hay trazas que, más allá de las ya mencionadas de la Oulipo -sobre todo de Raymond Queneau y George Perec-, podrían llevarnos a Borges y sus infinitas bibliotecas (piénsese en el capítulo “El modelo de los modelos”), o a Manganelli y su Centuria. Cien breves novelas-río (publicada en 1979 y tal vez ilustre precedente de Palomar), o al poso moral de las breves y concisas operette leopardianas, o a la objetividad de la lectura semiótico-estructuralista del mundo presente en, por ejemplo, El imperio de los signos (1970) de Roland Barthes, por citar unos pocos.

Una reseña de este tipo nos llevaría, indefectiblemente, a tener que elencar un nutridísimo grupo de autores y obras que, en última instancia, no servirían más que para constatar de nuevo que Calvino fue, antes incluso que el creador de un inconfundible y apasionante mundo, un excelente y atentísimo lector. Recordemos tan solo las cartas escritas como consultor de Einaudi recogidas en Los libros de los otros (Tusquets, 1994).

Con todo, Palomar es, también, una de las mejores muestras de la “condensación significativa” en la que desde mediados de los setenta Calvino se fue adentrando hasta llegar a un conjunto de “articoli-racconti” publicados en Il Corriere della Sera y que años, más tarde, acabarían formando parte de los 27 relatos breves agrupados en este volumen.

Al igual que sucedía en Marcovaldo, su más ilustre predecesor, también aquí el nexo común a estos breves cuentos (recordemos que Calvino se consideró siempre antes que novelista, escritor de relatos) es la presentación de un personaje tremendamente particular dotado de un no menos particular punto de vista a partir del cual se nos describe el mundo, y también aquí, como en aquel, el lector tiene la sensación de que por momentos Palomar no es más que el alter ego del propio autor.

Y no es pequeña la tarea que se autoimpone Calvino y que, por tanto, impone a Palomar: observar el mundo de forma detallada para, verificando caso por caso cada uno de sus estados y configuraciones posibles, lograr extraer de él una especie de regla implícita válida para su propio comportamiento.

Para ello, parte de los tres grandes ejes que conforman otros tantos capítulos: “Las vacaciones de Palomar”, en el que los relatos se centran en la experiencia visual del personaje en medio de la naturaleza (en el jardín o en la playa, como algunos cuentos de Los amores difíciles, 1970); “Palomar en la ciudad”, volcados en aportar una visión un tanto más antropológica a partir del planteamiento de cuestiones como el lenguaje o los símbolos en general en medio del supermercado o en el zoo; y, finalmente, “Los silencios de Palomar”, centrados en el silencio, la meditación y la especulación sobre la esencia del hombre en el universo.

“Lo único que me gustaría poder enseñar [escribía Calvino a François Wahl a principios de diciembre de 1960] es una forma de mirar, es decir, de estar en medio del mundo. En el fondo, la literatura no puede enseñar nada más”.

Y es que Palomar es, antes que nada, “una forma de mirar”, un impulso que obedece a la idea, vital en nuestro personaje, de que la complejidad del mundo puede desgajarse en una miríada de pequeñas obervaciones que no dependen tanto del objeto en el que nos fijamos, sino de nuestro modo de observarlo. Esto es, que no solo se capta la esencia de cada uno de sus objetos individuales sobre los que posamos la mirada por insignificantes que parezcan, sino que estos mismos objetos son capaces de constituirse frente a nosotros como engranajes de pequeños sistemas más complejos entre los que se pueden establecer inesperadas interrelaciones. En definitiva, la idea de que el mundo cobra sentido solo cuando un ojo observador lo dota de sentido, en el momento en el que es el ojo, nuestro mirar consciente, el que traza líneas de unión entre los objetos cotidianos, el que los saca de su aislamiento y los enmarca en una precisa configuración del mundo.

“Si ningún ojo, salvo el ojo vítreo de los muertos, se abriera más en la superficie del globo terráqueo, la espada no volvería a brillar. Pensándolo bien, esa situación no es nueva: durante millones de siglos los rayos del sol se posaron en el agua antes de que existieran ojos capaces de recogerlos”, nos dice Calvino.

De este modo Palomar, simpático e insaciable voyeur del mundo que le rodea, incombustible flâneur de la complejidad de la vida, como el Musil de los diarios inagotable vivisecteur de la realidad, es arrastrado por un insaciable apetito, por una innata necesidad de captar, comprender, sistematizar y, por tanto, cuestionar la realidad en sus parcelas más mínimas y en sus detalles más cotidianos para aportarnos su tierna visión de un mundo en pleno desarrollo antes sus ojos; sirvan de ejemplo los magníficos relatos dedicados a “Los amores de las tortugas”, “El césped infinito” o “El museo de los quesos”.

La prosa detallada y preciosista de Calvino, caracterizada por un cuidadísimo uso de los adjetivos y por la inclusión de evocadoras descripciones, no deja de renunciar de todos modos al carácter científico-clasificatorio de las observaciones de Palomar. Como un naturalista sabedor de la importancia de sus anotaciones pero incapaz de poner freno a la belleza de unas palabras capaces no solo de definir, sintetizar y determinar, sino también de sacar a la luz la belleza misma del mundo (imposible no pensar en el ilustre entomólogo que fue Gozzano y sus delicadas descripciones de las mariposas), Palomar ejemplifica perfectamente el abismo que hay entre contemplar y observar.

La “obsesión de plenitud descriptiva” de Palomar acaba de este modo por convertir al personaje en una especie de notario de su tiempo y su realidad, lo que acaba llevándolo (y al lector con él) a una especie de insatisfacción que nace, en primer lugar, de una cuestión evidente: la infinitud del cosmos. Por mucho que Calvino prolongue los relatos y multiplique los capítulos, el pobre Palomar nunca conseguirá el objetivo propuesto, necesariamente insatisfecho por imposible; el inventario nunca será completo, el sistema siempre podrá ser sujeto de nuevas adiciones y modificaciones.

A Palomar “no le queda sino exponer estos bellos pensamientos en forma sistemática, pero un escrúpulo lo detiene: ¿y si el resultado fuese un modelo? Por eso prefiere mantener sus convicciones en estado fluido, verificarlas caso por caso y convertirlas en la regla implícita del propio comportamiento cotidiano, en el hacer o en el no hacer, en el elegir o en el excluir, en el hablar o en el callar”.

En segundo lugar porque la observación, que nos lleva en primera instancia a la clasificación, a la interrelación de lo individual en su sistema, acaba desembocando siempre en una problemática de corte ético: la necesidad última de tomar partido. La búsqueda particular de comunión con el mundo y, por qué no, consigo mismo, es autoconocimiento y al mismo tiempo compromiso, la necesidad de optar por un modo de actuación, en muchos aspectos ofreciendo la versión edulcorada de la decepción frente a la sociedad consumista que Calvino, consciente del papel del intelectual en la sociedad que le tocó vivir, desperdigó, de forma siempre discreta pero tremendamente aguda, en numerosos artículos periodísticos.

El camino de conocimiento emprendido por Palomar es también, por tanto,  un modo de conocimiento de los demás, un modo de aprender a relacionarse con ellos, un método puesto a punto para encontrar nexos de unión con el resto del mundo. Y ello a pesar de que, como se ve en numerosas ocasiones, se trata de un movimiento condenado al fracaso. Palomar va a contracorriente, es un excéntrico observador de la naturaleza, un iluso investigador sediento de sabiduría y comunión que, como los flaubertianos Bouvard y Pécuchet, difícilmente puede tener cabida en nuestra sociedad.

En el relato “La contemplación de las estrellas” un grupo de sombras silenciosas (una pareja de enamorados, un pescador, un guardia, un barquero…) empiezan a reunirse alrededor de un Palomar absorto mientras compara abrumado el cielo estrellado y los mapas celestes extendidos en sus rodillas mientras susurra confusas elucubraciones. De forma irremediable, la pequeña multitud arremolinada en torno suyo no puede más que observar sus movimientos “como las convulsiones de un demente”.

Con todo, como señala acertadamente Javier Aparicio Maydeu, Palomar ejemplifica en un pequeño volumen la capacidad de Calvino de aunar “el compromiso y la vanguardia”, al tiempo que “abraza la interdisciplinariedad, disfruta con la invención de la fantasía y se complace en su sublimar el arte de alcanzar la creación literaria sobre sólidas bases matemáticas, escribe relatos con la sensibilidad de un poeta y analiza textos y técnicas con la meticulosidad de un académico”.

Es decir, lo mejor de Calvino. Por ello, las cerca de 200 abultadas notas a pie de página que acompañan esta completa edición no parecen en ningún momento ociosas. Quizás, como estas mismas palabras, unas cuantas notas puedan resultar aparentemente prescindibles al lector habituado a transitar por los mundos cercanamente fantásticos de Calvino; por el contrario, para aquellos que todavía no se hayan visto atrapados en el torbellino de la lectura de Marcovaldo, Las cosmicómicas o por Nuestros antepasados, estas notas serán un aliciente más para seguir conociendo a nuestro autor. De cualquier modo, en los dos casos, tanto si tenemos entre las manos a Calvino por primera vez como si nos es conocido, no cabe duda de que las extensas notas son otros tantos puntos de fuga con los que adentrarse y perderse un poco más en el cosmos particular de nuestro autor.

De Palomar, del que Cátedra ofrece la excelente traducción de la no hace mucho desaparecida Aurora Bernárdez, dijo el mismo Calvino: “releyendo el volumen, me doy cuenta de que la historia de Palomar se puede resumir en dos frases: un hombres se pone en marcha para alcanzar, paso a paso, la sabiduría. Todavía no ha llegado”.

Tampoco lo hará seguramente el lector, aunque estará un poco más cerca tras la lectura.

Juan Pérez Andrés

 

 

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