Publicado en Reseñas

Recuerdos y voces en Catalfamo

Jueves, 07 Junio 2018 03:12

catalfamo LACASADELLEROSEAntonio Catalfamo, La casa delle rose, Fefè Editore, Roma, 2018, p.159.

Quando racconti quel che sai, non ti rispondo
“cosa resta?” o se furono prima le parole o le
cose. Vivo con te e mi sento vivo.
Cesare Pavese

 

   Una vida no es sólo una vida. No es posible hablar de un yo sin hacerlo en relación con el otro. Esto lo sabía muy bien Mijaíl Bajtín. Su pensamiento teórico, atravesado de punta a punta por esta categoría, se nos presenta inmediatamente cuando leemos las páginas de La casa delle rose, el último libro en clave autobiográfica de Antonio Catalfamo, poeta y ensayista italiano que actualmente dirige el "Observatorio permanente de estudios pavesianos" en el mundo. Porque, si hay algo que vamos a encontrar a lo largo de los catorce relatos que integran este volumen, más que la voz narradora en primera persona que reenvía al propio autor, son las voces de los otros, aquellos personajes del pasado, familiares y conocidos, que pueblan el vasto territorio de los recuerdos de un tiempo y unas gentes que ya no existen más.

   ¿Qué fue primero? ¿Las palabras o las cosas? Poco importa, porque sabemos a ciencia cierta que si no hay palabras que recuperen la existencia, ésta se pierde definitivamente. Probablemente es la razón por la que escribe Catalfamo estas páginas autobiográficas: tiene la convicción de que quizás sea uno de los últimos depositarios de un patrimonio tan esencial y humano como es el de la memoria, amenazada más que nunca en nuestros días a cada instante por el olvido.

   Para nosotros, la recuperación de las experiencias de la infancia que intenta Catalfamo tiene que ver en especial con dos motivaciones muy diferentes. La primera de ellas: la resistencia. Su historia familiar y personal tiene sus orígenes en un mundo sobre el que el progreso y la tecnología avanzan sin detenerse en aquello que destruyen. Siguiendo los meandros del recuerdo y sus contornos esfumados el lector navega por un río que discurre al ritmo de una serie de evocaciones aparentemente espontáneas. Quien narra la propia historia parece dejarse llevar por la corriente de la memoria y de la vida, y prefiere, la mayor parte de las veces, detenerse en el remanso de la vida de los otros y sus voces, esas que lo han nutrido y que han configurado la propia historia, la que no ha vivido sino que le ha sido contada por los mayores, experiencias irrepetibles que, sin embargo, al ser rescatadas por la escritura, entran en el universo de lo que retorna.

   La segunda de esas motivaciones es la del auto conocimiento: el mundo de los antepasados es parte integrante de la voz narradora, le da identidad. Uno es lo que es por lo que ha sido. Las lecturas hechas cuando niño, las vacaciones en el campo, los relatos del abuelo, los amigos campesinos, la escuela y los maestros: todas escenas de una vida en la que lo personal cuenta menos que la alusión a un mundo que ya no es pero que ha calado profundo en la existencia del escritor. Justamente por esas escenas es que el lector se siente atraído y desea seguir leyendo una vida así narrada: porque reconoce allí un tiempo ido y “se” reconoce también en gran parte de esa experiencia. Poco importa aquí la geografía, el lugar en el mundo en el que uno haya nacido: todos aquellos que sentimos la pérdida de ciertos modos más personales y humanos de relacionarnos, menos mediados por lo material, el consumo y la tecnología, hallamos en La casa delle rose resonancias de algunas de nuestras vivencias infantiles. Es cierto: hay diferencias y matices, pero esencialmente esos recuerdos, esas imágenes, nos reconducen a una misma carencia, a una misma dolorosa constatación que habita en cada hombre y mujer adultos: la de que los paraísos sólo existen para ser perdidos.

   La voz narradora y las voces de los otros configuran también en este relato autobiográfico espacios y tiempos. Imposible leer las vicisitudes de una vida sin el esencial componente cronotópico que nos sitúa en la Sicilia de los años ‘60. Así, el día en que Antonio nació, su padre tuvo que ir a buscar en bicicleta dos bolsas de hielo a la fábrica para convidar a las visitas que iban a conocer al recién nacido a algo fresco de beber. Por entonces no era común que hubiese heladeras en las casas de familia. Tiempo más tarde, la fábrica fue “víctima del progreso tecnológico”, cerró sus puertas y muchos perdieron sus trabajos. La preocupación social atraviesa casi todas estas historias recuperadas por la voz narradora: allí está el maestro fascista que especialmente pegaba a los niños de familias pobres; asoma más allá la miseria de los colegiales que iban al comedor y recibían regalos, un humillante indicio de tener padres sin recursos económicos.

   Surge entonces ante nosotros todo este universo narrado a través de una voz que deja entrever al hombre culto que escribe desde el presente, estudioso de la literatura y las gentes de su pueblo, interesado en no olvidar cómo los hombres resolvían de otro modo más sencillo y económico las diferentes situaciones (no había calefacción, sino la bolsa de agua caliente para calentar la cama en las frías noches; la televisión aún no había colonizado el espacio familiar y los cuentos contados por la madre en los días de invierno brotaban de un cuerpo, de un “otro” presente en el aquí y ahora de la comunicación, no de un aparato parlante; el celular no existía y los cuentos de Gianni Rodari amenizaban la convalecencia en cama por alguna enfermedad propia de la infancia), cuáles eran sus costumbres y creencias (el mal de ojo en el leudado del pan, las curanderas del pueblo, la caza del zorro, el maíz cocido al fuego y comido con sal).

   Rememorar no siempre trae la nostalgia que proviene de hablar de la ausencia y de la pérdida, sino también nos permite recuperar la alegría y el humor disfrutados en el pasado, componentes fundamentales de la vida. Entre otros pasajes no menos interesantes, Catalfamo recuerda vivencias que tienen como protagonistas a los sacerdotes y la religión. Por allí emerge una escena: es la del padre Cambria, sacerdote eficaz a la hora de explicar ciertas cuestiones de la doctrina. Está intentando responder a los niños la pregunta de qué es el examen de conciencia; y la responde apelando a una simplificación extrema a través de dos preguntas y una conclusión inmediata: “‘Hai fatto il bravo oggi?’. Io gli risposi istintivamente di sì. E lui di rincalzo: ‘Ci metteresti la mano sul fuoco?’. Risposi cautamente di no. E allora lui concluse: ‘Vedi, questo è l’esame di coscienza’”. Más acá, surge otro recuerdo que narra los vanos intentos de un amigo por tratar de sorprender al ángel de la guarda tras de sí. Por años ha estado dándose vuelta de un salto para sorprender a este “gendarme de Dios”, presencia no visible e inquietante para todo niño, ser celestial que podía guiar y amonestar a la vez.

   Pero, ¿por qué La casa delle rose? Hay un capítulo cuyo título da el nombre a todo el libro. La voz narradora se detiene en la rememoración de ese modesto espacio familiar heredado de los bisabuelos. Allí, especialmente en el jardín de esa residencia, domina la figura de la abuela, especialista en el arte de cultivar las rosas y la huerta, clara poseedora de un saber ancestral que le permitía recoger las flores y frutos de la tierra. Fue el léxico familiar el que le dio ese nombre a esa casa: “la casa de las rosas”, espacio que se vuelve en esta autobiografía un símbolo de los valores que Catalfamo respeta y a los que rinde el homenaje del recuerdo: el amor por el saber, el trabajo y la resistencia a la adversidad.

   La casa de las rosas es simbólicamente el territorio de la supervivencia moral de la familia, ya que cuando el abuelo murió algunas personas del pueblo, que no aceptaron nunca su defensa de los trabajadores y obreros, intentaron destruir el jardín sin éxito como un modo de vengarse. Lo que ellos rompían cobijados por la oscuridad de la noche, la madre de Antonio lo restauraba pacientemente durante el día. Así logró vencer a los vándalos, por cansancio. Fue una guerra en la que por una vez ganaron las virtudes morales a sus contrarios. Porque, como nos dice Catalfamo en el último de los capítulos de esta autobiografía hecha de fragmentos de vida que merecen ser recordados, la existencia humana está dominada por la dialéctica entre el bien y el mal, y raramente el bien triunfa y, cuando lo hace, su triunfo es provisorio. Continuamente es necesario luchar cuerpo a cuerpo con la realidad para poder cambiarla. Con el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia, así es como se lo enseñó en la adolescencia Antonio Gramsci, esa figura fundamental de la historia del pensamiento contemporáneo y de su propia historia.

   Siempre hay guerras que enfrentar. La “de las rosas” no es la única que Catalfamo recupera en estas páginas: también están el fascismo y los fascistas, la guerra con sus bombardeos, la llegada de los aliados, la modernización de Italia, todos hechos que ocupan un lugar en la remembranza. Un necesario registro, una valoración del pasado que tal vez sea también un laberinto de símbolos personales y colectivos que sólo la palabra, escrita u oral, puede mantener viva para no olvidar y de ese modo evitar que se pierda definitivamente.

 
Hebe S. Castaño (Universidad Nacional del Comahue, Argentina)

 

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