La larga noche de Auschwitz

Viernes, 21 Diciembre 2018 21:18

sonninoPiera Sonnino, La noche de Auschwitz, trad. Juan Pérez Andrés, Madrid, Ardicia, pp. 118 , ISBN: 978-84-944476-0-4

 

    Cuando Piera Sonnino escribió lo que su memoria había retenido y podido traducir en palabras tras su deportación y la de todos los miembros de su familia a Auschwitz, entre otros campos de exterminio, habían pasado quince años desde que consiguió escapar, apenas con un hilo de vida, una alucinada noche del mes de marzo de 1945. Habían sido necesarios cinco años de convalecencia hospitalizada antes de poder volver a Génova, la ciudad en la que residía con sus padres y sus cinco hermanos en el momento del arresto y diez más para reunir las fuerzas y el valor que hacen falta para dejar testimonio escrito de lo que habían tenido que soportar ella y los suyos a partir, sobre todo, de 1938, año de entrada en vigor de las leyes raciales en Italia. Las sesenta hojas mecanografiadas (el libro que por primera vez se traduce al castellano) permanecieron guardadas en una carpeta durante treinta y nueve años, es decir, durante toda la vida de su autora hasta que, tras su fallecimiento en 1999, sus dos hijas decidieron enviarlo al periódico Diario para contribuir a que los hechos no cayeran en el olvido junto con las personas que los padecieron.

    Gracias a ellas y a su madre, la única de su familia que regresó de Auschwitz con vida, el público puede leer hoy un valiosísimo relato tan conmovedor como didáctico sobre cómo “la pesadilla” –así la llama repetidamente a largo de todo el libro– se fue recrudeciendo y agrandando, alimentada por un fascismo visceral que desde Alemania hacia el sur fue imponiendo el miedo y el silencio apoyándose en la precariedad económica, la condena al pueblo judío y la particular atmósfera de deformación de la realidad. En muy poco tiempo la familia Sonnino se encontró de repente “igual que un grupo de conejos a los que una jauría de perros da caza en mitad del bosque y que se encuentran indefensos, sorprendidos en un claro”. Ninguno de sus miembros había querido reconocer a tiempo, como su autora admite con resignada impotencia, las señales de una terrible amenaza que estaba a punto cumplirse. Cuando en 1934 empezaron a llegar a Génova los primeros judíos alemanes expulsados por el nazismo, las noticias que a partir de entonces circulaban sobre un odio extremo, asaltos a las casas, palizas y asesinatos eran oídas no con incredulidad pero sí “como si pertenecieran a un mundo diferente”. Tanto era así que “poco antes de que se promulgaran las leyes raciales el gobierno de Mussolini había declarado que en Italia no existía «la cuestión judía»”.

    El relato va envolviendo al lector en esa irrespirable realidad que únicamente parece propia de una pesadilla. Con cada humillación, con cada nueva prohibición los Sonnino, “unos corderitos”, en palabras de su autora, que jamás hubieran hecho nada que pudiera molestar a los demás o siquiera llamar la atención, procuraban adaptarse a las circunstancias con toda la discreción y la dignidad que les era posible, viendo cómo las condiciones en las que habían de desenvolverse se degradaban a pasos acelerados. “Por debajo de aquellas preocupaciones contingentes, en lo más íntimo de nuestros anhelos latía la sensación de que algo terrible estaba a punto de desencadenarse”.

    El ambiente furibundo contra los judíos se iba imponiendo de manera irracional e implacable, arrinconando a la familia Sonnino, que sobrevivía oculta, acuciada por el miedo y el hambre pero siempre unida, como a la espera de que pasase una tormenta. “Pese a nuestro empeño en intentar ignorarla, la realidad se adueñó de nosotros de forma imprevista y del modo más brutal”.

    La narración de los acontecimientos es especialmente conmovedora no porque su autora se detenga en aspectos que pudieran considerarse estremecedores o escabrosos para el lector más sensible –ni en los momentos más desesperados o de mayor depravación cae en la tentación de recrearse en los estragos de la barbarie–, sino porque pese a todo es capaz de revivirlos con una distancia emocional que incluso calificaríamos como pudorosa. Su propósito no es sólo dejar huella del horror para que sus descendientes conozcan la desgraciada historia de la familia Sonnino, sino hacerla constar con el objetivo de que sirva a otros, “para que ninguna familia de la Tierra vuelva a sufrir la larga noche de Auschwitz que yo viví, la larga noche del martirio de mi pueblo y de todos los pueblos europeos”. En medio de la oscuridad más absoluta, en el último y más bajo escalafón en el que ha caído la humanidad, Piera Sonnino rescata de su memoria algunas muestras de valerosa bondad de algunas personas anónimas que reproduce en el libro como argumentos para no perder la esperanza en el ser humano. Si la maldad sorprendió revestida de zafia ignorancia a la joven muchacha que era entonces su autora –es especialmente sobrecogedora la lectura del arresto por parte de dos gendarmes italianos que no entendían el motivo de tanto “escándalo” montado por la familia–, nunca hizo que se le anegara el corazón de resentimiento ni impidió que, incluso en su vejez, recordara también con ternura a la gente que tuvo el coraje de ayudarla en las condiciones menos ventajosas para ellas mismas, lo que es toda una hermosa lección de filantropía en estos tiempos en que algunos parecen interesados en volver a alimentar el odio.

    El testimonio de Sonnino se suma a las voces de otros bien divulgados de la literatura italiana sobre el Holocausto y viene a engrosar el corpus de otros menos conocidos hasta ahora, como el de Liana Millu (El humo de Birkenau, Acantilado, 2005) o el de Edith Bruck (Quien así te ama, Ardicia, 2015), que recomponen el drama de los judíos italianos, un drama que si no alcanzó, en opinión de Sonnino, “las trágicas proporciones del que padecieron en otros lugares nuestros correligionarios fue debido a la maravillosa conciencia humana de nuestro pueblo”. Es ésta una obra que rebosa sensibilidad y tristeza en cada una de sus páginas, no exenta de lirismo, escrita con una melancolía, una elegancia y una sencillez que llega a lo más hondo del alma y de la conciencia. De impecable traducción, La noche de Auschwitz merece una lectura atenta y comprometida, cívica podría decirse, por parte del lector actual, no sólo como prevención de unos hechos que nunca estaremos exentos de llamar irrepetibles sino también para que el esfuerzo y la valentía de los que sobrevivieron y lo contaron no haya sido en vano.

Juan José Tejero

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