Mistificación y nostalgia de Trieste

Jueves, 20 Junio 2019 14:22

Jan Morris TriesteJan Morris, Trieste o el sentido de ninguna parte, trad. Lucía Barahona, Gallo Nero, 2017, ISBN: 978-84-16-52943-8

 

    Algo debe de tener una ciudad como Trieste cuando se advierte lo sencillo que es mistificarla y convertirla en el epicentro de un complejo discurso mítico. Se deba al poso histórico, literario y social que la ciudad atesora y que la convierte en una ciudad ciertamente singular en el contexto europeo, o a la atracción que siguen ejerciendo los relatos y testimonios de algunos de sus más ilustres ciudadanos (entre los que se cuentan, como cualquier lector avisado sabrá, autores como Silvio Benco, Umberto Saba, Italo Svevo, Scipio Slataper o los adoptados James Joyce y Rainer Maria Rilke), lo cierto es que Trieste no deja de ofrecer a cada paso motivos para diferenciarse y convertirse en una ciudad dotada de una notable particularidad. 

    Desde los restos todavía latentes de un pasado glorioso que hizo de ella el puerto franco del Imperio Austrohúngaro a principios del siglo XIX hasta la lenta decadencia en que cayó arrastrada por la desaparición de ese mismo imperio, Trieste atesora de forma simultánea entre sus calles, como sedimentos puestos a buen recaudo pero abiertos al lector atento, todo un arsenal de rasgos que la convierten en la más prototípica muestra de metrópolis símbolo de encrucijada de culturas. 

    Combinando a partes iguales una indudable herencia meditérránea, un todavía notable poso mittleuropeo y la evidente influencia de sus vecinos balcánicos, Trieste, de hecho, es capaz de alternar en apenas unos metros restos del estilo de vida decimonónico más cosmopolita  (el de los grandes comerciantes, los banqueros y las grandes familias que, como los Revoltella o los Morpurgo, ven hoy convertidas sus mansiones en museos) con los restos dispersos de la primera ciudad romana o las diferentes reinvenciones de un puerto comercial en constante mutación al compás de los tiempos (en él atracaría el tristemente ilustre Viribus Unitis, el primer acorazado dreadnought de la KuK Kriegsmarine que transportó los cadáveres del Archiduque Francisco Fernando y su mujer, recién asesinados en Sarajevo, y que acabaría, justamente, hundido en el mismo puerto en los primeros compases de la Primera Guerra Mundial).

    El Trieste o el sentido de ninguna parte, la escritora británica Jan Morris (de la que Gallo Nero ha publicado también Manhattan 45 y La coronación del Everest, cubriendo de este modo las dos grandes pasiones de la autora: el periodismo y los relatos de aventura) da cuenta de todo ello con una especial dosis de nostalgia a la que no es ajena ningún escritor que se haya acercado a la ciudad adriática. 

    Ello es así, tal vez, porque la desparación de Trieste no deja de ser una especie de sinécdoque de la desaparición misma de una nueva Europa nacida a mediados del siglo anterior que, poco a poco, dejaba a principios el siglo XX de ser la que había sido hasta entonces para acabar hecha pedazos y de nuevo rehecha, igual pero irremediablemente distinta, tras las duras experiencias que supusieron las dos guerras mudiales. 

    Trieste dejó de ser Trieste igual a como deseparecieron la Viena de los valses, el París de la Bohemia o el Berlín de Weimar, constatando, de forma anticipada, cómo Europa, víctima de sus propias contradicciones, estaba irremediablemente encarrilada en un imparable proceso de cambio. Como el Fernando Trotta de Joseph Roth, último descendiente de la noble saga centenaria, probablemente Trieste se diferencia de otras ciudades porque también ella fue consciente de vivir (y de representar con todas sus consecuencias) el fin de una época.

    Es por eso que Trieste puede servir de epítome sintético de la historia de Europa, porque no esconde ni sus heridas ni su compleja historia, sino que se ofrece al visitante orgullosa de su singularidad y sin renunciar nunca a los secretos, algunos ciertamente dolorosos, que atesora en cada esquina: desde la hermosa subida a la colina de San Giusto, pasando por una Piazza Unità que se abre indómita entre los mil tonos de un Adriático infinito y la constante presencia del cercano Karst, hasta acabar en la Risiera de San Sabba, el único campo de exterminio nazi en tierra italiana.

    Convertida de la noche a la mañana en la natural salida al mar del entonces imparable Imperio Austrohúngaro, la ciudad pagó caro el haber sido prácticamente inventada ad hoc; y es que no por nada “las ciudades más vulnerables al tiempo son las más especializadas”, aquellas cuya razón básica de su fundación hay que encontrarla en una función específica que ya ha dejado de cumplir.

    Lo interesante del caso es que esta pérdida de su singular estatus en el conjunto del imperio, una vez  quedó este dividido en mil fragmentos, lo supo mutar Trieste en una suerte de introspección mistificadora y en una serie de margníficos relatos a los que ahora se añade este de Jan Morris,  acertadamente traducido por Lucía Barahona.

    No debemos olvidar, en todo caso, tal y como afirmó en una ocasión uno de sus hijos predilectos, Claudio Magris, que "la triestinidad existe en la literatura, su única patria verdadera, no localizable en ningún otro lugar de forma clara. Trieste, quizá más que cualquier otra ciudad, es literatura, es su literatura”.

  

Juan Pérez

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