Chiaromonte o la paradoja de la historia

Domingo, 13 Octubre 2019 13:49

ChiaromonteNichola Chiaromonte, La paradoja de la cultura. Cinco lecturas sobre el progreso: de Stendhal a Pasternak, Acantilado, trad. de Eduardo Gil de Bera, 2018, 219 pp., ISBN: 978-84-17346-09-6

    Las consecuencias de las guerras napoleónicas, más allá de la importancia que se les pueda conceder, no parecen dejar mucho espacio a la discusión; es sobradamente admitido que entre ellas se cuentan la alteración definitiva del mapa político europeo, la aceleración de la decadencia española en contraposición al imparable auge del imperio británico, el giro constitucionalista de la mentalidad política burguesa o la consolidación de un nacionalismo hasta entonces ligado exclusivamente a cuestiones folclóricas y asimilado, tras la conmoción que supuso la ocupación francesa, a la reivindicación de la soberanía de los territorios. 

   Ahora bien, ¿hasta qué punto nos es lícito afirmar que todas estas cuestiones que encontramos con facilidad en los manuales de historia son reales o, por el contrario, no son más que una simple abstracción, una especie de mínimo común divisor de sucesos inconexos? ¿Hasta qué punto las gruesas líneas con las que se escribe la historia oficial pueden entrar en colisión –y entran, de hecho– con las múltiples visiones particulares de los individuos que participaron en esas mismas experiencias?

   En los textos que integran La paradoja de la cultura. Cinco lecturas sobre el progreso: de Stendhal a Pasternak, el pensador y crítico Nicola Chiaromonte (Rapolla, 1905 - Roma, 1972) plantea estas cuestiones como eje de su reflexión, centrándose especialmente en la conflictiva relación entre historia e individuo, entre la significación global de los hechos históricos y las vivencias particulares de los individuos. Para ello parte de la idea, estimulante y soberbiamente desarrollada, de que los textos de ficción son capaces de ofrecer una "particular clase de verdad histórica", subjetiva e inalienable, gracias a la cual poder "aprender algo real sobre la experiencia individual".

   Ello es así, porque, tal y como plantea el primero de los textos, Fabrizio en Waterloo, el objetivo de una narración literaria no es tanto, según Stendhal, el ser un reflejo fidedigno de los sucesos reales, sino poner en evidencia la falta de consonancia entre los hechos verdaderamente acaecidos y las expectativas concretas de una persona particular. Un sencillo e iluminador ejemplo sirve de punto de partida a Chiaromonte: la traumática experiencia bélica de Fabrizio del Dongo en La cartuja de Parma. Vista la irrisoria participación del joven Fabrizio en la batalla, ¿es oportuno hablar de una sola Waterloo o, por el contrario, podemos afirmar que hay tantas batallas como soldados participaron en ella? Sin duda, la pregunta que Fabrizio dirige a su sargento una vez acabada la contienda ("Señor, es la primera vez que asisto a una batalla. Pero, ¿es ésta una verdadera batalla?") no deja ningún tipo de duda sobre la posición adoptada por el autor, lo que le lleva a considerar la Historia con mayúsculas –esto es, la registrada en los manuales– como una suerte de resumen-compendio de datos, como la suma de una infinita multiplicidad de pequeños sucesos objetivos que la conforman y que es elevada al estatus de cuadro de época. En efecto, confirma Chiaromonte, "Napoleón [...] no existe; la gran epopeya no existe; ni siquiera la victoria existe. Todo lo que hay son incidentes aislados, individuos aislados, fugaces impresiones subjetivas y, muy importante, el sueño juvenil de la epopeya napoleónica".

   Un matiz distinto incorpora Tolstói y la paradoja de la historia, texto que da título al volumen y cuya redacción se remonta, como se señala en el prefacio, al impulso generado por la lectura del texto de Isaiah Berlin El erizo y el zorro, gracias al cual el autor, focalizando la atención en el estudio de la perspectiva histórica presente en ciertos narradores que evidencian la pérdida de la fe en la Historia, declara haber encontrado el hilo conductor de algunas de las reflexiones que le venían rondando desde mediados de los años cuarenta.

   Y es que si los autores decimonónicos como Stendhal (pero también Flaubert, Gogol o Turgueniev) se planteaban como esencia del arte creador el examen y estudio pormenorizado del interior de sus personajes, Tolstói, por el contrario, no se limita a la exposición más o menos detallada de las sutilezas psicológicas que los adornan, sino que pretende ir más allá para centrar la atención en la "verdadera relación que existe entre el hecho individual y el hecho histórico", buscando para ello un camino intermedio entre la explicación de la individualidad del ser y la generalidad de los sucesos históricos y sus causas.

   La constatación de que "actuamos en el tiempo y tomamos parte de los acontecimientos" supone en Tolstói, antes que nada, reconocer que siempre nos faltará una perspectiva desde la que observar la realidad, así como aceptar la imposibilidad de formarnos una idea causal de los sucesos acaecidos, especialmente si asumimos que somos una parte minúscula de una realidad compleja y multiforme que nunca podremos abarcar en toda su extensión. 

   Al negarse a aceptar la visión racionalista y positivista de la historia defendida, entre otros, por Comte, que presupone la existencia de una leyes observables y mesurables que gobiernan la historia social, Tolstói parece concluir que el hombre (en la línea apuntada más tarde por Simone Weil, para quien Guerra y Paz era el segundo gran "poema de la fuerza" después de La Ilíada) no puede más que aceptar su limitada condición,  sujeto como está a un poder superior al que sólo podemos someternos y que "marca el límite de nuestras fuerzas y de nuestra razón". 

   El mundo es visto entonces como una de las muchas posibilidades combinatorias que podían darse, un determinado estado de cosas gobernado por una fuerza motriz que escapa a nuestro entendimiento y que, justamente, "en el paroxismo de la guerra se vuelve incontestable y fuerza al hombre a plantearse todas las preguntas posibles sobre la existencia". La guerra no es, pues, el motor de la historia, sino un momento especialmente propicio para tomar conciencia de nuestras limitaciones y de la subordinación de toda acción humana a un proceso que, en gran medida, es ajeno a nosotros y nos supera.

   Tolstói anticipa así, según Chiaromonte, una de las lecturas más extendidas del conflicto armado que engulló Europa entera tras la muerte del archiduque Francisco Fernando: y es que es en el contexto bélico donde el hombre se enfrenta de forma inexorable a la imposibilidad de comprender la sucesión causal de los hechos desencadenados, viéndose, como se ve, envuelto en la inercia impersonal de unos acontecimientos que implacablemente lo arrastran y de los que no puede escapar. 

   Es esta, justamente, la reflexión a la que Chiaramonte encamina su lectura de El verano de 1914, la última parte del ciclo de Los Thibault de Roger Martin du Gard. De este modo, lo que en Guerra y paz quedaba ya apuntado, cobra vida en las novelas de Martin du Gard a través de la complejidad narrativa y psicológica de sus personajes, los cuales, al igual que sucedió por toda Europa tras el estallido de la contienda, son sorprendidos de improviso no solo por una guerra que impuso desde el principio un tempo inusitadamente acelerado y totalmente diferente a otras contiendas bélicas, sino también por una insólita crueldad y un no menos insólito sinsentido.

   Y es que no solo el individuo se vio arrastrado por los acontecimientos, sino que, algo incluso peor, lo hizo en función de una suerte de inercia de la acción. A partir de una cierta dosis de conformidad nacida de la claudicación ante determinados cuestionamientos políticos que no se supo poner en tela de juicio o bien a causa del acatamiento ciego de la llamada "razón de estado", el individuo se vio, en efecto, sometido a una fuerza brutal capaz de colapsar sobre todos los miembros de una sociedad determinada y de llevarlos por delante sin posibilidad alguna de escapar. Hacerlo hubiera supuesto echar abajo los pilares mismos de la sociedad. De este modo, lo peor del asunto es que la Gran Guerra no supuso tan solo la percepción de cómo la racionalidad del contrato social saltaba por los aires ante la pérdida de sentido de nociones como razón, individualidad o libre albedrío, sino también, y al mismo tiempo, la constatación del aislamiento intelectual al que conducían inexorablemente tanto la disolución de cualquier marco de referencia como el desmoronamiento mismo del orden moral existente.

El individuo que ha vivido un período histórico muy convulso –nos dice Chiaromonte deslizándose cada vez más en la recta final del texto hacia la confesión personal– no sólo ha sido desposeído de sus creencias. Se ha encontrado cara a cara con una realidad que va mucho más allá de él y de cualquiera. Ha descubierto que no puede satisfacerse con sucedáneos de la verdad y que no puede creer en cualquier cosa o en nada a voluntad. Ha descubierto que hay algo en las relaciones entre individuo y el mundo que no es posible cambiar. Al mismo tiempo, ha palpado la realidad de un Poder que nadie puede controlar. Por último, se ha cuestionado a sí mismo y sabe que, en toda circunstancia, hay una sola cosa que importa: la relación entre la conciencia individual y el mundo. Eso es algo que no puede fingirse.

    ¿Cómo no recordar entonces la polémica surgida en torno a la revista que Chiaromonte fundó junto a Ignazio Silone, Tempo presente, embarcada a finales de los cincuenta en tantear diferentes modos de apertura ante la monolítica doctrina oficial? ¿Cómo no pensar en el deseo de ciertos círculos intelectuales italianos de abandonar el lastre de la disciplina de partido en favor, en palabras del propio Chiaromonte, de la recuperación de una cierta "normalidad de la existencia humana frente al automatismo catastrófico de la historia"? ¿Cómo no ver reflejado en estas palabras el desencanto de una generación que se vio enfrentada a las férreas e insensatas imposiciones del Partido Comunista, totalmente ajeno a los trágicos sucesos históricos de finales de la década en Europa oriental y al goteo de información desencadenado tras la muerte de Stalin? ¿Cómo no recordar, en definitiva, al imprescindible Silone de Uscita di urgenza, una de las más interesantes reflexiones sobre la crisis de valores que sacudió a los intelectuales de izquierdas abocados a tener que someterse a la doctrina impartida por el inefable Palmiro Togliatti?

   Ante el dilema individuo-historia, Chiaromonte no puede dejar de traslucir su propia postura y cerrar la reflexión con una aproximación personal en el último capítulo, Una época de mala fe:

La nuestra no es una época de mala fe, pero tampoco de descreimiento. Es una época de mala fe, de creencias a las que se recurre para oponerse a otras creencias, o que se mantienen en ausencia de convicciones genuinas. [...] Así que la nuestra es la época de las "mentiras útiles", es decir, de ficciones creadas y aceptadas conscientemente, que remplazan a las verdades, no sólo porque son convenientes, manejables y universalmente empleadas, sino porque no existen verdades que den siquiera una apariencia de unidad y significado al mundo en que vivimos.

 El pesimismo de Chiaromonte, por momentos moralizador, alcanza aquí su expresión más directa: no se trata únicamente de que las traumáticas experiencias vividas en la primera mitad del siglo XX acabaran por lastrar cualquier ideología por un notable poso de incredulidad, o que nociones en teoría puras como la democracia o el socialismo fueran aplastadas por la urgencia de responder ante el hecho concreto sin importar traicionar sus principios más elementales. El problema es que el panorama de los años cincuenta y sesenta era incluso peor, especialmente si se tiene en cuenta que la redención de algunas de las ideas operadas en la posguerra, tales como socialismo, Estado, nación... no dejaban de ser más que la vacua recuperación de algunas de ellas en forma de sucedáneos carentes de valor.

   Y es aquí cuando Chiaromonte habla de forma directa a los lectores del siglo XXI y nos lanza de forma implícita la carga de profundidad de su reflexión, tan válida entonces como ahora: ¿no es ciertamente ingenuo pensar (o peor aun, no es perversamente tendencioso pretender) que la recuperación de estos valores supuestamente universales en los que se apoya gran parte de la política actual puedan retomarse sin más dejando a un lado lo acontecido en las décadas precedentes? ¿Es viable o legítimo hoy en día hablar de socialismo o de patria o de nación como si la historia del siglo XX no hubiera tenido lugar? ¿Cómo es posible abrazar de nuevo ideas como estas con el corazón puro sin caer en la mala fe o en el nihilismo?

   Como los personajes de Malraux, a quien dedica el capítulo cuarto, Malraux y el demonio de la acción, tal vez no nos quede más remedio que certificar cómo todos somos arrastrados por el aquí y ahora de los acontecimientos como si fuéramos una suerte de "nihilistas con causa", como si fuéramos presa de una ideología que nos lleva a la acción a pesar de la evidente falta de convicción en las propias ideas y sin ser capaces de abrazar con sinceridad ninguna de ellas. Hasta ahí, parece decirnos Chiaromonte, llega la egolatría y el consumismo en el que nos encontramos, en ser capaces de lanzarnos a los brazos de cualquier idea del igual modo a como nos lanzamos a comprar la última oferta anunciada en televisión.

   Ante tal estado de cosas, el texto de Chiaromonte nos puede ayudar no solo a ser consciente de que el mundo está sujeto a una fuerza bruta que sobrepasa nuestra capacidad de creer en algo, sino, sobre todo, a reconocer que nos envuelve la misma fatalidad que mueve a los personajes de Pasternak (autor sobre el que gira el capítulo quinto, Pasternak, la naturaleza y la historia): la constatación del inevitable enfrentamiento entre la "verdad oficial" y la libertad del individuo. Para quien tenga ojos para ver y oídos para escuchar, nuestro autor ofrece una suerte de pequeño decálogo final de supervivencia plagado de sabios consejos: liberarnos de la fe en el mundo actual, desconfiar de las explicaciones holísticas que se proponen como panacea universal, dejar atrás la falsa seguridad de los sistemas económicos predirigidos de la sociedad actual y, en último lugar, tener claro que el mundo, y nuestra percepción de él, no son más que una gota diluida en medio de una inmensidad cuyo entendimiento siempre acabará por escapársenos.

  En resumidas cuentas: humildad intelectual y desconfianza absoluta ante las recetas de otras épocas que sabemos a ciencia cierta que no funcionaron. ¿Es esa, tal vez, la última gran paradoja que encierra la historia?

 

Juan Pérez Andrés

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