La Nápoles de Leopardi

Lunes, 14 Octubre 2019 13:18

Clementi IIIMaurizio Clementi, L’inesausto grembo. La poesia dell’ultimo Leopardi, Mimesis, 2018, 103 pp., ISBN: 9788857551180

 

   La llegada de Giacomo Leopardi a Nápoles en octubre de 1833 –de donde apenas salió más que a principios de 1836, ya mortalmente enfermo, para trasladarse a Torre del Greco a invitación de Giuseppe Ferrigni, cuñado de su gran amigo Antonio Ranieri– es una de las etapas más interesantes, y posiblemente más descuidadas desde el punto de vista crítico, de la evolución intelectual y literaria del escritor de Recanati.

   Allí, a las faldas de un Vesubio que se le parecía a todas luces como inextinguible (el «inesausto grembo» que da título al pequeño volumen), Leopardi toma verdadera conciencia de la inmutabilidad de la naturaleza y de la difícil posición del hombre frente a ella, capaz como es de sobrepasar la naturaleza misma y de pervertirla.

   Si aceptamos la idea de que Leopardi entendió la vida, antes que nada, como una suerte de viaje, más intelectual que físico, que le llevó a bucear en los pasajes más recónditos de su alma y en los más oscuros vericuetos de su personalidad (En el albor primero de mi jornada incierta y tenebrosa, / te imaginé viajera, / por el árido mundo), su larga estancia en Nápoles no puede ser vista más que como la etapa final de una larga formación intelectual, de una experiencia vital y, cómo no, de una consciente actividad literaria. 

   El breve pero conciso volumen de Maurizio Clementi se centra, en efecto, en la influencia que supuso en la obra y la personalidad del poeta de Recanati su estancia en la ciudad partenopea, definida desde las primeras páginas como una suerte de apertura, «poética, filosófica y cultural, hacia el mundo, esto es, hacia la Naturaleza, en virtud de la cual es posible una renovación de las costumbres, de la moral y de las cultural humanas».

   Testimonio de ello, de la necesidad de considerar su paso por la ciudad como un marco concreto desde el que estudiar la que es sin duda la última fase creativa de su producción literaria, son los cuatro textos que vieron la luz en este período napolitano: I nuovi credenti, el canto octavo de Paralipomeni alla Batracomiomachia, Il tramonto della luna y, finalmente, una de sus obras más reconocidas, La ginestra.

   Estudiadas como una especie de corpus dotado de un notable grado de uniformidad, Clementi cree observar en estas composiciones los rasgos que la toma de contacto del poeta con la cultura y la tradición napolitana dejaron en su obra y que, tal y como sostiene, supuso «la ocasión suprema para Leopardi para una reconsideración general de la cultura occidental».

   Partiendo de esta premisa, cuatro son los aspectos –correspondientes a otros tantos capítulos– que marcan, según Clementi, algunos de los puntos clave en la comprensión de la esta última etapa de nuestro autor: por un lado, su reconsideración de la función de la épica en la literatura (que le permite aferrarse al ateísmo más radical y negar la providencia divina en favor de una nueva religión más humana y natural); por otro, la influencia de la obra de Giordano Bruno (de quien aprende a observar la naturaleza del hombre dentro del hombre mismo rechazando, al mismo tiempo, la vana esperanza en el futuro que impone la fe católica); en tercer lugar, el peso que cobra Vico en esta fase final de su producción (sobre todo por la posibilidad que le ofrece de crear una épica no cristiana); y, finalmente, su encuentro con Oriente (donde recobra una nueva forma de acercamiento al mundo distinta a los patrones occidentales y que no deja de notar una cierta influencia de los cercanos círculos masones napolitanos).

   No hay duda de que Leopardi encontró en la capital de Campania un ambiente favorable como nunca antes había encontrado y que es en aquel contexto donde dio a luz algunos de sus textos más sentidos. Ello es así porque posiblemente nunca gozó nuestro poeta –cariñosamente apodado o' rannavuotolo (el rana) por los napolitanos, dada su escasa estatura en contraste con su no menos abultada joroba– de una vida tan mundana como la que experimentó en Nápoles, una bulliciosa ciudad repleta de pastelerías, restaurantes, mil tugurios diversos y tan soberanamente propicia a ejercer de flâneur. Son muchos los testimonios de que practicó este sabio arte con regularidad enfundado en su raído gabán.

   «Después de casi un año de estancia en Nápoles –reconocía estos mismos años a su familia–, he empezado a sentir los benéficos efectos de este aire verdaderamente saludable; indiscutiblemente aquí me he recuperado mucho más de lo que me habría atrevido a esperar». Sus parientes no podían sospechar que no solo que no pensaba volver nunca a su Recanati natal, sino que aquella ciudad que tanto le dio en sus últimos años de vida, sería donde su maltrecho cuerpo descansaría por siempre.

 

 Juan Pérez Andrés

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