Sangre, vísceras y honestidad

Miércoles, 16 Octubre 2019 18:43

teodorani la mente e i suoi inganniAlda Teodorani, La mente e i suoi inganni, Profondo Rosso, 2018, 138 pp., ISBN: 8898896549

 

    Uno de los constantes tópicos que rodea gran parte de la novela criminal (especialmente en la estadounidense, aunque también abunda aquí la franquicia de ideas exportadas a otros países) es su asociación al blues. Imaginar a Sam Spade o a cualquiera de sus alter ego es pensar sin alternativa posible en una figura envuelta en un nimbo de humo entrando en una sala en claroscuro al ritmo de Duke Ellington. Pocas sinergias han sido tan felices y propicias como la generada durante las dos décadas en torno a la Segunda Guerra Mundial al coincidir la explosión de la literatura pulp, la popularización del jazz y su fusión en un nutrido grupo de magistrales películas de cine negro. El inconveniente (ya que se trata ciertamente de un inconveniente, se mire como se mire) es que, tanto en el blues como en la novela criminal, si no hay ideas concretas y particulares detrás de la repetición infinita de los famosos doce compases y de la repetición infinita de acordes, se entra en una monotonía solo tolerada por los más aguerridos aficionados y defensores del género. Ciertamente no es fácil utilizar los mismos ingredientes que ya usaron de forma magistral los padres fundadores en un centenar de clásicos títulos sin que tengamos la sensación de que estamos comiendo una y otra vez el mismo plato recalentado.

    Si a ello se añade, además, el renacido interés que los diferentes subgéneros han experimentado desde inicios del milenio y la inagotable sobreabundancia de "últimos títulos" y "autores imprescindibles" que las editoriales ponen a cada poco a nuestro alcance (sobre todo en vísperas de vacaciones navideñas y veraniegas), es fácil que el aficionado acabe sumido en un confuso e inagotable maremágnum de repeticiones y calcos autorreferenciales.

   Il giallo italiano, la novela criminal autóctona de la península itálica, no escapa obviamente a estas pegas que, no por subjetivas, dejan de ser fácilmente constatables. Aun reconociendo el grandísimo valor de una tradición centenaria que arranca de forma espectacular ya en las primeras décadas del siglo XX y aceptando que, sin duda, la producción italiana se cuenta entre una de las mejores y más completas aclimataciones del género negro americano en tierras europeas, no hay que ser muy pesimista para reconocer que también aquí la perpetua revisión de moldes es moneda corriente. Con demasiada frecuencia títulos de autores más o menos consagrados acaban cayéndosenos de las manos al comprobar que no se trata más que de una nueva revisión de temas, personajes y situaciones que se tiene la sensación de haber leído hacía apenas unas semanas.

   Es positivo, en cualquier caso, que el enorme peso comercial de algunos estos autores (in primis el recientemente desaparecido Andrea Camillieri) haya facilitado que las editoriales españolas se muestren tan proclives a acoger las últimas producciones venidas de Italia y que el lector pueda disfrutar en castellano –y juzgar por sí mismo– el gran valor y alcance de un numerosísimos grupo de autores que siguen en la brecha del género. Los últimos años, sin ir más lejos, han visto la publicación continua de algunos relevantes títulos (otros no tanto, la verdad) de autores como Massimo Carlotto, Giancarlo De Cataldo, Antonio Manzini, Carlo Lucarelli, Marco Vichi, Maurizio de Giovanni, Gianrico Carofiglio o Marco Malvaldi, entre otros. 

    Son novelistas que, salvando las distancias entre ellos y sus más que evidentes diferencias, se enmarcan por lo general en el cruce de tres exitosos subgéneros y que, aunando elementos de police procedural, private detective y crime psychology, acaban dando novelas basadas en una mezcla de tramas de investigación detectivesca a manos de un policía con una particular idiosincrasia personal volcado en bucear en la mente de un retorcido asesino con el objetivo de desentrañar, de la manera menos ortodoxa posible, su estrafalario modus operandi en medio de la más sosa cotidianeidad. Algunas dosis de leve crítica social (sin llegar nunca a la maestría de los desafortunadamente olvidados Giorgio Scerbanenco, Carlo Fruttero o Franco Lucentini) y algún que otro guiño a la historia reciente acaban por adobar el producto comercial perfecto.

    La lástima es que todo este mercado español se deje por el camino otros títulos y autores menos ajustados a la norma, pero no por ello menos interesantes. Un caso particular es Alda Teodorani, la autora de La mente e i suoi inganni, una de las máximas representantes de una rama mucho menos complaciente surgida a inicios de la década de los 90 en Italia al calor de modelos más descarnados como el splatter americano, la macabra recuperación del pulp más salvaje y la influencia demoledora del Bret Easton Ellis de American Pscho. Retorcidas descripciones de diferentes patologías y crímenes, sangre en abundancia, vísceras esparcidas por las aceras y asesinos mortalmente perturbados son los elementos más evidentes –y, por tanto, más fácilmente reconocibles– de una tendencia que, justamente por esto mismo, deja directamente de lado a los lectores más sensibles. Sin embargo, esto no puede hacernos olvidar el máximo valor de estas obras, y es que por debajo de esa llamativa parafernalia laten interesantes y profundos estudios psicológicos, una sabia dosificación de ambientes y unas no menos cuidadosas descripciones.

    De este modo, yendo más allá de la trama particular de esta novela (una secuencia de asesinatos de mujeres que asisten a una terapia para adictas al sexo organizada por un indeseable que se aprovecha precisamente de la debilidad sexual de las participantes), La mente e i suoi inganni es capaz de saltar por encima de los convencionalismos de la más asimilable novela criminal para, una vez más, como tantas veces ha hecho la autora en medios y disciplinas tan distintas, poner el acento en los aspectos más perturbadores de la mente humana y situar su particular lupa en los elementos más desestabilizadores de nuestro modo de vida occidental.

    Haciendo gala de una notable capacidad descriptiva con técnicas de corte cinematográfico con la que alterna primeros planos, planos generales y zooms sobre el rostro de las víctimas con el objetivo de captar el momento justo de su última exhalación, Alda Teodorani, como en el resto de sus numerosas novelas y narraciones breves, nos demuestra casi en cada página que sabe mirar a la realidad cara a cara mientras se mueve en una suerte de lirismo urbano incluso en los momentos en los que describe con el mayor de los detalles la sordidez y la suciedad de nuestra enferma sociedad.

    Es cierto que se podría objetar que también aquí anidan muchos clichés inherentes al subgénero en el que la autora se mueve, pero no es menos cierto que, desde la publicación de la ya famosa antología Gioventù cannibale en 1996 en la que participó con el relato Y Roma llora (único texto suyo publicado en castellano hasta la fecha), el trabajo de Alda Teodorani no ha renunciado nunca a los presupuestos estéticos que siempre la han caracterizado. De hecho, mientras el resto de los jóvenes caníbales derivaban su carrera hacia otros derroteros (de ellos, solo Aldo Nove y Niccolò Ammaniti han tenido un notable seguimiento en nuestro país, a diferencia de autores también de largo recorrido como Andrea G. Pinketts, o de otros de menor producción como Luisa Brancaccio, Stefano Massaron o Massimiliano Governi, nunca editados en castellano), la narrativa de Alda Teodorani ha seguido ofreciendo a sus condicionales con notable regularidad las oportunas dosis del realismo más descarnado, haciendo que, por mérito propio, se le haya acabado por reconocer como la indiscutible "reina del horror".

    Obviamente se trata de una cuestión de gustos y de encontrar el momento propicio a la lectura (no siempre está el estómago dispuesto a ciertas escenas), pero es innegable que muchas veces es más recomendable enfrentarse sin prejuicios al honesto abismo de las obras de Alda Teodorani que volver a verse las caras con la enésima recreación de ese policía amante de los vinos de Burdeos que, en mitad de un divorcio o de la muerte de un amigo o de la enfermedad de su gato, tiene que enfrentarse al enésimo sucedáneo de un Hanníbal Lecter de provincias.

   Cuando la realidad se impone, el cliché pierde fuerza... y Alda Teodorani siempre da lo que se espera de ella.

 

Tra poco se ne andranno. E il parco tornerà immoto fino a domani mattina. Ma già ora non c'è nessuno nei dintorni, qui non è come nei telefilm americani tanto popolari tra gli spettatori, dove la folla dei curiosi si ammassa subito, quasi miracolosamente (guadiamo il sangue, dai!) dietro il nastro di delimitazione, e tra di loro potrebbe pure esserci l'assassino, e gli esperti della Crime Scene fotografando di nascosto la gente.

 

Juan Pérez Andrés

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