Buscada soledad

Martes, 10 Diciembre 2019 09:56

Paolo cognetti muchacho salvajePaolo Cognetti, El muchacho silvestre, trad. Miquel Izquierdo, Minúscula, 2017, 176 pp. ISBN: 978-84-946754-5-4

 

Un muchacho agobiado por la presión de vivir en la ciudad, decide retirarse por un tiempo en la montaña para sentirse libre, sin normas prescritas; allí, convivirá consigo mismo y se relacionará con muy pocas personas. Finalmente, terminará su aventura y volverá a la ciudad.

Parece una trama sencilla, sin embargo, el relato esconde un mundo repleto de símbolos y metáforas. Una lectura reflexiva nos conduce a un viaje a otra dimensión cuya meta es el cognoscere te ipsum. El protagonista está dispuesto a “viajar” al interior de sí mismo, a conocer su esencia como persona. De esta manera el lector asiste a este viaje como espectador, pero a su vez, acaba por convertirse también en protagonista, participando en las mismas reflexiones, en las mismas dudas, en los miedos y progresos.

Este viaje es incierto desde el principio, ¿se puede llegar realmente al destino?, esto es, ¿puede realmente un ser humano llegar a conocerse a sí mismo? ¿Dónde están los limites de lo que es uno mismo y lo que no lo es?… El protagonista –y nosotros con él– necesita para descubrirlo “apartarse de todo lo que no sea vida”; es decir, despojarse de todo los superfluo para la supervivencia y eliminar cualquier rasgo de civilización, cualquier huella de “otro”. Reducir al ser humano a un estado esencial, salvaje. Pero, a decir verdad, ni siquiera en la mente del protagonista se concibe ese extremo. Él mismo está vestido, enciende fuego, bebe vino y tiene una motosierra.

El mundo de lo salvaje, del inconsciente, del Id, en definitiva, está representado en la figura de las montañas inhóspitas, donde no existen las normas de los hombres. Este mundo está opuesto a lo racional, a lo convencional, a la mano del hombre, cuya máxima representación es la ciudad. La ciudad, que oprime a la esencia del hombre, que lo encorseta en ropas, donde hay una autoridad a la que obedecer. En este sentido, el protagonista, al igual que Chris en Jon Krakomer, iniciará un viaje que supone una “fuga de la realidad”; se escapa de la ciudad, del superego, para visitar su otro yo, su otro lado. Su equipaje serán sus libros y cuadernos.

Este viaje al inconsciente es motivador, pero inquietante, porque el ser humano teme el caos. Incluso para adentrarse y hacer una representación del mundo salvaje, el hombre necesita un lugar donde ubicarse, necesita de las categorías de espacio y tiempo. Para ello, el autor utiliza la metáfora de la baita y el verano. La baita le servirá de casa, supondrá un refugio, pero incluso allí tiene miedo de lo desconocido. Lo desconocido asusta. Esto nos hace reflexionar sobre qué consideramos hogar… qué es sentirse en casa. Se trata de un espacio donde te ubicas y te da sensación de confort, de resguardo: pero puede tratarse de una construcción real o puede incluso tratarse de una representación mental donde la mente encuentre un refugio para escapar de su realidad. Puede incluso ser una idealización.

Si consideramos el ego como el equilibrio entre la esfera racional y la irracional, resulta muy visual la escalada del protagonista hasta la cresta de la montaña en el relato. Por una parte divisa el lugar donde pasó su infancia y por otra la baita. Será capaz de llegar a la cumbre por un lugar sin caminos, donde encontrará al dios de lo salvaje en forma de cabra. Las cabras salvajes no necesitan caminos (ni civilización) para existir, para recorrer su mundo. La reflexión está servida: ¿quién habita y controla estos dominios?

Ahora bien, en este viaje en busca del conocimiento de uno mismo nos tropezamos con varios yo: la infancia, el presente, lo que no es... El protagonista llegará a hablar solo y se encontrará con su propia sombra, su “alter ego”. Pero entonces, ¿qué ego está buscando? “me incordiaban tantos yos que algunas noches salía a dar un paseo por el bosque para estar un poco a mi aire”. Llegará a un estado de desesperación porque ha perdido el camino, a un estado de frustración porque ese viaje no le ha servido para conocerse. Es como entrar en una “sala de espejos” en la que ninguna imagen que le devuelven los espejos es en realidad la verdadera…. Entiende entonces que ha fracasado su aventura (su propósito).

No cabe duda del poder que el autor le otorga a la palabra: lo que no se puede nombrar no existe. Por ejemplo, Remigio no puede explicar cómo se siente porque no conoce la palabra. La figura del padre, tan importante en el psicoanálisis, aparece aquí difuminada, es una figura onírica. Lo encontramos como un fantasma que aparece en la noche, representado como un árbol diferente al del hijo. El padre no le enseñó a conocerse a sí mismo y esto nos lleva a una seria crítica hacia la educación: ¿qué necesitamos saber? ¿Palabras de cosas? ¿Sentimientos? ¿Conocerse a uno mismo?

El relato, además, está repleto de referencias a momentos políticos-sociales: el paisaje se deja identificar con movimientos políticos y momentos de la historia reciente: persecuciones, huida, exilio… Seguimos rastros históricos a través de estos lugares.

Por otra parte, continuamente encontramos elementos metatextuales. En el campo de la filosofía podemos destacar las referencias a Stern y, en el campo de la literatura, a los poemas de Antonia Pozzi.

Este viaje me recuerda al de Odiseo. El protagonista, sin nombre, como Ulises, también emprenderá un viaje que, aunque regresa, nunca se llega a ser el mismo. Como él, el protagonista llora, está cansado, frustrado no sabe quién es él en realidad o, lo que es peor,en realidad ha descubierto cosas inquietantes: ya no es joven, ya pasó la niñez, pierde fuerzas, está cansado.

En realidad, todos somos en parte “el muchacho silvestre”.

Eirene Fernández Capilla

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