Huizinga, La ciencia histórica

Miércoles, 23 Septiembre 2020 17:26

 Huizinga, la ciencia históricaJohan Huizinga, La ciencia histórica, trad. Manuel Moreno y María de Meyere,  ed. Renacimiento, 2018, 200 pp., ISBN: 978-84-17266-75-2

 

     Nuestro espíritu y cultura se han hecho en alto grado conductivos para lo histórico. El pensamiento histórico se nos ha vuelto familiar; entendemos el mundo como procesos y cambios, tendiendo a etiquetarlo todo para no encontrarnos un totum revolutum a modo de cajón de sastre. 

     En el ámbito académico la historia crítica sigue estando de moda, una moda tal vez minoritaria dentro de las corrientes generales, pero en todo caso bien fundada y pertrechada. Al hablar de los “padres de la historia” nos vendrán a la mente nombres como Heródoto o Ranke. Pero al hablar de la historia crítica nos referimos al proceso de renovación historiográfico que sufre la materia desde inicios del s. XX y que se encuentra ligada íntimamente a la incorporación de la Historia en las universidades en el s. XIX al tiempo que a la adquisición de un nuevo estatus en cuanto ciencia.

     El historiador holandés Johan Huizinga (Groninga, 1872 - De Steeg, 1945) es un pionero en este campo, al adelantarse en la integración de las formas de vida o las mentalidades como sujetos históricos; se posicionaba, de este modo, contra la doctrina positivista imperante en la época en favor de una Historia Cultural en la que se incluyeran nuevas preocupaciones producto del convulso periodo que había surgido tras la Gran Guerra.

     En efecto, dentro de las disputas contra este positivismo que buscaba unas “leyes absolutas” emulando a las Ciencias Naturales, Huizinga defiende por qué el método histórico no puede ser definitivo ni rigurosamente abstracto, al tiempo que lo enuncia no como una debilidad para la Historia, sino como una excelente oportunidad para una constante reinterpretación y debate. 

     Aquí, la especialización del historiador convive con un conocimiento más detallado de los nuevos campos que se desligaban de las nuevas preocupaciones sociales, como la política de masas y el movimiento obrero.

      Este pensamiento lo estructuró en diferentes obras, aunque es en su magna obra El otoño de la Edad Media (1919) donde, a todas luces, sentó las bases de una nueva corriente historiográfica: la denominada Historia Cultural. Como suele ocurrir, la idea pasó de encontrar una fuerte oposición durante su vida a un reconocimiento póstumo que se alarga hasta nuestros días.

     Huellas de todo ello se encuentran en la presente obra que publica la editorial Renacimiento, La ciencia histórica, donde se reúnen un conjunto de conferencias pronunciadas el verano de 1934 en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander, ocasión que servía, entre otros muchos objetivos, a la reunión de personajes de la época  —Ortega y Gasset o March Bloch, entre otros— y que, gracias a su periódica publicación en medios como La Revista de Occidente, permitió la difusión de las ideas de Huizinga, primero en España y más tarde en los ámbitos germánicos y anglosajones [1].

     Las conferencias recogidas La ciencia histórica van dirigidas, pues, aunque no solo, a un público estudiantil, y están dotadas por ello de un sentido afán didáctico, reflejando en varios puntos cómo se ha producido la mencionada evolución de la materia en el último siglo pasando gracias al método historiográfico, así como poniendo en relevancia la particular concepción que Huizinga tenía de la Historia y su valor para la sociedad de su tiempo.

     Desfilan por ella, de este modo, temas fundamentales como el desarrollo de la ciencia histórica, su proceso de conocimiento, la propia idea que tenemos de la Historia o el valor de la Historia para la cultura contemporánea. A su vez emplea, y con buen tino, temas no tan secundarios como podrían parecer en la época: la diversidad (siempre más valiosa y creativa que la identidad) o los debates sobre el sujeto histórico sin dejar de lado el desprestigio en el que caen ciertos historiadores que crean las “biografías perfumadas” (por afinidad con ciertos personajes influyentes del poder). No deja de sorprender la buena opinión que tiene de los aficionados a la historia, a quienes filósofos como Nietzsche encontraban del todo inútiles para un verdadero conocimiento. Finalmente, los problemas de la visión individual en las famosas Historias Universales producto de una práctica tal vez devastadora del conocimiento histórico.

     Huizinga nos ha legado un material de alto valor para todo aquel que pretenda a subirse al ring de la Historia, pero también una muy buena base a diferentes niveles: desde el historiador profesional, hasta el más sencillo entusiasta de la historia que lee novelas en su sillón. 

     La divulgación científica sigue siendo una tarea pendiente España; la ciencia no convence. Debemos dejar los debates sobre si el proceso de divulgación rebaja o no ese estatus de la ciencia y comprender, por el contrario, que su papel en la sociedad es determinante. Michio Kaku, el célebre divulgador estadounidense, lo dejó claro: “si no compartes el conocimiento, no sirve para nada”.

                                         

Jorge Tévar Novejarque

 

 

 [1] Quizás convenga recordar que, inicialmente, ni la historiografía holandesa (en concreto la llamada “escuela de Utrecht”) ni tampoco los historiadores franceses de los Annales (con Marc Bloch y Lucien Febvre a la cabeza), recibieron muy favorablemente los postulados de Huizinga, mientras que en España era ya conocido en 1930 gracias a la traducción de José Gaos, discípulo de Ortega.

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