Publicado en Reseñas

El drama y la farsa del hombre indeciso

Sábado, 21 Junio 2014 10:19

ENNIO FLAIANO Dos nochesENNIO FLAIANO, Dos noches, trad. Miguel Ros González, Errata Naturae, Madrid, 2012, 224 pp. ISBN: 978-84-15217-34-3

     Si no fuese por el fantasioso desarrollo de la segunda parte del relato - y aun pese a ello-, el personaje de Graziano, el protagonista del primero de los dos títulos contenidos en Dos noches de Ennio Flaiano (Pescara, 1910 – Roma, 1972), La mujer de Fiumicino, podría añadirse sin problemas al inmortal elenco de vitelloni que el mismo Flaiano dibujó seis años antes para Federico Fellini. Al igual que los personajes encarnados por Franco Fabrizi y Alberto Sordi, Graziano es un joven indolente que pasea por el mundo su indiferencia, ajeno a cualquier tipo de compromiso, mientras se debate entre el deseo de ser despedido del modesto puesto en la redacción del periódico en el que le han obligado a trabajar o esperar a que el encargo de una noticia apropiada le dé la oportunidad de lucir toda la destreza literaria que cree poseer.
     Ninguneado por sus compañeros, hastiado de una vulgar cotidianidad de la que se piensa superior y sabedor de que "todos podríamos concebir los acontecimientos en los que nos vemos envueltos como un intento de la naturaleza por empujarnos a empuñar la pluma", Graziano pasa los días anotando mentalmente títulos, escenas y descripciones de un relato que probablemente no escribirá jamás, mientras intenta con algo más de fortuna seducir a toda mujer que se ponga ante sus ojos. La ocasión para ambas cosas (para redactar el artículo definitivo que le ayude a encumbrarse en el ambiente periodístico y ser admirado por sus coetáneos, así como para lanzarse a una nueva aventura amorosa) tendrá lugar de improviso tras la entrevista a un viejo coronel, ufólogo aficionado, con quien planea una serie de artículos sobre el avistamiento de ovnis en Italia. El encargo le dará pie no solo a intentar ligarse a la hija del coronel, la encantadora Claudia, sino en un segundo momento a cubrir como periodista esa gran noticia que estaba esperando, la extraordinaria aparición de un verdadero objeto volante frente a las playas de Fiumicino.
     Dado que "cada época interpreta lo sobrenatural con la conciencia de su propia filosofía, y confiere a las entidades inexistentes e imaginadas el aspecto que supone más racional", es curioso que el ovni tenga para Flaiano la forma de un plato acabado en forma de exprimidor, incomprensiblemente similar a una construcción gótica; en todo caso Graziano, entremezclado con los lugareños que se agolpan en la playa para observar el increíble suceso, no podrá evitar dejar de lado tan asombroso evento y tan inestimable oportunidad de lanzar su carrera para centrarse en cuerpo y alma en la conquista de Martha, una atractiva y enigmática mujer con la que se topa en la orilla de la playa y con la que acabará viviendo (y desperdiciando) una increíble aventura que hubiera podido cambiar el rumbo de su vida y de la humanidad misma.
    Sea por la descripción del particular Graziano, prototipo del gandul impertérrito y caradura que tantas veces se mostró en la gran pantalla como ejemplo de la juventud italiana spensierata de los cincuenta, o por el hecho de que al leer a Flaiano nos vienen a la mente algunas imágenes del casi centenar de films en los que participó como guionista (en los años de redacción de estos relatos salieron de su pluma guiones como los de Guardie e ladri de Mario Monicelli; El jeque blanco, I vitelloni, La strada o La noches de Cabiria de Fellini; además de Vacaciones en Roma de William Wyler, Calabuch de García Berlanga o Fortunella de Eduardo De Filippo), lo cierto es que es difícil no imaginarse a Alberto Sordi o a un joven Vittorio Gassman dando vida al seductor protagonista de esta pequeña y alocada aventura que se lee de un tirón y que permite disfrutar de la prosa irónica y mordaz del increíble guionista y narrador de Pescara.
     Personajes totalmente distinto a Graziano, pero en muchos aspectos complementario en el momento en que ambos responden con el mismo impulso de hastío, insatisfacción y extrañeza al mundo que les ha tocado vivir (el mismo Flaiano indica en una nota inicial que los dos textos textos son "las caras de una misma moneda" y que "tanto el drama como la farsa acompañan al personaje indeciso o, sencillamente, mediocre") es Adriano, el protagonista del segundo relato recogido en el volumen, titulado justamente Adriano.
     Marcado en este caso por la más profunda soledad interior ("no tengo nada que hacer aquí, pero en cambio me voy a quedar hasta el final, invadido por el hastío de pasar el tiempo en un lugar que no me gusta y a la vez creyendo engañarme observando las cosas que me impresionan"), Adriano pasa los días intentando buscar a la vida un sentido que se le escapa a cada momento de entre las manos, mientras se irrita por la bastedad y vulgaridad de los nuevos barrios que circundan la ciudad, observando cómo van desapareciendo los bosques de los alrededores y cómo en las afueras unas piedras milenarias delicadamente labradas que formaron parte de la suntuosa villa de su admirado Marco Aurelio son empleadas como abrevaderos para el ganado. En ese estado de frustración, de claudicación ante el avance de una sociedad que empieza a detestar, Adriano acaba abandonando la ciudad para marchar a una casa de veraneo junto a la playa, desde la que ve pasar el final del verano y las primeras señales del otoño como el espectador de una obra de teatro con la que no acaba de sentirse identificado.
     Invadido por "una sensación de aburrimiento, de desinterés por los días por venir, de cansancio por un mundo del que ya no apreciaba los placeres, ni compartía los dolores", ni la llegada de las primeras familias de bañistas, ni la relación con Giovanni, el ingenuo pescador, ni la posibilidad de encontrar en la soledad de la playa nada que no sea la dura realidad que condena a sus habitantes a una existencia cíclica y previsible, Adriano no puede dejar de constatar cómo "la vida cotidiana se estaba convirtiendo en un espectáculo confuso y vulgar, del que no lograba comprender ni siquiera la finalidad".
     Al no ser conocidos en castellano los títulos en prosa del último Flaiano (valga recordar La solitudine del satiro o la Autobiografia del blu di Prussia, publicados póstumos en 1973 y 1974) en los que el autor da rienda suelta, en relatos más o menos biográficos, a textos que van desde la nostalgia por el esplendor perdido de los años cuarenta a ácidas reflexiones sobre el cambio de la sociedad italiana de finales de los cincuenta, tal vez este último relato choque en parte con la imagen que nos ha llegado del siempre sarcástico guionista.
     En efecto, el final de los años cincuenta marcó para Flaiano un momento de desilusión teñida de nostalgia por la dolce vita pasada y de desapego ante la sociedad del momento. Nos lo recuerda Sandra Petrignani en Addio a Roma (Neri-Pozza, Vicenza, 2012, p.314) recuperando una carta de Flaiano a un amigo en enero de 1957: "¡la náusea de este maldito momento que estamos atravesando! Todo se convierte en materia de exhibicionismo y de revista. Todo se toma en serio en este bendito país, menos las cosas serias. Y todo acaba por hacerme daño, como si estuviese enterrado hasta el cuello y no pudiese ya salir (...) Me gustaría ser un vulcanólogo o un estudioso de los etruscos, vivir entre tumbas etruscas y en los volcanes, con una paga modesta, sin conocer nada de lo que conozco y que no puedo evitar despreciar".
     Los dos textos publicados por Errata Naturae, con traducción de Miguel Ros González, nos devuelven justamente al Flaiano de esa época. No olvidemos, en todo caso, que "tanto el drama como la farsa acompañan al personaje indeciso o, sencillamente, mediocre" y que de esa mediocridad, de esa indecisión e insatisfacción connatural al ser humano, Flaiano extrajo algunos de los guiones más celebrados de todo el cine del siglo XX, lúcidas, desencantadas e irónicas visiones del hombre del momento del que estos dos interesantes relatos dan también testimonio.

Juan Pérez Andrés

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