Publicado en Reseñas

Estimado amigo Cicerón

Viernes, 20 Junio 2014 10:12

PETRARCA Cartas a los ms ilustres varonesFRANCESCO PETRARCA, Cartas a los más ilustres varones de la Antigüedad, trad. Andrés Ortega Garrido, Renacimiento, Sevilla, 2014, 192 pp. ISBN: 978-84-15177-97-5

El estudio de la influencia de Petrarca en la literatura europea desde finales del siglo XIV ha sido y sigue siendo uno de los campos de investigación más fructíferos e interesantes de toda la italianística, tanto si se aborda desde el punto de vista de la literatura comparada, como desde el punto de vista temático, estilístico o simplemente histórico. Ello no implica necesariamente, como sucede en ocasiones con autores clásicos, que la celebridad del poeta aretino y su innegable importancia en el desarrollo de la historia de la literatura se vean respaldados por una total accesibilidad a su obra, al menos en España. Es sencillo constatar cómo, frente a las numerosas traducciones de su Cancionero  disponibles en castellano (valga recordar las valiosas traducciones de Jacobo Cortines para Cátedra, Ángel Crespo en Alianza o Atilio Pentimalli en Ediciones 29), fuera del marco exclusivamente académico la mayor parte de su producción queda lejos del alcance del lector medio. Esto es algo especialmente notable en la copiosa obra escrita en latín, con títulos como De remediis utrisque fortunae o De vita solitariajusto la parte de su producción que gozó en un principio de un mayor protagonismo antes de la eclosión del petrarquismo de corte amoroso en los siglos XV y XVI.

De hecho, mientras que en catalán pueden encontrarse ediciones de su Elogi de la vida solitària (Angle editorial, trad. Núria Gómez, con introducción de Jordi Llovet), La meva ignorancia i la de molts altres (Adesiara, trad. De Laura Cabré), Carta a la posteritat (Adesiara, trad. Pedro Quetglas) o Secretum (Quaderns Crema, trad. Xavier Riu i Camps), en castellano apenas hay disponibles en las librerías la edición de los Triunfos a manos de Jacobo Cortines y Manuel Carrera Díaz, y Mi secreto. Epístolas, con traducción de Ana María Saurí Font, ambas en Cátedra. Dentro de este contexto, junto al más o menos conocido Petrarca moralista en latín, al célebre Petrarca del Canzoniere en lengua vulgar y al no menos relevante Petrarca filólogo (recuperador, editor y difusor de textos clásicos, como el Pro Archia o las Epistulae ad Atticum, ad Quintum y ad Brutum de Cicerón, descubiertos por el poeta en 1333 y 1345, respectivamente), es especialmente llamativa la escasa atención prestada a una de las facetas más relevantes del poeta aretino, la del epistológrafo volcado en la recuperación de la tradición epistolar según unos presupuestos clásicos además de autor de cartas que acabarán convirtiéndose en modelos innegables en el desarrollo posterior de la epístola de corte humanista.

Siendo esta parte de su producción, con más de medio millar de misivas, una de las muestras más relevantes de toda la literatura universal (“el imperio de la epístola en el siglo XVI es deudor de Petrarca en tal medida que bien podría tenerse como una forma más de petrarquismo”, señala el profesor Ángel Gómez Moreno en el prólogo), estas Cartas a los más ilustres varones de la Antigüedad puede y debe considerarse un gran acierto por parte de la editorial Renacimiento.

 Escritas en un marco temporal que va de 1345 (fecha de la primera epístola a Cicerón redactada poco después del descubrimiento de sus cartas a Ático, Quinto y Bruto en la Biblioteca del Cabildo de la Catedral de Verona) y 1365-66 (años en que Petrarca escribe la última dirigida a Horacio), la cuidada selección bilingüe que presenta Andrés Ortega nos acercan el gusto de Petrarca por un género que se convertirá después en habitual entre los humanistas, el de la carta privada escrita con pretensiones literarias dirigida a un amigo o familiar, en este caso a ilustres varones de la antigüedad: Séneca, Marco Varrón, Quintiliano, Tito Livio, Asinio Polión, Horacio Flaco, Virgilio y Homero. Y es que este es el objetivo principal de estas cartas de Petrarca: el de, alejándose de la rigidez retórica anterior en busca de una mayor cercanía y comunión entre los hombres de letras, entablar diálogo con sus autores predilectos de la antigüedad, de quienes se considera heredero directo, “sin esconder -como señala Andrés Ortega en la introducción- sus reticencias hacia la vida de algunos de ellos, pero tampoco su profundo amor hacia la obra de quienes consideraba pilares inamovibles de la literatura y la erudición”.

Las diez cartas reunidas aquí son, en este sentido, y más allá de los múltiples puntos de fuga que suponen cada una de ellas y casi cada nota a pie de página, un valioso ejemplo tanto de las inquietudes filológicas y literarias de Petrarca como de su profunda reflexión en torno a la recepción de los textos clásicos (especialmente relevante en los momentos en que Petrarca hace referencia al contexto en que las redactó), a la vez que una magnífica herramienta para conocer de primera mano el interés principal que subyace en prácticamente toda la obra de Petrarca: la amarga nostalgia por un pasado glorioso de las letras que el poeta aretino intentó con denuedo recuperar. Al lamento por esa herencia pedida que, como escribe a Cicerón, no puede ser causa más que de “gran dolor mío, gran vergüenza para nuestra época, gran daño para la posteridad”, Petrarca reaccionó ofreciéndonos el modelo del intelectual humilde y paciente y dando a la posteridad, y estas cartas lo demuestran a la perfección, uno de los más interesantes ejemplos de esa “conversación con los difuntos” que cantó Quevedo desde su aislamiento en la Torre de Juan Abad, conversación que, de un modo y otro, es la condición primera de la cultura.

 

Juan Pérez Andrés

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