Publicado en Reseñas

Las rimas claras, no crepusculares, de Caproni

Viernes, 07 Febrero 2014 14:59

CAPRONI Poesia escogidaGIORGIO CAPRONI, Poesía escogida, trad. J.C. Reche y J.A. Bernier, Pre-Textos, Valencia, 2012, 232 pp. ISBN:  978-84-15297-88-8

“A veces / el corazón me sube a la garganta si pienso / en cuánto he perdido (…) / Pero yo no me rindo. Aún / no me he perdido. / No estoy del todo solo / cuando estoy conmigo”, nos dice el poeta en el soberbio poema Palabras (tras el éxodo) del último de Moglia.
La concepción de la poesía como memento del instante vivido, como fiel asidero ante una realidad que huye a cada segundo frente a nuestros ojos, como testigo del paso del tiempo que nos condena a esa nostalgia acechante que nos corroe cada vez que, cuando ya se han ido todos y nos hemos quedado solos en medio de la habitación vacía, no nos queda más que el leve poso de la memoria desvaneciéndose lentamente entre las manos… esste es, probablemente, uno de los cauces por los que discurre gran parte de esta interesante antología bilingüe de Giorgio Caproni (Livorno, 1912 – Roma, 1990). Publicada por la editorial Pre-Textos con traducción de Juan Carlos Reche y Juan Antonio Bernier el año en que se cumplió el centenario del nacimiento del poeta, esta antología es una más que inestimable oportunidad para conocer la labor creativa de este singular poeta livornés, pasados ya algo más de veinte años desde su desaparición y a más de una década desde que Huerga y Fierro publicara una primera selección de sus poesías en castellano.
Una valiosa muestra, por tanto, de la trayectoria de un autor que, como señala Juan Carlos Reche en el esclarecedor prólogo, “nadaba a contracorriente del hermetismo” al tiempo que “descreía también del neorrealismo”, dando forma, en este camino intermedio alejado de modas y posturas a priori, a una escritura totalmente personal en la que la aparente sencillez y cercanía de los poemas no excluye, más bien se diría lo contrario, una significativa intensidad poética.
“Y qué dulce / por un instante / demorarse en el tiempo / de este día ya ido / en tantas y tan variadas guerras, / ya vencido”.
Es cierto que la poesía para Caproni no responde a una metafísica abstracta trazada sobre la palabra misma, al igual que tampoco cede ante el más fácil recurso de un realismo exacerbado; el poeta, en una comprometida estética personal ajena a gustos y corrientes, supo dejar de lado las dos grandes líneas por las que discurrió la poesía italiana desde los años treinta hasta la posguerra sin renunciar por ello a absorber la esencia de ambas tendencias: el cuidado de la palabra y el genial manejo de los vacíos de los herméticos, y el gusto por el detalle banal y la cotidianeidad de los neorrealistas. Perteneciente a la llamada “generación de en medio”, la de Attilio Bertolucci o Mario Luzi -todos ellos nacidos, como él, en la segunda década del siglo XX-, en Caproni los poemas se orientan siempre al establecimiento de un delicado equilibro de palabras sencillas, cotidianas, que permitan transmitir, mediante la evocación de unas pocas pero determinantes sensaciones y emociones, una breve instantánea de un momento concreto e inasible. El objetivo es, siempre, fijar en la memoria mediante pocos y significativos detalles (un olor, un fragmento de paisaje, el vuelo de un pájaro…) la fugacidad de un suceso significativo al que acaba por ligarse de forma indisoluble el estado de ánimo del poeta.
Destacable también es el hecho de que los poemas, planteados a partir de estos escasos pero sutiles detalles que apenas dejan vislumbrar la anécdota en la que se enraiza el momento evocado, vienen siempre marcados por un acertadísimo ritmo interno (mantenido en gran medida en la traducción, tarea harto compleja) lo que se logra mediante la alternancia de versos de diferente longitud y sencillos recursos como la aliteración, la paronomasia, el poliptoton y los huecos entre versos.
Los poemas, independientemente de su longitud y molde estrófico escogido (Caproni combina una variadísima gama de estrofas, desde poemas de tres versos cercanos al haikú, a poemas narrativos extensos), dan además siempre la sensación de ser completos, de responder a una sensibilidad común dentro de un marco superior, el poemario, en el que se suceden como los compases de una breve sinfonía.
Esta es la impresión que dejan los poemas tomados de sus primeros libros de los años treinta: Come un’allegoria, Ballo a Fontanigorda, Finzioni y Cronistoria. Efectivamente, en ellos se observa, ya desde los primeros compases, el deseo de centrar la atención en unos pocos pero significativos detalles del paisaje que sirvan, ni más ni menos, que para asir un recuerdo que, de otro modo, sin la ayuda del poema, acabaría definitivamente escapándosele al poeta. Las composiciones, de una significativa brevedad y una escasa pero efectiva adjetivación, se convierten así en una especie de dietario de un “ahora” en constante huida del presente que se vuelve ya pasado en el mismo instante en que sucede. Se impone, pues, un acercamiento a la poesía entendida como utilísima herramienta frente a la fugacidad del tiempo y el olvido (“Tras los cristales, en el reflejo / del cielo con sus vencejos / más tenue, / para mí ya secreta / silenciosa te empañas / igual que la memoria”); el poema en tanto cuaderno en el que anotar ese instante digno de recuerdo (“Voces y canciones borra / la brisa: el fuego se extinguirá. / Pero yo siento aún / fresco en mi piel el viento / de la muchacha que pasó a mi lado / a la carrera").
De este modo, el paso cercano de la que es tal vez la amada, la fugaz visión de una mujer tras la ventana, el aliento acalorado de unos chavales que juegan o la risa de unas muchachas apenas oída… son otros tantos momentos que dejan en el aire una emoción particular y concreta que requiere, para poder ser convocada en el poema, de esos pocos elementos significativos que sitúen sus coordenadas y permitan su exacta evocación: apenas un prado de marzo entrevisto tras la lluvia, el atardecer junto a la iglesia perdida, un amanecer en la colina…
"De la risa de las mujeres, / una espuma vaga / blanca sobre las algas y un fresco / viento que sala el rostro permanece".
Si estas son las líneas por las que se mueve su primera producción, los títulos del segundo período escritos ya en los cuarenta y cincuenta (Il passaggio d'Enea, representado con una única y soberbia composición, I Lamenti, III, dedicada a su padre muerto, o el poemario Il seme del piangere) suponen un cambio tanto formal, como temático, al situar los poemas en su Livorno natal y dando entrada al espacio biográfico real y determinado del poeta. Frente a la relativa atemporalidad y el anonimato de los poemas anteriores, el acercamiento a lugares concretos lleva en estos títulos también emparejado el predominio de un tú apostrófico que remite a personas determinadas, siendo el caso más evidente la mención a su madre, Anna Picchi, a cuya evocación se dirigen la mayoría de los poemas del volumen Il seme del piangere.
También aquí la búsqueda de la sencillez expresiva (la necesidad de escribir “rimas claras (…) no crepusculares, / sino verdes, elementales”, según nos dice en Per lei) se hace patente en cada verso, siendo especialmente notable a partir de Il muro della terra, el título que abre su tercer período, marcado por una cadencia más prosaica en la que con frecuencia el ritmo viene dado por la palabra misma y la rima interna en base a repeticiones, anáforas y aliteraciones.
Esta incansable búsqueda de un tono cada vez más personal y meditativo en el que la inicial plasmación del recuerdo en medio de un paisaje rural y la evocación paterna en un ambiente urbano acaba por dar lugar a una visión centrada en una introspección, no puede menos que recordar por momentos la voz y el tono de los poetas españoles de los cincuenta (v.gr. A. González, C. Sahagún…)
Clímax de este proceso de interiorización e introspección es la erección de la soledad en tanto tema central de esta última etapa, una soledad a la que se ve abocado el poeta después de la marcha del resto de los habitantes de la aldea como consecuencia directa de la guerra. Como sucedía también anteriormente, al dejar de lado la anécdota concreta sobre la que se sustentaba el poema, también aquí Caproni escamotea al lector el conflicto bélico, pasando este a ser un telón de fondo constante que, de forma indirecta, acaba por colarse en el poema no en su mostración directa, sino en la huella que ha ido dejando en el poeta: “Un hombre solo, / encerrado en su cuarto. / Con todas sus razones. / Con todos sus entuertos. / Solo en un cuarto vacío, / hablando. A los muertos”. Estos poemas, de una fuerza expresiva y una maestría indudables tanto temática como formalmente, pueden considerarse con razón como los más sentidos y directos de toda la antología.
Esta alternancia de poemas más narrativos, combinados con poemas brevísimos que condensan toda una experiencia vital en sus últimos títulos (como es el caso de Il franco cacciatore, Il conte di Kevenhüller y Versicoli del contracaproni) marcan, por último, el deseo de Caproni de reducir los poemas, en la fase final de su trayectoria, a una mínima esencia significativa.
“Las palabras. Ya. / Disuelven los objetos. / Como la niebla los árboles, / y el río el velero”.
Como un árbol que va perdiendo paulatinamente sus hojas, el poema acaba por quedar en manos de Caproni reducido a una mínima expresión significativa (“Y qué dulce / Por un instante / Demorarse en el tiempo / De este día ya ido / En tantas y tan variadas guerras, / Ya vencido”) dando de este modo su última lección de maestro del lenguaje, del ritmo y del silencio… lo que viene a ser, en definitiva, la mejor definición de la palabra poesía.
 
Por Juan Pérez Andrés
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