Jueves, 12 Noviembre 2015 09:41

Un airado Bianciardi

LUCIANO BIANCIARDI, La vida agria, trad. Miguel González Ros, Errata Naturae, Madrid, 2012, 256 pp. ISBN: 978-84-15217-21-3

En mayo de 1954, en una extracción minera de la Maremma toscana próxima a la localidad natal de Luciano Bianciardi (Grosseto, 1922 - Milán, 1971), una explosión de grisú segó la vida a cuarentaitrés mineros. La tragedia, como en tantas otras ocasiones, no hubiera pasado de ser un accidente si detrás de la deflagración y el derrumbe de las galerías no se escondiera la siniestra mano de la compañía minera, la Montecatini, y su deseo de maximizar los beneficios a costa de la reducción de las medidas de seguridad.

El luctuoso suceso, sumado a la situación en que vivían los mineros, así como a la falta de responsables que asumieran las consecuencias y la escasa implicación de la empresa que gestionaba la extracción, sería objeto dos años más tarde del trabajo de investigación I minatori della Maremma (Laterza, 1956), escrito a cuatro manos por Carlo Cassola y un Luciano Bianciardi que se iniciaba entonces en las tareas periodísticas.

La huella que dejó el suceso en Bianciardi, quien recorrió la zona en numerosas ocasiones recogiendo testimonios sobre la vida de los mineros, le llevaría casi una década después a retomar de nuevo la tragedia de forma indirecta como uno de los ejes centrales de su cuarta novela, La vita agra, con la que cerraría una de las trilogías más interesantes de la narrativa italiana de la segunda mitad del siglo XX, la llamada trilogia della rabbia, formada por tres obras de claro corte autobiográfico en torno a la infancia y adolescencia de dos personajes en una ciudad de provincias (Il lavoro culturale, Feltrinelli, 1957), su frustrada llegada a una Milán refractaria a las novedades culturales (L'integrazione, Bompiani, 1960) y su ulterior aislamiento en medio de la despersonalizada capital fruto del boom económico de los cincuenta (La vita agra, Rizzoli, 1962).

En esta última el personaje, un intelectual de corte socialista y elevados ideales, llega a Milán con el único propósito de reivindicar el desastre de la mina haciendo saltar por los aires la sede de la empresa minera. Para ello no dejará de rondar los alrededores del edificio mientras planea el atentado en los escasos ratos libres que le dejan los diferentes trabajos que va consiguiendo, primero como redactor de un periódico, luego como corrector de imprenta y, finalmente, como traductor del inglés, trabajo que marca su progresivo aislamiento al permitirle vivir y trabajar solo en una urbe en la que la alienación del individuo es algo palpable.

Cada vez más alejado del objetivo inicial y del mundo que le rodea, es este aislamiento, sin duda, el eje central sobre el que gira la novela, ya que cada paso que da el narrador (cuyo compromiso político recibe un momentáneo impulso al conocer a la reivindicativa Anna en una manifestación de izquierdas) le lleva irremisiblemente hacia el abismo de soledad en que se mueven los habitantes de la metrópolis, una ciudad en la que los diferentes mecanismo capitalistas son otras tantas trampas dispuestas para anular la individualidad del personaje y sofocar, con él, todo intento de humanidad y solidaridad. Impagables, en este sentido, algunas escenas como la del mendigo muerto ante la indiferencia de los transeúntes o la reflexión sobre la muerte en las ciudades.

De este modo, la tensión política y social va dando paso a una narración densa y cortante (según el narrador, muestra de un "neocristianismo de inspiración desactivista y copuladora") volcada en la plasmación de una existencia agria y conflictiva, totalmente marcada por la toma de conciencia, desde un punto de vista práctico, de la alienación laboral, la desconfianza en las relaciones humanas y la despersonalización que imprime el nuevo ritmo de la ciudad.

La agudeza crítica de algunas páginas (como el fragmento sobre la reducción del sexo "de fin a medio" como elemento subversor de la civilización moderna y en tanto superación del neocapitalismo y el socialismo de las páginas 70 a 86), la interesante galería de personajes que circulan por la novela (como la comprometida Anna, conocedora de múltiples técnicas de contestación callejera; el pintor Carlone, con quien comparte inicialmente piso; o el director del periódico, Fernaspe, con sus peculiares teorías sobre el paso del neorrealismo al realismo), así como la brillantez, ingeniosidad y mordacidad con que describe la desprotección del individuo en la sociedad actual, hacen de esta novela no solo el testimonio de una época, sino también una obra destinada a perdurar en los cánones de la buena literatura.

Además, su publicación a manos de Errata Naturae con la excelente traducción y notas finales de Miguel Ros González (quien ha volcado también al castellano, entre otros, a Ennio Flaiano para la misma editorial), no solo acerca por primera vez a los lectores españoles la producción de un autor fundamental de las letras italianas, sino que viene a coincidir con la reivindicación de este interesante periodista, ensayista y traductor (Bianciardi tradujo a J. London, S. Bellow, J. Steinbeck o W. Faulker, por citar unos pocos) que se viene produciendo en Italia desde hace unos años, especialmente tras la publicación a manos de su propia hija de sus obras completas en L'antimeridiano (ISBN Edizioni, 2005).

"Lo sé -nos dirá en narrador casi al final de la novela-, diréis que esta es la historia de una neurosis, el historial clínico de una ostra enferma que ni siquiera consigue fabricar la perla (...) Y precisamente por ser mediocre creo que merece la pena contarla. Precisamente por estar entretejida con sentimientos y hechos que ya han sido enmarcados por los estudiosos, por los historiadores, sociólogos y economistas. Dentro de un fenómeno identificado, preciso y etiquetado, esto es, el milagro italiano..." A este milagro italiano, el prematuramente fallecido Bianciardi le supo sacar los colores en más de una ocasión. Esta es una de ellas.

Juan Pérez Andrés

 

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