Edith Bruch, Quien así te quiere (fragmento)

Zibaldone. Estudios italianos, vol. III, issue 2, julio 2015 (nº6)

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Edith Bruch, Quien así te quiere (fragmento)

 

Edith Bruck (Tiszabercel, Hungría,1932) publicó en 1959 su primera novela autobiográfica Chi ti ama così directamente en italiano, una lengua que adoptó tanto por ser Italia el lugar en el que se afincó tras el largo deambular por diversos paraísos de Europa Central e Israel tras la experiencia sufrida como judía en diversos campos de exterminio alemanes, como por el hecho de que, como señala la misma Bruck, tras perder los cuadernos originales escritos en húngaro y la dificultad de contar el sufrimiento de aquellos años previos en su propia lengua, "solo en Roma, entre 1958 y 1959, conseguí hacerlo en una lengua que no es la mía". En efecto la obra, considerada por Primo Levi “un testimonio apasionado e inolvidable del descenso al infierno”, narra la experiencia real de la autora desde que en 1944, con tan solo 12 años, tuvo que enfrentarse a la deportación, al sucesivo internamiento en los campos de Auschwitz-Birkenau, Kaufering, Landsberg, Dachau y Bergen-Belsen para finalmente, acabada la guerra y tras una penosa lucha por la supervivencia en la Europa central de la posguerra, instalarse temporalmente en Israel antes de su establecimiento definitivo en Italia en 1954. Allí pronto estrecharía vínculos de trabajo y amistad con intelectuales de la talla, entre otros, de Primo Levi, Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti, Mario Luzi, Vasco Pratolini, Cesare Zavattini, Gina Lagorio, Dino Risi o Nelo Risi (con quien llegaría a casarse), iniciando una amplia producción literaria en italiano dedicada en general a la construcción de la memoria de la Shoah y de la tragedia de los campos de exterminio. Baste recordar, de su extensa producción, novelas como Quanta stella c’è nel cielo (2009), la colección de cuentos Andremo in città (1962, adaptado al cine por Nelo Risi), el libro de poesías Il tatuaggio (1975) o escritos difícilmente clasificables como Signora Auschwitz. Il dono della parola (1999).

El siguiente fragmento es el segundo capítulo de Quien así te quiere, la traducción de Chi ti ama così que será publicada en castellano el próximo otoño por la editorial madrileña Ardicia. Bruck, cuya obra es totalmente inédita en nuestro país, se suma así a la lista de autoras memorialistas femeninas de la Shoah que en Italia dio sus primeros frutos ya en 1946-47, gracias a Giuliana Tedeschi o Liana Millu, por citar solo a autoras accesibles en traducciones al español.

 

***

 

Llegó la Pascua de 1944. Fue una fiesta triste: mis padres apenas se hablaban y vagaban sin decir palabra de aquí para allá por la casa. Nos mirábamos en silencio y yo no sabía por qué. Más tarde mi padre y mi madre nos dijeron que unos alemanes habían llegado al pueblo. Pregunté por qué les teníamos que tener miedo, pero no me respondieron. Me sentía mal. Mi madre, tal vez por decir algo, me pidió que llevara al desván la olla que usábamos solo en Pascua, añadiendo que con toda probabilidad ya no la usaríamos más.

Por la tarde mi padre cogió la mano de mi madre y los hijos nos sentamos cerca de ellos; yo tenía mi cabeza estaba apoyada en su regazo y ella me acariciaba el pelo, algo que no hacía desde mucho tiempo atrás. ¡Me gustaba tanto ser mimada! Amor, paz, silencio: todo me daba miedo en la oscuridad. Les pedí que hablaran: "No estéis tan callados; me estoy volviendo loca", dije. Mi madre empezó entonces a hablar de la Biblia, de los padecimientos de los hebreos polacos y eslovacos deportados, y nos contó que había tenido un horrible sueño: había visto quemar a la gente, y añadió que iba a llegar también un tiempo tristísimo para nosotros. Pero nosotros éramos niños y no teníamos por qué asustarnos, ya que Dios estaba con nosotros. Lo importante era no desesperarse, pasase lo que pasase. Se levantó temblando y, por primera vez, le dio a mi padre un vaso de coñac que él, también por primera vez, rechazó. Intuía que no había ninguna salvación para nosotros. Mil pensamientos se agolpaban en mi mente y, de repente, recordé que en casa había nueces y que podía cogerlas y esconderlas sin que nadie se diese cuenta. Dejé la cocina y me fui al desván con mi tesoro, asegurándome de que estuvieran bien escondidas. Luego me paré y murmuré para mí entre dientes: "Las comeré cuando vuelva; ¿volveré?, pero, ¿de dónde?".

Cuando bajé, la cocina me pareció aún más oscura de lo habitual; por fuera las ventanas estaban cegadas y la luz que se filtraba a través del papel negro que las cubría iluminaba tan solo las caras. Parecía un velatorio. Quise correr y gritar: "¿Quién ha muerto? Estamos todavía vivos, ¿por qué no habláis? ¿Qué esperáis?". Pero no fui capaz de decir ni una palabra. Era casi medianoche cuando me fui a la cama. Antes de dormirme volví a la cocina a ver a mis padres pegados el uno al otro, y besé el grueso brazo de mi madre y la cara inquieta de mi padre. Los abracé a los dos como si fueran dos niños. Luego volví al cuarto de puntillas y me metí en la cama junto a Eliz, que estaba a punto de dormirse. Me estrechó contra ella acariciándome, algo que hacía raras veces, solo cuando me quería demostrar que me quería mucho, mientras me repetía: "Ditke, Ditke, mi pequeña hermanita, no te daré más coscorrones, ya verás". Era una noche más oscura que las demás; por la ventana no entraba ni un rayo de luz, igual que tampoco entraba en nuestro corazón. Acurrucada en la cama deseaba tan solo dormir un poco. Parecía que el tiempo no pasase, notaba que las fuerzas me abandonaban y que me deslizaba hacia la oscuridad.

Me despertó al alba el ruido de alguien que llamaba a la puerta gritando: "¡Despertaos! ¡Fuera! ¡Rápido! ¡Os doy cinco minutos, fuera, bestias!". No sabía si era realidad o soñaba, pero las voces eran cada vez más claras y se oían las patadas en la puerta. Vi a mi padre levantarse con los calzones largos e ir hacia el quicio de la puerta, para luego detenerse y mirarnos. Nosotros nos levantamos inmediatamente y nos acercamos a mi madre temblando. Entendimos que no era como cuando venían a llevarse los muebles o cuando venían a por mi padre cuando hacía negocios no permitidos a los judíos. Mi padre dio un paso atrás, dudando, mientras nos decía que no tuviésemos miedo.

Entonces entraron los policías maldiciendo: "¡Fuera!", dijeron, "llevaos con vosotros solo una muda, dejad el dinero, el oro. En cinco minutos os quiero a todos fuera delante de la casa". Oí a un niño llorar cerca de nuestra casa y vi a unos pocos pasos de nosotros cómo se reunía una numerosa familia judía. Mi madre se llevó las manos a la cabeza gritando e implorando a Dios. Mi padre daba vueltas aquí y allá en calzoncillos buscando algo que a nosotros se nos escapaba, luego, con la esperanza reflejada en su rostro, les hizo ver a los gendarmes sus medallas de guerra, diciendo que él había combatido valerosamente por la patria. Pero ellos se rieron y tiraron las medallas al suelo gritando que nada valía, ni las medallas, ni nosotros, ni nuestra vida, y que éramos perros apestosos, y que si no nos dábamos prisa, con un par de patadas seguro que acabaríamos de espabilarnos.

Hubo gritos e insultos recíprocos, pero la ley es la ley. Mi madre empezó a preparar un fardo y, cuando preguntó adónde nos llevaban, los gendarmes no respondieron. Yo busqué mis cosas más queridas para esconderlas con la esperanza de encontrarlas todas cuando volviera. Mi madre me riñó diciéndome que, incluso en aquel trágico momento, yo no pensaba más que en mis juguetes. En cinco minutos estuvimos listos. Me paré un segundo a mirar nuestra casa nueva, los árboles y el jardín, y me di cuenta en realidad de que todo me parecía ya muerto desde hacía mucho. El sauce llorón bajo la ventana se había doblado hasta el suelo y sus ramas me parecían como brazos muertos y hombres ahorcados. El pueblo estaba a oscuras y las casas estaban ya cerradas; los despedí a todos con ternura. Caminamos cogidos de la mano y sin vida. Hicieron levantarse a todas las familias judías que estaban durmiendo.

El pueblo empezaba a despertarse, era la hora de ir al trabajo y los campesinos, viendo nuestra triste caravana, se paraban en las calle, sin atreverse a moverse. Con lágrimas en los ojos apenas alzaban las manos despidiéndose, ya que estaba prohibido tocarnos e incluso saludarnos. Corrían por la calle con pan y comida para nosotros, pero no nos lo podían dar. Llegamos a la sinagoga, en la que estaba encerrada toda la comunidad, y todos nos saludamos con resignación. Los hombres y las mujeres se levantaron frente a la Tora diciendo: "Escúchanos, Dios de Israel", pero él no escuchaba, no tenía ni oídos ni ojos, y hablaron los muertos con los muertos. Cada hora los gendarmes venían a pedirnos dinero y oro, rebuscando en los sitios más inverosímiles. Nos hicieron desnudarnos separando a los hombres de las mujeres, y metieron sus dedos en todos los agujeros que un animal puede tener. Me entraron ganas de reír, no sentía vergüenza delante de ellos. Siempre encontraban algo que llevarse.

Permanecimos toda la noche en la sinagoga. Miré a mi alrededor y me di cuenta del mundo en el que vivía, y ya no pude volver a observar lo que pasaba como si fuese una niña. A la mañana siguiente, a primera hora, nos llevaron a la estación. Nos hicieron atravesar todo el pueblo mientras la gente nos daba patadas y nos escupía a la cara. Nuestros nuevos amos se divertían. Me impresionó muchísimo ver cómo la gente cambia de piel igual que las serpientes y cómo es capaz de escupir veneno. Todos los habitantes estaban en la puerta de sus casas y muchos lloraban, aunque sobre todo los pobres, porque eran más numerosos y los ricos no tienen tantas lágrimas. Observando tanta tristeza, reía de puro nervio. En la estación nos hicieron subir a los vagones destinados al ganado.

Después de algunas horas de viaje llegamos al gueto de Satoraljaujhely. Allí tuvimos que vivir muchos en una sola casa, las calles por las que podíamos andar estaban señaladas, y ya entonces empezamos a padecer hambre. Los más informados decían que esto era solo el principio, aunque yo hubiera deseado ya ver el final. El lugar al que nos habían destinado era totalmente secreto. Mi madre se cortó el pelo a cero como, según marca nuestra religión, tenía que haber hecho al casarse. Decía que Dios nos había castigado porque cuando se casó no se lo había cortado, y que no quería irse al otro mundo con el pelo largo: si no lo hacía seríamos castigados incluso en el purgatorio.

Yo pensaba en ese otro mundo que sin duda sería toda una sorpresa, pues ni siquiera lograba entender este en el que vivía. Una y otra vez nos desnudaban buscando los objetos habituales, y siempre tenían éxito. Dado que el gueto empezaba a estar lleno de piojos, llegó la orden de cortarnos muy corto el pelo. A mis doce años me dolía el hecho de tener que cortármelo. Mientras lo hacía, mi madre no dejaba de temblar con las tijeras en la mano y me pedía perdón. Yo reía para darle ánimos y le decía que ya me crecería, que con el pelo corto parecía una señorita. Busqué un espejo, tenía una pinta… Incluso me convencí de tener un aspecto mucho más interesante.

Pasamos cinco semanas en aquel gueto. Mi hermano Peter se reunió con nosotros después de algunos contratiempos, ya que un judío no podía viajar. Éramos seis. Solo faltaban Leila y Margo, de los que no sabíamos nada. Yo cantaba y bailaba, provocando con frecuencia la ira de todos. Mi madre decía: "¡Pobrecilla! Está loca. ¡Solo me faltaba esto!", aunque la verdad es que esos bailes y cantos me salvaron de la locura.

El 23 de mayo de 1944 nos llevaron a una sinagoga fuera del gueto, era bellísima y grande como un teatro. Toda la gente de la región había sido reagrupada allí y suspiraba llorando en coro. El aire estaba lleno de humo y era difícil distinguir las caras de unos y otros. No se podía salir. Yo estaba cada vez más nerviosa y los monótonos cantos de los rezos me molestaban. Los hombres oraban en voz alta llorando; yo busqué a mi padre, que rezaba con ellos. Por suerte, después de algunas horas, salimos todos en filas de a cinco. Empezaba nuestra caravana. Éramos muchísimos: viejos, jóvenes, niños. Todo el mundo nos escupía al pasar. Los jóvenes nazis decían riendo: "¡Ánimo, camina, viejo cretino, morid todos de una vez e idos al infierno! ¿Por qué no hablas con tu Dios? ¡Igual el Mesías os salva!". No podía escuchar esos insultos, y aunque nadie tenía el coraje de responder, yo les gritaba: "¡Cerdos, sucios animales!". Mi madre me suplicaba que cerrara la boca. Un jovencito de uniforme se me acercó, lo miré con desprecio y le dije que era un cerdo; él me miró y dijo que era un pecado que tuviese que morir tan guapa y tan joven, que tenía una cara menos sucia que las demás y que, si fuese un poco más mayor, habría estado dispuesto a ensuciar su lecho conmigo. "¡Con tu madre!", le respondí temblando de miedo.

Mi madre no podía caminar más, su cara solo reflejaba dolor y estaba pálida, se quejaba de un fuerte dolor de cabeza. El sol de mayo era cálido y yo miraba las flores en los jardines y a los niños que corrían en bicicleta sacándonos la lengua. Qué alegría, pensaba, sería poder vivir más y ver cómo es verdaderamente el mundo sin volver a ver nunca hombres como estos.

También yo estaba cansada; solo pensaba en mí misma. Respiraba profundamente para asegurarme de que estaba viva. En la estación empezaron de nuevo con las patadas y los empujones mientras nos metían a ochenta personas en un oscuro vagón de transporte de ganado. Ignorábamos adónde nos iban a llevar. Muchos decían que nos llevaban a Siberia, otros que a campos de trabajo. Cada uno decía una cosa distinta. El tren empezó a moverse y yo solo tenía un deseo: irnos pronto, fuera de allí, adonde fuese, a cualquier otro infierno, pero muy lejos de aquel pueblo que tanto había amado. Mi madre me peinaba y acariciaba mis pobres cabellos cortos diciéndome que pronto tendría de nuevo unas largas trenzas adornadas con lazos de colores, tal como me gustaba. Entre lo poco que habías cogido buscó un mísero lazo y me lo puso entre los cabellos. Luego me acarició como si tuviese largas trenzas de verdad. Durante el viaje hablábamos poco, pero en el vagón de cuando en cuando alguien estiraba la mano para hacer llegar a los demás un poco de comida o un vestido y unos bonitos zapatos nuevos. Me preguntaba el porqué de esa resignada generosidad.

El tren se paró bruscamente y escuché hablar en una lengua desconocida, dura e impaciente. Comprendimos que estábamos en la frontera alemana. ¡Habíamos pensado que nuestros amigos húngaros no permitirían nunca que se nos llevasen! De un golpe abrieron de par en par la puerta y gritaron que querían oro, que lo iban a pedir por última vez y que luego nos dispararían. No bromeaban. Nos pedían también los anillos, y de nuevo volvieron los lloros: eso es lo último de lo que un hombre y una mujer se desprenden, ese símbolo de su amor, feliz o infeliz, pero siempre querido. Al final todos dieron sus anillos y yo esperaba que ya no hubiese nada más que darles. Pero cada día se repetía esta escena y siempre sacaban algo.

Cuando abrían los vagones tenía muchísimo miedo, aunque de tanto en tanto nos daban un poco de agua y vaciaban los pozales, que apestaban. Hacíamos nuestras necesidades enfrente los unos de los otros, era algo humillante y yo no podía más que pensar: "¡Menos mal que comemos poco!". También el agua escaseaba con frecuencia.

Después de cuatro días de viaje, el tren se paró y escuché gritar: "¡Alle heraus, schnell!". Y en un segundo estábamos todos a un lado del vagón. Vi muchísimos barracones y muchísimas mujeres calvas con uniformes de prisioneras a rayas y un número en el cuello del vestido. De repente dejé de ver a mi padre y a mis hermanos. Nos empujaban hacia delante metiéndonos prisa y separando a los hombres de las mujeres. Vi a mi madre llorar y hablar, y no entendía con quién hablaba. Me dijo: "Mira, en la otra parte está tu padre". También él lloraba y nos saludaba con la mano lánguidamente. Luego gritó: "Os amo, perdonadme por todo".

Y mi madre respondió: "También tú, perdóname, te he querido siempre".

Yo la tiraba del brazo para intentar sacarla de su dolor. Me suplicaba que no perdiera de vista a mi padre, el cual se alejaba cada vez más hasta que ella ya no pudo verlo al no llevar sus gafas. Luego me gritó pegada a mi rostro: "Se lo han llevado, y también a Laci y a Peter, no los volveremos a ver". Nos quedamos juntas mi madre, Eliz y yo. Y nos seguían empujando hacia adelante. Vi que a mi prima le quitaban de los brazos a su pequeña hija, y me pregunté si este sería realmente el fin. No creía que ni en este mundo ni en el otro pudiese haber un infierno igual. Tuvimos que tirar al suelo todo lo que llevábamos, y mientras caminábamos veía en el suelo, como si estuviesen muertos, juguetes, muñecas y fotografías. Las madres gritaban porque no querían dejar a sus hijos, mientras que por su parte los alemanes nos proferían horribles blasfemias.

Había una fila de SS a la derecha y otra a la izquierda; en medio otros alemanes nos dividían dando gritos y empujándonos. "¡Derecha, izquierda, derecha, izquierda!". Yo no sabía entonces que izquierda quería decir horno crematorio y que la derecha era la fila de los trabajos forzados. A la derecha los jóvenes; a la izquierda los viejos, los niños y los que no eran útiles. Me empujaron a la izquierda con mi madre, Eliz gritaba: "No me separéis de mi madre, quiero morir, matadme", mientras que mi madre suplicaba a Eliz que se fuese a la derecha, adonde la empujaban, y que recordara lo que le había contado de las mujeres polacas y eslovacas que habían estado en los prostíbulos durante años. "Ten cuidado, hija mía, no te hagas notar, ve adonde ellos quieran, ve…". Yo me aferraba al brazo de mi madre con todas mis fuerzas, cuando de repente noté que un soldado me empujaba hacia la derecha, casi susurrando: "¡Derecha, derecha!".

Me negué. Mi madre se puso de rodillas y le habló al soldado en alemán: "¡Dejadme a mi pequeña niña, dejádmela, no os la llevéis!", dijo. Pero el soldado la empujó con el fusil y me obligó a patadas a ponerme a la derecha. Yo corría y chillaba: "¡Eliz, me han separado de la mamá, Eliz, Eliz, espérame!", gritaba.

Alcancé corriendo a mi hermana. Nos empujaron dentro de un barracón en cuyas esquinas se apilaban abrigos, pieles, ropa interior y un montón de cabellos que parecían hilos de seda de diferentes colores. Con los pies pisábamos fotografías de niños y de personas mayores, tropezábamos con piernas de madera, con zapatos, con los recuerdos que habían tratado en vano de esconder hasta el último momento aquellos que habían pasado por allí antes que nosotros. Estaba como borracha, mi mente no lograba aferrarse a nada. Me cogieron y me desnudaron. En un segundo me encontré desnuda y calva, trasquilada por una mujer vestida con un uniforme negro. Escuchaba a mujeres gritando órdenes tras órdenes en lenguas que eran incomprensibles para mí. Eran deportadas polacas y eslovacas, todas judías: nuestras jefas. Teníamos que obedecerlas y no montar escenas, porque a su vez ellas estaban siendo vigiladas por los alemanes y serían castigadas si no seguíamos las órdenes en todo cuanto nos decían. Nos alertaron de que no dijéramos que éramos hermanas o parientes o menores de dieciséis años o mayores de cuarenta y cinco, porque en ese caso nos separarían sin más. Entre tanto una mujer robusta nos cortaba el poco pelo que nos quedaba. Y todo de forma violenta: nos desinfectaron y nos dieron un vestido de basto paño gris. Unos zuecos, un número. Desde ese momento, aquel número fue nuestro nombre. Luego nos pusieron en fila de a cinco, como era habitual, y nos llevaron fuera. Aquel sitio se llamaba Auschwitz.

Traducción de Juan Pérez Andrés

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