Giuseppe Mazzini, Sobre una literatura europea

Zibaldone. Estudios italianos, vol. III, issue 2, julio 2015 (nº6)

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GIUSEPPE MAZZINI, Sobre una literatura europea

Intuyo el amanecer de una
literatura europea: ninguna de sus naciones
podrá considerarla propia; todas habrán
contribuido a su fundación.

J. W. Goethe

I. – Las palabras de las personas elevadas, cuanto más oscuras son, más abrigan el germen de una profunda y útil verdad. El genio pasa de largo de los seres vivos y se interna en los misterios del universo, y con una sola mirada descubre en él cosas de importancia: las leyes que regulan la vida de las naciones le son reveladas al hombre en el que vive este sublime instinto; el pasado y el presente se interpretan el uno al otro en su mente, y de ellos extrae a menudo el futuro, porque el genio es profeta. Pero dado que la intensidad de los sentimientos, una firme predilección por las ideas concebidas y el reconcentrarse convertido en hábito no le permiten ocuparse de la dimensión del intelecto de otros, este se expresa con signos breves y enérgicos y de una forma singular y audaz, por la que es tachado de oscuro y extraño por quien aparta la mirada por maldad o no ve por impotencia. A menudo ha sido vilipendiada con el nombre de sueño la idea de un hombre que se anticipaba varios siglos a los destinos del género humano, hasta que el tiempo, que carcome las ciegas veneraciones y las envidias, no puso el sello de los hechos a la verdad. Durante más de cien años las burlas eruditas y la inercia de las almas condenaron a Vico al olvido; mientras que ahora son muchos los libros comentan los Principios de ciencia nueva y muchas teorías son desarrollo de alguna idea que él fomentaba, con frecuencia de forma velada, en sus escritos. En el siglo XVI se rechazaba, como absurda, la opinión de quien se mostraba contrario al comercio de esclavos, e incluso Sepúlveda decretó en las Españas, con la autoridad de Aristóteles, que la esclavitud de una raza de hombres por otra era algo justo y necesario; ahora ese impío mercado ha sido abolido, y la ignominia de los pueblos persigue a los traficantes de sangre. Las relaciones entre los hombres y entre las cosas se multiplican de manera incesante: ¿quién puede adivinarlas todas? La civilización, cuando la fuerza o las divisiones no lo impide, avanza según las leyes del movimiento uniformemente acelerado. ¿Quién puede decirle a la civilización: detén ahí tus progresos, ahí está el final de tu camino?

II. – La necesidad de un cambio en la literatura de los pueblos es algo ya demasiado evidente, como para que sea necesario malgastar las palabras. Los acontecimientos, las instituciones, las nuevas creencias, los cambios de costumbres y las pasiones de distinta manera forjadas han creado la necesidad de una nueva literatura que exprese la situación y las opiniones de la civilización moderna; porque la literatura, cuando no se adentra en la vida civil y política de las naciones, es terreno abonado a nimiedades y solo sirve para reblandecer el espíritu. Y esto no es algo propio únicamente del siglo XIX, sino que comenzó a observarse desde que se aclararon las tinieblas de la Edad Media; sino que lo que en los siglos pasados era pensamiento de unos pocos, y estaba constreñido por la ignorancia o la tiranía, se expresa ahora con mayor fuerza de raciocinio y unanimidad. Por toda Europa parece que un soplo de vida nueva reaviva los intelectos y los espolea por caminos nunca transitados hasta ahora. Por toda Europa se agita un espíritu, un deseo de innovaciones literarias que acusa la esterilidad de las antiguas normas y la insuficiencia de los antiguos modelos. Y puesto que ni la molestia de las circunstancias, ni la intolerancia del prejuicio, pueden hacer que el deseo de los pueblos quede insatisfecho para siempre, esta literatura surgirá: ¿Quién puede decir cuándo y cuál si no es haciendo conjeturas? Si la necesidad universal y el valiente deber de algunos bastasen para fundar una literatura, el momento no nos parecería lejano; pero se requieren muchas e importantísimas condiciones para su pleno desarrollo, y su cumplimiento, precipitado por las ansias, pende incierto entre las nubes del porvenir. Cono inciertas son, sin embargo, las formas con las que adornará sus conceptos, puesto que todo lo que hasta ahora se ha hecho es quizá más un ensayo que el fruto de un juicio firme y meditado; tal vez no puedan establecerse nunca, pues los ingenios realmente lúcidos, antes que de los cánones de arte, deducen las formas de las entrañas del argumento. Mientras tanto, urge investigar todo lo que guarda relación con el progreso y el estado actual de la cultural; urge reflexionar sobre lo que debe contener un cuadro completo de las necesidades, de las relaciones, de los deseos y de los afectos de los pueblos en el siglo XIX. Pesquisas de este tipo, aun cuando parezcan ineficaces a quien las contempla aisladas, no resultarán nunca inútiles. Un talento soberanamente filosófico, reuniéndolas todas, realizará tarde o temprano la tarea; se tendrán entonces las bases de una literatura que constituirá, quizás, la gloria del siglo XX.

III. – Una de las características fundamentales de esta literatura se pone en evidencia, a mi entender, en las palabras de Goethe que se encuentran encabezando esta obra. Considero que tienen mucho sentido, resultado de profundas consideraciones sobre la obra tácita y progresiva de los siglos; que establecen una diferencia esencial entre las letras antiguas y las modernas. Y sé que a muchos el vocablo literatura europea les suena a destrucción de todo espíritu nacional, de todo carácter individual de los pueblos, mientras que a otros les suela a algo extraño, a sueño utópico. Los primeros confunden la independencia de una nación con su aislamiento intelectual —lo que es un error de la mente—; los segundos ni tienen esperanza en los hombres ni en las cosas —lo que supone un defecto de corazón—. A mí no me enorgullece tanto la vanidad ciudadana como para ponerme en contra de la idea de una literatura que reuniese en una sola, con el santo vínculo del pensamiento, a todas las tribus humanas; ni me agrada tanto la desnuda realidad de la vida como para que pueda renunciar a todo lo que puede presentarse como una sonrisa de la imaginación, en vez de hijo del frío intelecto. El corazón, abandonado a sus arrebatos sin la ayuda del raciocinio, no conduce siempre a la verdad, pero tampoco el frío cálculo de la mente, si el corazón no lo fecunda. El presagio de Goethe no es una ilusión; si lo fuese, sería una sublime ilusión, y las ilusiones sublimes, aunque fuese concitando todas las potencias morales, ¿no tienen acaso derecho a reivindicar tres cuartas partes de las grandes empresas que nos otorgan la inmortalidad en la tierra? Sin embargo, algunas consideraciones en torno a este asunto no resultarán inútiles, espero, en las actuales condiciones, a los lectores de Antologia;1 cuando lo sean, que no se culpe al contenido, sino al escritor. Escribo como me dicta el corazón: el corazón, que es justo y cálido, aunque a menudo infravalora sus propias fuerzas.

IV. – Aquel que eche un rápido vistazo a los avatares de la literatura en los diferentes pueblos que componen la raza humana, se le presentarán ciertas diferencias de métodos, de conceptos y de estilo que parecen a primera vista constituir una naturaleza propia, una tendencia particular y diversa al genio de las naciones, como si la naturaleza, imponiéndole a la ambición individual límites de montañas y de ríos, le hubiese incluso asignado a cada una de ellas los confines del intelecto. ¿Dónde nacen estas diferencias? ¿Las causas que las han originado son inmutables y serán, por tanto, eternas sus consecuencias? ¿O, sujetas a sucesivas modificaciones, pueden complicarse, deteriorarse y confundirse? De este planteamiento se deriva, como cualquiera puede ver, que pueda o no cobrar vida en algún momento una literatura europea.

Cuando las letras, pervertidas por pretensiones académicas, empobrecidas por las bobadas de la Arcadia, corrompidas por el clientelismo, ni siquiera conservaban la memoria de su antigua dignidad y de su primer deber, los literatos, acostumbrados a considerar su arte más como un halago al oído de los pocos poderosos que como una tarea útil a las multitudes, no observaban la sustancia de las cosas, sino las formas; no consideraban la importancia de las ideas, sino los vicios de la expresión: yo no sabría decir si la culpa es más suya propia o de los tiempos, tal vez de una y de otra cosa por igual. Y puesto que a ellos no se les concedió el don de crear, se lanzaron a revivir las glorias de los siglos que ya habían pasado, y vieron la luz comentarios, biografías e historias de la literatura. Sin embargo, el vínculo secreto que enlazaba la naturaleza y los avances de las letras con los asuntos de la vida civil y política, no fueron advertidos por aquellos religiosos, bibliotecarios y literatos de la corte que manejaban aquellos libros, sino que se publicaban memorias de individuos más que historias de los acontecimientos intelectuales de los pueblos: obras de una erudición portentosa, pero casi nunca iluminadas por la claridad filosófica; acumulaciones de nombres y apellidos frías y estériles como las lápidas de los cementerios. Por el contrario, las diferencias que se reconocen en el desarrollo intelectual de cada nación y las características particulares que distinguen las diferentes literaturas, se presentaron a sus ojos como hechos exclusivos de un gusto primitivo y universal. La solución del problema no podía hallarse sino bajo el amparo de la historia y de la filosofía, y puesto que ni el ingenio ni los tiempos les permitían poder adentrarse en estos estudios liberales, divagaron en busca de una causa única e inmutable, mientras que las revoluciones de las letras en cada persona apuntaban a que los motivos debían ser susceptibles de cambio y progreso. Embelesados por las apariencias, seducidos por la autoridad de los antiguos y por las teorías de escritores políticos que les atribuían a los pueblos capacidad de independencia o necesidad de servidumbre, según los grados de supuesta actitud, afirmaron que la naturaleza había preestablecido ciertas normas a los intelectos según la posición topográfica y que el clima era el primero y supremo moderador del gusto. De ahí que el carácter de las literaturas sea esencialmente diverso, de ahí la inmutabilidad de cada una de ellas; opiniones totalmente funestas, igual que muchas otras que con frecuencia han bloqueado y obstaculizado el genio, el cual, sin embargo, sentía palpitar en su interior la sublime facultad creadora. —Y el espíritu, que incita a la especie hacia mejores destinos, sacudió al fin las mentes: el sentimiento de independencia sucedió al fantasma de la autoridad. Se concedió igualdad de derechos y aptitud para ejercerlos a los hombres de todos los territorios, pero no se les quiso a ellos conceder fraternidad de emociones e ideas. Se corrigieron las leyes de un estado con ejemplos y normas derivados de las leyes de otro: se estudiaron los hábitos y costumbres de todos los pueblos; muchas opiniones cayeron en el olvido, muchos prejuicios se desvanecieron, pero el de la absoluta influencia del clima sobre el genio de las literaturas permaneció; y se perpetuó en las voces de la mediocridad, naturalmente inerte, en los delirios de una ciega vanidad nacional, en la eterna ralea de pedantes; y nosotros lo seguimos oyendo en boca de muchos como anatema irrevocable lanzado a quien procura ensanchar la esfera del gusto; y ante cada intento por abrir nuevos senderos en el pensamiento, ante cualquier exhortación que invoque a los italianos al estudio de las obras maestras extranjeras, se opone la frase sacramental patria clásica, precioso cielo de Italia: palabras que pueden fácilmente ilusionar a quien de hecho está lleno de palabras de amor patrio.

V. – Pero los hechos nos lo impide. Los hechos, que solos ante el ruido de las opiniones constituyen una razón suprema, una autoridad prepotente que no pueden vencer ni la argucia retórica ni la tenacidad del sistema. Si abro historias de la literatura, estas me ofrecen una alternancia de gloria y decadencia, e influencias recíprocas, y contactos mutuos de una a otra, e inestabilidad perpetua del gusto, ora nacional, ora corrompido, ora siervo. Ningún pueblo tuvo jamás una literatura tan despegada de su propia esencia como para que no se mezclase en sus inicios con las tradiciones, y más tarde con las conquistas, con variados fragmentos extranjeros; ningún pueblo tuvo un gusto tan arraigado y potente que no cambiara con los siglos, porque el gusto, erigido por algunos hasta una abstracción inmutable, es resultado de la educación*, y representa el nivel de civilización que tiene un pueblo. Así, la literatura italiana tuvo en sus principios la impronta de la elegancia que los árabes supieron darle al sur de Europa, que fue platónica, mística y con tendencia al idealismo en un siglo concreto; se sometió al materialismo en otro; fue severa y nacional en otro tiempo, interpretó palabras de independencia y de magnánimo desprecio; imitadora servil en otra época, fue inepta y lasciva, hazmerreír de los apáticos, adulación para los poderosos, y el cielo itálico difundía el encanto de la sonrisa eterna en el alba de los trovadores, como en la de Guinicelli, en la época de Dante, como en la de las Cicalate . 2 —De esta manera, España, que durante quinientos años se engalanó de imágenes y figuras orientales, se ornó durante mucho tiempo, comenzando en el reinado de Juan II, con la imitación italiana, entre el estudio de Dante, promovido por Villena, Santillana y Mena, y el petrarquismo propagado más tarde por obra de Garcilaso y Boscán, mientras que el sol, que iluminaba la España de Carlos V, era el mismo que lucía sobre las torres de la Alhambra cuando la dominación de los moros tenía sede en Granada. El clima de Inglaterra es oscuro, frío, lluvioso, carece de la sonrisa de la primavera y del lujo del otoño; sin embargo, de esta nación y en medio de la niebla escocesa brotaron los cantos que más abundan en fuerza descriptiva, y no existe país que haya dado en los últimos treinta años poetas que, como Burns, Crabbe, Wordsworth y otros, hayan comprendido el lenguaje de la soledad, que hayan transfundido en sus propios versos el alma de la naturaleza. —Se atribuía al clima ardiente de los orientales la impronta de lo sublime metafórico que distingue sus producciones, y la misma impronta se manifestó en las poesías calcedonias publicadas por Macpherson, y en las escandinavas, que recopiló y dio a conocer Mallet. Al frío clima se le atribuía el carácter profundamente meditativo y la tendencia a abstraerse de los europeos del norte; el empeño que ahora se pone al investigar los asuntos asiáticos, revela un espíritu contemplativo similar, un idealismo en las creencias y en las teorías religiosas de Oriente, en especial de la India. El árbol de la ciencia echó raíces tanto en el caluroso Egipto como en los hielos de Islandia con la misma independencia del clima, y lo hacía florecer en Ática mientras que, por el contrario, brillaba por ausencia en la vecina Beocia. ¿Y las numerosísimas semejanzas que hay entre los libros bíblicos, Homero y Ossián, entre las canciones nacionales escocesas y corsas? ¿Y los puntos de en común que se dan entre las poesías de amor italianas, persas y árabes? ¿Y la esencia completamente diferente que emana de las antiguas letras griegas y en los cantos modernos entonados por los kleftes como prueba de venganza y de libertad? —Hemos elegido los ejemplos al azar, pero las singularidades que presenta la historia de las diferentes literaturas son demasiadas como para que el clima pueda lograr jamás una interpretación válida de este.

VI. – ¿Cuáles son, por tanto, las causas que marcan la evolución de las letras en cada país? ¿Por qué deberemos repetir nosotros estas aparentes peculiaridades? —Principio fijo: quien busca una explicación a los elementos, a las características y al progreso de una literatura en otra parte que no sea en la historia de la nación, estará persiguiendo un fantasma. Todo está interconectado y relacionado en la vida de los pueblos, al igual que en la vida de los individuos. La literatura, allá donde emerge libre y espontánea del pensamiento común, representa el estado moral; mientras que donde está encadenada, representa el estado político. Es, como dice Shakespeare, el espejo de las épocas. Pero el estudio de las épocas es el único que puede acabar con las tinieblas que con frecuencia envuelven los destinos de las letras: el estudio de las instituciones puede desvelar únicamente los orígenes del gusto particular que se manifiesta en los pueblos.

Y las diversas instituciones, bajo el influjo de un mismo cielo, creaban una literatura en Atenas y no se la concedían a Esparta, igual que ahora, aunque por otro motivo, insuflan movimiento y vida a los intelectos de los estados de la Confederación Germánica mientras que los adormecen en una potencia vecina las instituciones produjeron el genio alegórico de los orientales, porque la verdad no se les podía mostrar impunemente, sino envuelta en un emblemático velo; las instituciones simples y uniformes cubrieron la literatura suiza siempre con franqueza, inocencia y utilidad, a pesar de que un desigual clima afecte en un solo día al viajero con el ardor de Senegal entre los hielos de Spitzberg. —El amor, pasión divina, tal vez sea la única sobre la que poca o ninguna influencia ejercen las instituciones, porque el amor ensalza a quien lo siente realmente por encima de todo cálculo humano y lo transporta a un mundo donde no hay más que dos seres vivos. Así pues, la expresión de este afecto es en cierto modo única y universal, y por tanto los cantos de amor italianos, persas y árabes parecen con frecuencia inspirados por un mismo genio y bajo un mismo cielo; dado que el vínculo de las instituciones es omnipotente, vemos entre nosotros el sentimiento puro, santo y armónico de los siglos XIII y XIV, transformado posteriormente por el soplo de la tiranía en afectación conceptista o lascivia de sátiro, porque el amor no florece en alma esclava. —Las diferencias que se reconocen entre la literatura del norte y la del sur parecen fundamentales y prefijadas eternamente por la naturaleza: la inteligencia profunda y el análisis de la belleza parecen reservados a los hombres del septentrión, así como el vivo sentimiento de lo bello parece innato a los pueblos meridionales; en las obras que nos llegan del norte hay impresa una impronta más duradera de originalidad, y se evidencia de manera perpetua una tendencia por el ideal y las abstracciones. Pero, a más de que el tiempo va reduciendo cada vez más estas disparidades, me parece también que los acontecimientos y las instituciones tienen que reivindicar gran parte de ellas. Las comunicaciones de Oriente con el norte fueron pocas y breves, y las circunstancias, que no les presentaron nunca tan de cerca una literatura antigua a esos pueblos, de proporciones y formas perfectas, les concedieron, si bien muy tarde, la creación de una más original a partir de los elementos patrios. La Reforma, instigando las mentes a sutiles disquisiciones, induciendo la necesidad de serios y pacientes estudios, y sancionando al fin el derecho de libre examen, generó en los habitantes del norte esa inclinación a considerar los aspectos múltiples de las cosas, y ese espíritu de meditación, el cual trató durante largo tiempo sobre controversias religiosas, y se extendió después a los asuntos literarios y de las bellas artes. Y tanta potencia de reflexión debía producir efectos nobles, mas las instituciones políticas, prohibiéndoles la aplicación sobre los principales intereses nacionales y sobre la realidad de las cosas, los talentos, abstraídos en sí mismos, se desapasionaron con las teorías y con las abstracciones. Sin poder circundar con utilidad la esfera de los objetos positivos, volaron a otra esfera, se confundieron al ver objetos y relaciones ideales, e idolatraron sus propias imaginaciones. De ahí resultó una literatura de formas extrañas, y desordenada en apariencias, pero vasta y profunda en su sustancia íntima; de ahí resultó una poesía psicológica, y en general, como dicen, subjetiva, dirigida más al futuro que intérprete del presente, errante por los confines de un mundo desconocido, melancólica y conmovedora como una esperanza indeterminada. —Inglaterra, por el contrario, es quizás el país donde más se tributa el culto a lo positivo. Las instituciones abren allí un amplio campo al pensamiento, y ninguno de los elementos que constituyen la prosperidad nacional se sostiene en trabajos del intelecto. La industria, el comercio y la agricultura, tres bases sobres las cuales se apoya la obra de la grandeza inglesa, someten a los animales a la contemplación de la realidad. Y puesto que el momento actual tiene merecidamente precio ante ellos, estos no sienten tan vivamente la necesidad de arrojarse a los vórtices del mañana. Sin embargo, la literatura inglesa es, por lo general, toda positiva, histórica y de sucesos. La poesía, descriptiva y de sensaciones. Fortalecida por las memorias antiguas, gozosa de una cuasi ilimitada libertad de pensamiento, con frecuencia retrocede al pasado, para luego volver al presente. El peculiar amor por la patria, que toma en consideración los objetos locales, y la pasión, universalmente difundida, de la agricultura, generan la potencia descriptiva, y esta le hurta a la naturaleza los secretos que a otras naciones les concede de forma espontánea el cielo. —De esta manera, las instituciones crean las características de cada literatura; así las diferencias, que separan a una de la otra, son resultados naturales de las circunstancias civiles y políticas, que despiertan, adormecen, prueban o constriñen a los intelectuales. Y yo cito con rapidez, como permiten el espacio y el ingenio, cosas que requerirían mayor desarrollo; pero donde las investigaciones histórico-literarias sigan en la dirección emprendida, veremos emerger para siempre la verdad de lo dicho: que las leyes y la literatura de un pueblo caminan constantemente por dos vías paralelas. —Y a nosotros los italianos, las instituciones, ora feroces, ora corruptas, en ocasiones impotentes, con mayor frecuencia tiránicas, jamás conforme al el deseo común, procuraron una poesía vaga en formas armoniosas, espléndida en colorido e imágenes, mas casi siempre frívola, ligera, muda para la mente, y nuestra literatura, ya erudita, ya académica, ya obsequiosa, fue docta, elegante, rica; útil y nacional nunca, si quitas a los escritores de historias, a algunos filósofos, y pocos genios poéticos que sobrevuelan por los siglos. —Mientras nosotros nos arrimamos con una pertinacia digna de la mejor causa a un Palladio que no sirvió para salvarnos de la ruina, clamamos con impotencia amor patrio a quien intenta devolvernos la antigua actividad del pensamiento. ¡Oh, italianos! Está bien defender el honor nacional y las viejas glorias, pero el honor nacional encuentra respuesta mucho más al asumir la culpa que al jactarse de las cualidades; y las viejas glorias se defienden con las más nuevas. Nuestros padres mucho hicieron, pero hasta que no sepamos convencernos de que el tiempo, desarrollando nuevos derechos, acumula cada vez más deberes, hasta que no estemos satisfechos por abrazar esos sepulcros, Italia, en otra época a la cabeza de las demás naciones, seguirá muy retrasada, porque ni el cielo ni el sol aseguran el triunfo del intelecto.

VII. – No existe por tanto una causa inmutable, eterna, que plantee diferencias invencibles de naturaleza, de pasiones y de deseos entre pueblo y pueblo. No hay ley, establecida por la naturaleza, que otorgue con predominancia un gusto particular, una característica particular y envidiable a cada una de las familias en las que se divide la raza humana. Las leyes, hijas casi siempre de la voluntad individual, en vez del sufragio común, imprimen por sí solas una dirección diferente a las fuerzas morales, y desarrollan diversamente las semillas del perfeccionamiento, que fermentan ocultas en cada nación. Un pueblo entra rápido por las vías del progreso de la civilización, otro se queda atrás, o descarría. De ahí las distintas costumbres, derivadas por lo general de las leyes; de ahí las varias creencias, porque la necesidad de movimiento, que estimula constantemente a los humanos, se consume en los intereses nacionales, y donde en un lugar se acaba en supersticiones, en otro está vetado. Mientras tanto, de las desigualdades surgen el orgullo y las envidias, y a unos el conocimiento de su civilización les dibuja fácilmente una sonrisa socarrona en sus labios, mientras a otros la crueldad de la ignorancia les hace desenvainar las espadas en la mano. Después llegan los odios y las guerras, a partir de los cuales aprenden los vencedores a despreciar la ciencia de los vencidos, y estos a vengarse con la repulsa de compartir con los primeros los tesoros del intelecto. Pero la civilización, en cambio, se expande, y difundiendo sus rayos por los pueblos que carecían de ella, tiende a reconciliar a los unos con los otros, pero a cada paso dado por un lado parece cuasi usurpación al orgullo de quien fue primero, como cada consejo del otro asume el aspecto de intolerancia a ojos de quien siente el vigor de sus principios, y muchos prejuicios, ya minados por el tiempo, se defienden acaloradamente por exagerado temor a ceder, y muchos óptimos ejemplos se rechazan por recelo al yugo. Así, tienen vida y se perpetúan las pretensiones de un gusto literario que deduce sus privilegios del clima. Así, las naciones, educadas por las desgracias que hacen desconfiar del extranjero, fomentadas por quien teme la unión de los pueblos, se acostumbran a advertir un ultraje a sus derechos con cada intento de reconciliación, y le niegan la ciudadanía al genio cuando este ha nacido bajo un diferente grado de latitud.

Las instituciones y las circunstancias políticas, diferentes en los distintos países, han producido pues, lo repito, las diferencias que distinguen una literatura de otra, y puesto que las instituciones de los pueblos hoy día tienen diferente temperamento y fundamento, las disparidades en el gusto literario parecerían con todo inevitables... pero una consideración fundada en los hechos se opone a la duda. Mientras la civilización de un pueblo se encuentra en sus principios, sus avances son confiados a pocos hombres a quienes se conjugan razón y vigor, y las multitudes ignorantes e inertes se benefician los tácitos beneficios. La literatura, limitada a unos pocos, no estando fortalecida por el pensamiento común, retrata el estado positivo y material de las sociedades, o bien se adentra en la tendencia moral, describe, en vez de crear, sigue los progresos de la civilización, y expresa los grados, en vez de precederlos desarrollando sus semillas. De este modo, las instituciones forman la única fuerza dominadora y estampan en las letras las características particulares, la imprenta local de la que hemos hablado hasta ahora. —Pero cuando la civilización ha avanzado tanto como para hacer que la edad antigua parezca su primera aparición, la fuerza de las instituciones ya no es ni absoluta ni ciega. Los progresos de la experiencia y una instrucción más universalmente difundida, acabando con muchos prejuicios y muchas incautas veneraciones, acrecientan el número de aquellos que quieren ver y juzgar por sí mismos, y de la concordia de las observaciones y de los juicios se va alzando poco a poco sobre las ruinas de la autoridad la fuerza de la opinión pública. Gracias a ella, la civilización adquiere un movimiento más rápido y libre; gracias a ella, se compensa el efecto de las instituciones. Lenta y prudente en su formación, fuerte con medios infinitos, pura en sus intenciones, apoyada en el tiempo y en la justicia, puede ser frenada, escarnecida, comprimida, pero nunca destruida; y emerge siempre más vigorosa de las persecuciones y las cadenas, y tarde o temprano acaba por convertirse en el árbitro de las cosas. En este periodo de la sociedad, el deber de la literatura también cambia, y donde antes expresaba, y seguía, ahora se adelanta y se anticipa. Los escritores exploran las necesidades de los pueblos, se adentran en interrogar el corazón de sus hermanos y revelan su secreto deseo, purificado de bajezas en las relaciones humanas. Erigidos en intérpretes del pensamiento común, presagian y ayudan a los cambios sociales, por lo que en ocasiones parecen crear los acontecimientos, si bien no hacen otra cosa que madurarlos y derribar poco a poco los obstáculos. —Sin embargo, si el estado de las mentes presenta hasta ahora características uniformes en todas las naciones de Europa, si no puede ponerse en tela de juicio una tendencia de la civilización a unirlas cada vez más, si la opinión de la mayoría va consumiendo incesantemente las antipatías nacionales, las disimilitudes y las diferencias que separan a un pueblo de otro, si finalmente los pueblos invocan un vínculo común a todos, una hermandad que nació con ellos, poco importa que el capricho o el interés de unos pocos o las diferentes leyes se obcequen en desunirlos. El fin de la literatura queda decidido: debe apropiarse de esta tendencia, dirigirla, perfeccionarla, porque la obra de los siglos no puede retroceder. Las instituciones limitadas a la superficie social que no se implican en los elementos de la felicidad humana, contrarias a la opinión, reina del mundo, quedarán como anomalías en los avances de la civilización, hasta que el tiempo y la fuerza de las cosas no les despojen de los progresos de una vida lánguida.

VIII. – Entonces, ¿estamos realmente sometidos, en pleno siglo XIX, al influjo de dichas causas que nos espolean por vías que no difieren de una misma meta? ¿Nos encontramos en una situación moral como para que tal expresión tenga que acabar siendo única en toda Europa y la literatura de los pueblos deba ofrecer en todas partes características uniformes? Un retrato sucinto de la civilización europea tal vez pueda guiarnos a este resultado.

Un largo periodo, señalado por nosotros con el nombre de tiempo heroico, nos da a conocer en oscuras alegorías, en tradiciones imprecisas, los primeros pasos con los que la especie iniciaba la vida social. Fluctuante entre la ferocidad del aislamiento de donde salíamos y las nuevas relaciones, los hombres vivían en comunidades, tenían patriarcas, tenían elementos de religión, pero no había civilización. La fuerza física predominaba en aquella época, por ella o por casualidad salían elegidos los patriarcas, y la fortuna los mantenía o los consumía. La gran lucha entre el bien y el mal, entre las semillas del desarrollo intelectual y los movimientos de una naturaleza física, ciega, desordenada, se manifestaba en las leyes consentidas por la mayoría, pero a menudo irracionales, sinceros en los usos, pero repulsivos en las guerras injustamente concebidas y cruelmente llevadas a cabo, tal y como fue simbolizado por los que vinieron después en Oro y Tifón, Ormuz y Arimán, Júpiter y los Titanes. Mientras tanto, los primeros impulsos del espíritu hacia un futuro más bello se describían en algunas expresiones líricas y en pocas canciones guerreras; pero la literatura propiamente dicha no existía. Ya desde los primeros poetas que nos representaron aquel periodo, así como de las históricas analogías, puede extraerse que los principios de las naciones son los mismos para todas, y que el espíritu humano bajo diferentes climas presenta un espectáculo casi igual, cada vez que rivaliza con la primera barbarie, porque la falta y el sumo grado de civilización aquí se tocan, cuando no les conceden a los pueblos certeza de carácter individual; de ahí que vemos cómo pocas y semejantes ideas sirven de base para todas las antiguas mitologías, de ahí las semejanzas que comparten las primeras formas empleadas en la composición de países diferentes, los aforismos y los dísticos de los poetas gnómicos en Grecia, y los proverbios de los indios.

IX. – La lucha cesó. –Los elementos del mundo social se incrementaron: los pueblos tuvieron ciudades, leyes, religiones y tradiciones, aunque desiguales y basados en el carácter particular y las pasiones de unos cuantos mortales, a quienes la inteligencia o la astucia constituían en legisladores. Entonces empezó a alterarse la huella única y primitiva que la naturaleza había imprimido en el rostro a sus hijos, y las tribus humanas incorporaron una diversa fisonomía con las diferentes instituciones. Las semillas de la civilización intelectual pasaron de Asia a Europa, pese a que fueron estériles en algunos lugares por leyes tiránicas o por los celos de una casta, y sacudidas en otros por las continuas guerras e invasiones, no tuvieron terreno para desarrollarse. En cambio, Grecia, posicionada por numerosas islas en la dirección marítima del mundo asiático, aislada por mar, o cercada por montañas, al resguardo de los ataques extranjeros, nodriza de una estirpe de hombres libre y vigorosa, pudo recoger estas simientes, pudo fecundarlas, y de sus peñas se alzó majestuoso el árbol que más tarde debía dar sombra con sus ramas a toda Europa. –Grecia nos describe la primera época** de la civilización humana. Y la literatura, que es su intérprete, surgió con ella, pero completamente griega y local, como a ella le imponían situación, cielo y consciencia de superioridad. Grecia, de hecho, favorita de sabios y enérgicas instituciones, alcanzó prontamente una meta que nosotros aún debemos envidiar por muchos aspectos. Entretanto, cuanto más alto ascendía, más se alejaba de los demás pueblos. Sola en su carrera, como un oasis en el desierto, miraba con ojos de desprecio por encima de las yacentes naciones europeas y las ridiculizaba con el apodo de bárbaras. Por otra parte, el primer periodo de la civilización no puede ser jamás un periodo de difusión, porque la construcción previamente se consolida y se perfecciona, después se difunde, y Grecia, obligada a menudo a proteger con sangre su independencia, se limitaba a recoger los frutos de los avances morales, no podía ampliar su dominio, excepto por algunas colonias, que trasplantaban las semillas de la civilización en Sicilia o en las costas de esta Italia, en cuyo seno dormían los destinos de un mundo. –El amor por la patria fue la característica de aquella época: el amor por la patria, único, concentrado en el cerco de las murallas, donde el griego saludó con el primer albor la luz; unido de tal modo al cielo, a la naturaleza física, a la tierra, a las aguas y a las piedras, que el hombre nacido fuera de aquel círculo de elementos era considerado digno únicamente de vivir como esclavo. La literatura debía reflejar esta potente individualidad: lengua, formas, ornamentos, sustancias y finalidad, y todo en ella fue griego, solamente griego. El poeta, afortunado en una patria bendecida por el sol, envidiada por los hombres, única para la civilización, no se vio incitado a crearse un dominio más vasto; no fue el hombre inspirado por la naturaleza el que les reveló a los mortales la verdad universal, fue un griego, que quiso inmortalizar los triunfos patrios o educar con el canto los jóvenes corazones en la veneración de las leyes y de las religiones de los ancestros. Miró la tierra que él hollaba y extrajo la sustancia; miró el cielo que le sonreía alrededor y captó sus colores y sus formas. Por ello son, pues, extrañas a sus cantos las ideas generales profundas, extraños los conceptos absolutamente morales y los rasgos descriptivos de un afecto común a todos los hombres. La cuerda de la humanidad no vibraba en su cítara.

X. – El mundo moral, al igual que el mundo físico, tiende perpetuamente al equilibrio en sus partes. Una nación cuya existencia marche hacia su destino separada de otra y cuya civilización no se apoye sobre bases no más anchas que sus límites, no puede vivir eternamente, porque la suma desigualdad entre un pueblo y los demás induce a uno estado permanente de guerra entre el derecho y la fuerza, entre los avances morales del primero y la árida rudeza de los últimos; guerra que no tiene fin si el pueblo civilizado no vierte a su alrededor los beneficios de sus instituciones, o no cae. Y Grecia cayó. –Un coloso sobresalía ya en occidente, cuando las divisiones internas, los órdenes civiles corruptos y las sectas filosóficas comenzaban a debilitar la potencia griega. Surgió Roma, que simboliza el principio de la fuerza en acción; y sobre un ilimitado amor por la patria, un espíritu eminentemente guerrero y una política infame, fundó un trono, cuyo apogeo fue el Capitolio y cuya base comprendía todo el mediodía europeo. Grecia no podía resistir sola junto al mundo romano. Finalmente cayó, y con la pérdida de su independencia, la flor del genio griego se marchitó, pero los frutos permanecieron. Las naciones viven y mueren como los individuos, pero la civilización no muere nunca, y recuperaba entonces en extensión lo que perdía en excelencia y esplendor. Similar a la quebrada vasija de la que se derrama el licor en muchas direcciones, el saber griego, expulsado del centro, se difundió por su alrededor; los prodigios de las artes fueron dispersados por toda Italia con la rapiña de los vencedores, y las enseñanzas griegas en materia de filosofía, las letras y la política tuvieron por todas partes numerosos propagadores obligados a abandonar la patria a causa de la ira, la servidumbre, la fuerza o la vileza. Oriente se confundía con occidente, y el cetro férreo de Roma doblegó bajo un mismo yugo a diferentes poblaciones, las cuales, sometidas a la misma influencia y a la misma suerte, sufrieron efectos similares, se unieron, tuvieron al menos conformidad de desgracias, de condiciones y de deseos. Las diferencias de las religiones también empezaron a deteriorarse. Muchas presentaban ya parecidos importantes en los principios fundamentales, y eran las que, limitadas a la consciencia, servían a la política, pero no la dominaban. Las otras, que creaban en la Galia y fuera de ella una potencia teocrática, y reunían en sus ministros el sacerdocio y el principado, fueron perseguidas o sometidas a hierro por los romanos. Entretanto, mientras el gentío se iba preparando involuntariamente para una creencia uniforme, la multiplicidad de las sectas filosóficas, todas diferentes en algunos puntos, similares en otros, hacía brotar en los hombres, que por agudeza de intelecto se apartaban del vulgo, las semillas de aquel eclecticismo destinado a ser una de las características del mundo europeo. –Y la expresión de esta común tendencia, de este avance de los pueblos meridionales, habría estado a disposición de la literatura de aquel periodo, si las discordias civiles, un deseo desenfrenado de conquista, una sucesión perpetua de peligros y guerras al principio, y una sospechosa tiranía, un yugo militar después, no les hubieran prohibido a los intelectuales romanos una literatura libre y nacional. La dignidad de los modismos, la lengua casi perfecta, el espíritu decidido y activo parecían deber promoverla, pero, por decirlo de alguna manera, les faltó el tiempo para crearla a partir de los elementos de la época, y cuando el reposo pareció concederlo, la opresión compitió con los genios por adentrarse en las necesidades y los deseos de los pueblos que formaban el vasto imperio. Pero la literatura, al no poder ser popular, se lanzó por los caminos de la imitación servil; formas, mitología, preceptos, a menudo argumentos, todo, salvo la lengua, fueron tomados de los griegos, adquiriendo más dotes de simplicidad que de variedad dramática, más belleza de expresión que de profundidad de sentimientos. Extranjera y remota brilló con una luz que no era suya como una planta trasplantada a un clima extraño la cual, tras el primer esplendor de las flores, se viene abajo, no produce frutos y queda sol para ser admirada, sin utilidad, ajada en el acto. La protección de algunos principios pareció encumbrarla, pero fue el abrazo de Hércules, que levantó a Anteo de la tierra para asfixiarlo; el destello fue sublime, aunque breve. Algunos genios solitarios tocaron el cielo, pero el soplo que los animaba se escapó con la gran alma de Tácito. –Aun así, paragonando la literatura latina con la griega, sientes que la esfera de la poesía, si bien por poco, se ha ampliado. Los sistemas religiosos tienden en su mayoría a la unidad; algunas pasiones se interpretan en ocasiones bajo un aspecto más moral que físico. El amor pintado por Virgilio se te presenta como deseo pujante del alma, más que como sensación, y ese tinte de melancolía, por el que difunde sus versos, parece hijo de una meditación sobre los destinos humanos. La cuerda, en suma, del corazón se toca con mayor frecuencia, y sientes que se ha dado un paso hacia la revelación del hombre interno. Y la primera muestra de esta excelsa revelación la dio el cristianismo. El dominio de Roma se había ampliado de manera desproporcionada con los emperadores, mas la mezquina política, que persistió en no ver Roma dentro de las siete colinas, no toleraba igualdad de derechos en los pueblos incorporados al imperio, lo que trajo los problemas de la guerra social, a los que se intentó aplicar remedio, aunque tarde e imperfecto; y los pueblos comenzaron a sentir su propia dignidad. –El volumen de las ideas era cada vez mayor. De las pocas y sencillas se derivaban las complejas, las universales, las abstractas. Las relaciones se multiplicaban y los hombres aprendían a conocerse y a amarse. La civilización hacía emerger cada vez más el aspecto moral de la existencia y se adivinaba que todos los seres vivos tenían por naturaleza algunos derechos sagrados e inviolables, independientemente del nacimiento y de las circunstancias locales. En fin, se presentía el ministerio del hombre. –Entretanto, las religiones hasta entonces existentes, creadas durante los primeros albores de la civilización, no eran suficientes para el creciente desarrollo. Hijas generalmente del terror o de una política astuta, representantes de efectos materiales, extraños y oscuros en sus ritos, les hablaban a los sentidos con un lenguaje que tomaba forma según los diferentes climas, al igual que hacían las que generalmente se fijaban en las meras necesidades físicas. Era necesaria una religión que hablándoles a los hombres desde una esfera más elevada, llenase el vacío y correspondiese a la nueva tendencia de las fuerzas morales. Así pues, mientras el escepticismo, la incredulidad y el desprecio que emanan de los escritos de la época, demolían las antiguas creencias, los intelectuales meditaban, atisbaban una idea predominante, un concepto único a través de las distintas conformaciones. Se preparaban así las mentes para una gran revolución. –Y llegó el cristianismo. –Intérprete del deseo secreto de los pueblos, expresión y perfeccionamiento de los progresos intelectuales y de los misterios del alma, el cristianismo, considerado en su sustancia, no en sus formas, selló el segundo periodo de la civilización, promulgando sus inmensos resultados en pocos y excepcionales principios. Contempló a los hombres desde lo alto, no como los tergiversaban las instituciones o las circunstancias, sino según su primitiva naturaleza; por consiguiente, todos le parecían hermanos, y a todos les dirigió la palabra que es paz y amor, a todos les envió el grito de la igualdad moral. Hermandad y amor se leen en el estandarte que el cristianismo enarboló en medio de la familia humana. La abolición de la esclavitud marcó su primer paso, dando inicio a una era en la que todas las naciones tuvieron poco a poco que ceñirse a ella para dirigirse en consonancia por la senda de un perfeccionamiento indefinido. Fortaleciendo el exclusivo amor por la patria, estableció las bases de una justicia universal y creó el fervor por la enseñanza, la predicación de la verdad y el espíritu proselitista, sumando al poco tiempo tantos defensores a la causa santa de la humanidad y del derecho.

XI. – Pero una mitad de Europa permanecía extraña al movimiento de los pueblos meridionales. Las razas del norte, que vagaban por sus bosques sin leyes manifiestas y amantes de la fuerza, no veían la luz del progreso. El deseo de la civilización se pronunciaba en el mediodía, pero faltaban las fuerzas necesarias en su ejecución, casi como si se hubiesen agotado en el triunfo religioso anteriormente obtenido. Y aunque el sentimiento respecto a los propios derechos corría a la par que el vigor para reivindicarlos, una eterna barrera tal vez se interponía entre los azares de una parte de Europa y la otra, porque la distancia era tal que no podía superarse nunca. Pero la curiosidad y la inquietud, compañeras indivisibles de los humanos, velaban por disponerlo. Las tribus del norte, instigadas por la necesidad de nuevas cosas y por el anhelo de mejores tierras, superaron en tropel sus fronteras y se precipitaron hacia las tierras del sur. La lucha, que poco antes había puesto en contacto a oriente y a occidente, se renovó entre el norte y el sur, pero trayendo más ruina, porque las diferencias eran mayores en los pueblos que la constituían. Y el mediodía sucumbió. El cristianismo había sembrado fructíferas semillas entre los hombres, pero puesto que las creencias del paganismo habían incluso llegado a profundizar en los hábitos, en las opiniones y en las costumbres, un cambio total en la religión no podía darse sin arrastrar consigo un desconcierto en la construcción social, un desequilibrio en las fuerzas de las naciones. Sin embargo, las primeras consecuencias materiales les parecieron funestas al estado: se trataba del torrente que fecunda las tierras lejanas, mas sumerge el lugar por donde desembocó. Roma vio que carecía de las antiguas creencias que habían conducido a la victoria a sus valientes y que era incapaz de valerse de las nuevas, dado que las antiguas eran ramas de un tronco pútrido y las nuevas no habían echado aún raíces en los corazones. Los espíritus quedaron empequeñecidos a causa de la servidumbre, corrompidos por el lujo y empobrecidos por las sectas que pululaban infinitas a partir de las religiones extintas. Las disputas pueriles, las sutilezas, las argucias teológicas se convirtieron en su pasto, y mientras tanto se mofaban de los invasores, ya que estos eran bárbaros. Pero los bárbaros eran al menos guerreros viriles, mientras que ellos, por el contrario, no poseían ni la energía de la civilización ni la fuerza de la barbarie. De forma que el imperio, desgastado en su nervio más profundo, no pudo resistir a las embestidas que iban llegando igual que las corrientes de mar. El coloso cayó abatido. Las hordas godas, hunas, visigodas, vándalas, inundaron recíprocamente Italia, la Galia e Hispania. Idioma, instituciones y costumbres quedaron aniquilados por el torrente devastador; innumerables y diferentes razas colisionaron, fueron desbastadas, se confundieron; innumerables y diferentes elementos de civilización y de barbarie se mezclaron a la vez; todo era confusión; el mundo moral presentó la imagen del caos, el sol de la civilización pareció apagarse y el mundo europeo volvió a caer para siempre en las tinieblas.

Pero no fue para siempre. –Los elementos de la vida y del movimiento fermentaban silenciosamente y la civilización, en apariencia destruida, trabajaba para equilibrarse. Combatida y menguada en el mediodía, se preparaba insensiblemente en el norte y se vengaba de los salvajes que la violaban, templando su naturaleza indómita y sus toscas costumbres. Mientras los hombres del norte, acumulando sobre los vencidos las supersticiones y la ignorancia de la barbarie, devolvían el intelecto a la esfera física y angosta de la cual se había partido antes, muchísimos supervivientes en las tierras patrias y muchos romanos de las provincias tratados como esclavos diseminaban las costumbres y las creencias meridionales; de forma que el cristianismo, adoptado ya por los invasores en los países conquistados, iluminó pronto las costas británicas y unió bajo un único vínculo religioso a los pueblos del Elba, del Báltico y del Vístula. Mientras los monumentos de las letras y de las ciencias se destruían en el imperio o eran condenados a los claustros, de donde salían más tarde mutilados o dañados por la importuna piedad de los monjes, una chispa de la cultura meridional se insuflaba en los hielos del norte. Y tras la traducción mesogótica del Evangelio realizada por Ulfilas, aparecían por todas partes, desde los Alpes al mar glacial, poemas, crónicas e himnos. Se inició así un periodo que no estuvo repleto de barbarie, aunque tampoco de civilización, aunque elementos de uno y de otro quedaron fijados y en cierto equilibrio. Es este un periodo que, a nosotros sus sucesores, nos parece tenebroso e injurioso ya que el intelecto condenado a la inercia no nos dejó fruto alguno, mientras que estos sí brotaron de la barbarie, perdurando aún su aspereza. –Hijo de las costumbres germánicas, nacido de la necesidad de conservar las conquistas llevadas a cabo, surgió el sistema feudal. Al principio fue una institución militar, luego pasó a ley civil y degeneró en una insolente aristocracia que invadió Europa entera. La anarquía fue erigida en sistema y la prepotencia en gobierno. La servidumbre de la gleba puso al mismo nivel al hombre y a la bestia de carga. Desde los incontables castillos, los mismos que encumbraron el miedo al delito, cayó sobre las desalentadas multitudes la tiranía de los señores, para deformar y manipular la obra de la creación. –No obstante, Italia, aunque desgarrada, tuvo incluso en el daño común destinos menos malvados. Eran ruinas, pero sobre aquellas ruinas vagaba aún la sombra de una gigantesca potencia que la magnificencia de los viejos recuerdos hacía sublime, de forma que un rayo de tiempos ya pasados rompía la oscuridad que las envolvía. El genio, que inspira grandes cosas a los mortales, no podía exiliarse de una tierra donde vivían el eco de las victorias romanas, las enseñanzas griegas y las delicias de la tierra y de la naturaleza, atrayendo en todo momento a nuevos conquistadores sobre las huellas de los que habían pasado antes por allí, manteniendo viva bajo el diferente impacto de las circunstancias aquella chispa de ingenio que una larga y uniforme opresión habría podido perfectamente extinguir. Por otra parte, los longobardos habían fundado en Italia un reino, ejemplo único en aquella época, que guardaba el origen del gobierno representativo; crearon un sistema de leyes que mereció el elogio de Montesquieu. Los longobardos cayeron también bajo el poder de Carlomagno y el acecho de los papas, mas los efectos de su dominación se prolongaron, y todas estas razones les dieron a los italianos un carácter enérgico y abundancia de elementos para un resurgimiento que, más tarde, constituiría la razón de la preeminencia italiana. Sin embargo, encontrando en el periodo posterior a Italia a la cabeza del gran movimiento europeo, lo atribuimos al influjo de estas causas, no ya al clima, así como atribuimos la impronta singular y la notable belleza de las poesías españolas y portuguesas a la larga permanencia en aquella península de los árabes, pueblo generoso y dotado de un genio muy sagaz y de una imaginación altamente poética. –Del resto, demasiadas cadenas limitaban por doquier el espíritu humano como para que pudiese elevarse hasta conceptos extraordinarios. Excepto algunas rapsodias populares y pocas imitaciones de cosas latinas, no hubo literatura en Europa. Carlomagno y Alfredo El Grande probaron mejor suerte, mas sus esfuerzos no valieron contra el absurdo sistema feudal, y las pocas ventajas conseguidas desaparecieron con ellos. El único indicio de un intelecto con tendencia a la civilización se mostró en la institución de la caballería. Un rayo de generoso valor se trasluce en su primitivo concepto. El sentimiento de la independencia personal, dado que la libertad pública ni siquiera se intuía, fue el alma de la caballería, y el culto al amor que esta le tributó a la belleza, contaminada hasta entonces por el aire impuro de la sucia insolencia señorial, fue la primera alianza que el valor estrechó con la compasión, el primer altar erigido por la fuerza a la agravada inocencia. Pero la caballería era una flor nacida en un campo de tréboles, y pronto degeneró. La clase sacerdotal, que temía sus efectos, dedicó las artes para que la corrompieran, dirigiéndola, y lo logró. De institución civil convertida en institución religiosa, pasó a ser abanderada del fanatismo, la intolerancia y la crueldad, elementos que en ese tiempo eran las características de lo que se denominaba religión y no era sino un apoyo a la iniquidad de los poderosos. –Tal fue el tercer periodo de la civilización. Concluye en el undécimo siglo con la primera cruzada, empresa que presenta en el más amplio desarrollo, y en el máximo grado, de todos los elementos gracias a los cuales el espíritu supersticioso, aristocrático y caballeresco predominó en Europa. A la voz de un ermitaño, occidente entero se levantó en armas y cayó sobre oriente.

XII. – Pero del mismo acontecimiento que parece atestiguar el poder de una institución, la ley oculta que encadena los asuntos humanos, conlleva con frecuencia su ruina; las fuerzas enemigas a los avances de la civilización habían llegado al punto álgido y no podían ya más que descender. Dos siglos duraron las cruzadas, y dos siglos de movimiento y agitación acabaron con el sueño en Europa. La fuerza de los señores, obligados por las dificultades de las expediciones a vender las tierras y a hacer la guerra en países lejanos, se desvaneció. Las comunicaciones se incrementaron entre los pueblos, y los prejuicios, las enemistades y los temores se perdieron, porque el espíritu de concordia desciende sobre los pueblos que están en contacto. Las diferentes gentes que iban a Tierra Santa se reunían en Italia; en Italia, donde la llama de la civilización no se había llegado a apagar, donde Crescenzio ya había intentado la unión, donde el comercio y la independencia de Venecia, de Génova y de Pisa se extendían entonces hasta el Adriático y por el mar Mediterráneo. Continuaban de Italia a Constantinopla, donde aún resplandecía, aunque débil, una luz de ciencias y de letras; pasaban una larga temporada en oriente y estrechaban nuevas relaciones con los árabes, trayendo sus costumbres, libros y descubrimientos, hasta que, de vuelta a sus patrias, esparcían tendencias y usos poco menos que uniformes. Estos fueron los frutos que recogió Europa de tal demente empresa. Ni siquiera Pedro el Ermitaño, alzando el grito de ¡guerra a los infieles!, sospechaba que sus palabras acabarían convirtiéndose en semilla y principio de la resurrección universal. Pero había llegado el momento. –El intelecto se despabiló y sintió las cadenas que lo encerraban: pareció como si una conmoción eléctrica recorriese toda la tierra habitada entre el polo y el Mediterráneo, y se dio inicio a la gran obra. En esa época se manifestaba en Europa el espíritu de libertad, alma y vida de la civilización moderna, más vasto y excelso que el sentimiento de independencia, que es el carácter de la antigüedad, por tener su base en la naturaleza humana, mientras que el segundo reposa sobre la ciudadanía. Entonces, entre el intelecto y la fuerza, entre las leyes de movimiento y la inercia, entre la tendencia a la mejora y los obstáculos que se atravesaban, se prendió la mecha de una guerra que durante un espacio de ocho siglos no ha visto fin. Todos los pueblos habían corrido la misma suerte de esclavitud y adversidad; todos los pueblos acudieron a reivindicar sus derechos. Italia dio la entrada con la siempre importante liga lombarda, y todas sus ciudades compitieron por conquistar mejores privilegios, derechos e instituciones. Las ciudades de Francia y de España siguieron el ejemplo. En Alemania los ciudadanos se unieron para proteger su libertad contra los abusos de los emperadores y de los grandes. En el Rin se forzó una confederación, a la que se sumaron sesenta ciudades. A lo largo del mar del norte y a orillas del Báltico surgió la liga hanseática y se abrieron sus puertas al tráfico con Italia. Poco tiempo antes la Carta Magna había establecido las bases de un gobierno regular en Inglaterra; poco tiempo después, el arco de Tell daba inicio a la independencia de Suiza, y en las altas montañas de Uri, Schwytz y Underwalden ondeaba el estandarte de la libertad. El feudalismo colapsó en todas partes, y en todas partes consiguió el pueblo influencia en las administraciones y las leyes. –Entretanto, con el resurgir político de las naciones, volvió a empezar el interrumpido desarrollo intelectual, y los primeros intentos poéticos tuvieron prácticamente las mismas características en todas partes. Los árabes habían divulgado por Europa su gusto, su fecundidad descriptiva y su tendencia por lo místico y lo etéreo, y esta tendencia se vio respaldada por las creencias platónicas transmitidas por el cristianismo. Las invasiones de los normandos, pueblo excesivamente deseoso de aventuras, habían reavivado los elementos caballerescos. Fruto de estas causas, la Gaya Ciencia se difundió por doquier vivaz y amorosa, como si un cántico universal de alegría se abriese a saludar el despuntar de una nueva vida. Trasplantada por los normandos en Sicilia e Inglaterra, se convirtió en patrimonio común, de forma que los cantos caballerescos y de amor que resultaron de ella parecían brotar de un mismo manantial. En el norte, como en el sur, en las cítaras de los trovadores, de igual modo que en las arpas de los ministriles y de los minnesänger, brilló con los mismos colores, vistió formas casi iguales, adoptaron dotes y vicios casi similares. Un espíritu caballeresco, una inclinación por lo maravilloso, un matiz de idealismo, un estilo imaginativo, fértil en comparaciones y conceptos, estos fueron las características de aquella literatura que, nacida de circunstancias, de deseos y memorias comunes, apareció bajo el sello de una única impronta en los climas más diversos. De este modo, la poesía itálica se mostraba entonces más espiritual y meditativa, lo que no fue después, mientras que la germánica, que se desarrollaba sin abstracciones y fantasías indeterminadas, imitadora de las letras meridionales y crecida a partir de las ideas que los alemanes adquirían en sus frecuentes bajadas a Italia, no había experimentado aún el potente impacto de la Reforma. –Pero los ingenios italianos, promovidos por las razones antes señaladas, levantaron pronto el vuelo dejando atrás Europa. La omnipotencia de la naturaleza y del genio inspiró a un hombre, y este hombre fue Dante. –El amor, ese sentimiento que está entre el cielo y la tierra, desveló sus misterios a Petrarca. –Boccaccio impulsó con el ejemplo la prosa italiana; las demás naciones les siguieron de lejos y les imitaron, mas no perdían nada de lo que descubría el intelecto, o la casualidad consagraba a Italia. La invención del papel había multiplicado los manuscritos, y el comercio seguía abriendo nuevas comunicaciones. Las Pandectas3 se encontraron en Amalfi en el año 1137, y diez años más tarde el derecho romano era objeto de profundo estudio en casi toda Europa, favoreciendo el nacimiento de cátedras de jurisprudencia en París y en Óxford. –Y mientras se efectuaba de esta manera un cambio en las leyes, en el ejercicio de la justicia y en la condición política de las naciones, muchos intelectuales, intolerantes ante el yugo, hicieron la guerra encarnizada a otro enemigo de la civilización, tanto más poderoso cuanto en él se reunían la fuerza y la astucia. Pedro de Bruys en Francia y Arnaldo de Brescia en Italia alzaron valientemente la voz contra los abusos y las insensatas ostentaciones de un clero descarriado del antiguo objetivo, y llamaron a los pueblos a la original pureza de la religión evangélica; Pedro Valdo, en Piamonte y en Lombardía, despotricó contra las podridas costumbres y la ambición de Roma, y Boccaccio, junto a muchos otros, asaetaba con la sátira y con el ridículo las supersticiones y las corruptelas con las que el contaminado culto había hecho negocio. Las doctrinas de estos primeros reformadores se extendieron rápidamente por Suiza y Francia, por España y Alemania. El fervor del espíritu humano era tal, que se sacudía incluso en los últimos hielos de Rusia, donde Nóvgorod y Pléskov 4 conquistaron su independencia de regimiento y de religión. –Pero esto no ocurrió sin disputa: desde las insidias hasta la abierta hostilidad, desde la proclamación de anatemas y edictos hasta el uso de puñales y piras, todo se puso en práctica para reprimir esa vehemencia. Ya que, tras las cruzadas, se instituyeron las órdenes de los Templarios y de Jerusalén, la caballería penetró aún más en la religión, y los efectos de esta unión se demostraron horribles en las guerras contra los valdenses, en las masacres de albigenses y en tantas otras vilezas, de las cuales es mejor callar para no ensuciar nuestras páginas, y porque las palabras no son suficientes a este respecto. Mas la verdad no se detiene con la brida o con el fuego. El martirio santificaba la causa, y el espíritu humano resurgía de los suplicios, de las llamas y de las cadenas invicto y poderoso, como una especie de prueba de purificación.

Así pasó el cuarto periodo de la civilización, en una lucha fecunda en peligros y glorias contra las numerosas causas que le disputan la felicidad a los pueblos, lucha en la cual se alternaban victorias y derrotas, beneficios y dificultades, y sin que el resultado pudiese confirmarse. Por un lado eran fuerzas, unión, medios y furor, y por el otro, valor, constancia y virtud. Faltaba un medio de comunicación rápido, universal e invencible que llevase de un polo a otro el pensamiento del genio, la palabra de la verdad que revelase a los pueblos su potencia, sacando a la luz de la infamia las artes y los fraudes, con los que la iniquidad los había rodeado hasta entonces, que, predicando el deseo y la naturaleza comunes, acabara con las rivalidades, las discrepancias, las diferencias, por las que el diferente acierto y el talento de quien gobernaba, los convertía en extranjeros o enemigos entre ellos. Y se encontró. –La fortuna, el genio y la paciencia se unieron. Se descubrió la imprenta y las divisiones fueron abatidas, las diferencias igualadas, y millones de personas se asieron a un vínculo indisoluble, santo, y los esfuerzos aislados se reanudaron, unieron y multiplicaron. Las ciencias y las artes alzaron su vuelo más libre. Ningún hombre hizo ningún descubrimiento útil que no fuera inmediatamente adoptado en toda Europa; no se entreabrió ningún camino al intelecto en ningún país que no se abriese también en otras tierras. Mientras tanto, la renovación de las fuerzas morales, que arrancó con la invención de la imprenta, debía verterse en principio en los asuntos de religión, los que en gran parte son la base de los asuntos civiles y políticos. La Reforma, intentada en muchas partes de Europa, fijó sus raíces en el norte y fracasó en otros puntos. Alemania fue ejemplo y a ella la siguieron Suecia, Dinamarca, la mitad de Suiza, los Países Bajos e Inglaterra. Primer resultado importante de la laboriosidad de cuatro siglos, conclusión del cuarto periodo europeo, la Reforma pareció crear una diferencia insuperable entre el norte y el sur, pero nosotros, mirándolo desde el lado literario, pensamos que la civilización no ha detenido por esto sus irresistibles avances.

XIII. – El desarrollo intelectual del sur había alcanzado ya un punto notable; el norte había quedado necesariamente rezagado, mas la Reforma dotó de un impulso más veloz al ingenio. Un estudio más universal de las lenguas antiguas, y por tanto de las antiguas teorías, una mayor independencia en las opiniones, un ardor en los intentos, una fortaleza en la investigación, un espíritu de meditación y de análisis, una tendencia a la seriedad, a lo profundo, fueron los resultados de la Reforma en lo que a los trabajos del intelecto se refiere; y estos se manifestaron en algunos lugares más y en otros menos, según fueron más o menos amargamente combatidos. En el norte, donde se asentó la Reforma, los efectos se hicieron sentir de forma más singular; combinados con otras razones imprimieron en las letras alemanas, suecas, danesas, que en ese tiempo conocieron un importante incremento, aquellas características singulares de las que hemos hablado con anterioridad. En el sur, las persecuciones y el contrapeso principesco sofocaron o corrompieron los ingenios, y los escritores, condenados a empobrecerse en la miseria, dirigieron toda la fuerza de su alma a conseguir excelencia de formas y belleza de lenguaje, de donde surgieron los siglos quizá demasiado venerados de Carlos V, de León X, de Ludovico XIV, o afluyeron en las rarezas de los conceptos y en la grandilocuencia de la expresión, como Góngora en España, Guillaume de Salluste du Bartas en Francia o Marini en Italia. Los pocos que no se dejaban lastrar por esperanzas o temores se veían forzados a envolver sus pensamientos en el velo de la alegoría o en una filosofía que los hacía oscuros y extraños para la mayoría de los lectores. Dehí que la importancia y la majestuosidad de las letras parezca agotarse en el mediodía mientras aumenta en el norte; de ahí las diferencias, más de apariencia que intrínsecas, entre el gusto meridional y el septentrional, diferencias que el tiempo y los acontecimientos más tarde destruirán.

Pero el acercamiento esencial, que iba desgastando las viejas rencillas nacionales, cada vez se afianzaba más. La intolerancia religiosa y política expulsó de los países meridionales a un gran número de personas cuyas opiniones se inclinaban por la Reforma, y encontraron refugio en el norte. Allí, dado que el pensamiento de la patria no abandona jamás a los exiliados, introdujeron las viejas costumbres y los usos nativos; allí mitigaron la angustia de una vida errante con los elogios a los campos perdidos y estrecharon con los extranjeros un lazo de amor santificado por la desgracia. Forzados por la necesidad, e inspirados por el reconocimiento, probaron todos los caminos para serles útiles a sus nuevos conciudadanos, e innumerables tipos de industria, incontables perfeccionamientos en las artes, acrecentaron los elementos de la prosperidad y las ocasiones de los acuerdos entre los pueblos. Y el comercio se difundía sobre bases más amplias, o se repartía más uniformemente entre las naciones. La imprenta entretanto propagaba sus medios y llevaba de un límite al otro de Europa los hallazgos de Galileo, las ideas de Tomás Moro y los enfoques tremendamente importantes de Maquiavelo. Grozio enseñaba la necesidad de un derecho público universal. Descartes abolía la autoridad. Un tropel de escritores se lanzaba tras sus huellas, y todos le hablaban a Europa entera, todos parecían haber tomado en serio aquellas memorables palabras que Francis Bacon pronunció: "El conocimiento de todas las cosas buenas que hay que aprender no será jamás obra de un solo hombre, de una sola nación, de una sola edad; el tesoro de la ciencia universal no puede conseguirse sino desde la concordia de todas las facultades humanas". De este modo, la lucha entre lo verdadero y lo equivocado, que había suscitado el espíritu de libertad en los años precedentes, se perpetuó bajo miles de formas en este quinto periodo; y tuvo diferente éxito en las distintas partes de Europa. Mientras el genio creador de Pedro sumaba Rusia al conjunto de países civilizados, mientras los Países Bajos sellaban con sangre su independencia, mientras Inglaterra se levantaba sobre la triple base de la libertad religiosa, civil y política, España perdía su gloria, su riqueza y energía bajo la vara de una opresión no sé si más inepta o inicua; Polonia, desmembrada, desaparecía del conjunto de naciones, e Italia, que había aportado civilización, sabiduría y ejemplos a un mundo sumido en la barbarie, Italia, donde todas las provincias están bendecidas por el sol y la naturaleza, donde todas las ciudades contienen todos los trabajos del genio, donde cada trozo de tierra cubre los huesos de un valiente, la Italia desgarrada por las guerras civiles, prostituta del extranjero, sumergida en el fango por sus propios hijos, perdía la unión, la existencia política, el valor y la virtud: todo, salvo los grandes recuerdos y la esperanza. Mas, ¿la esperanza no es acaso la garantía de resurrección que Dios les dio a los caídos?

Yo paso al tiempo que nos es más próximo, pues los límites que me son impuestos y otras razones me obligan a ello. Pero los que no vean el largo camino que se ha recorrido y la fuerza que han adquirido las bases de un acuerdo entre los pueblos, es porque en su intelecto reinan las tinieblas o la ira, que ciega el corazón. Los últimos cuarenta años, a través de una similar sucesión de peligros, de desgracias, de conmociones han conducido a los hombres a esta situación, por lo que ya sólo pueden marchar unidos. La Revolución Francesa los unió con el entusiasmo y con la concordia de los principios. La aparición de un gigante que extendió un brazo sobre el norte, mientras con el otro oprimía al mediodía, amenazó con reprimir la tendencia europea; pero la civilización camina por una espiral y no retrocede jamás, únicamente en apariencia. Abatido por la unión de los principios, y en especial por la de los pueblos, el coloso se desmoronó, pero entretanto, las dos terceras partes de Europa habían vivido diez años bajo el imperio de las circunstancias, de las leyes y de los gobiernos uniformes; entretanto, las diferencias que separaban a las naciones habían desaparecido tras pasar por fases de fricción común, diferentes sucesos bélicos y frecuentes invasiones; entretanto, los hombres del norte, tras emerger de nuevo de sus precipicios, habían arrimado los labios a la copa de la civilización meridional; y mientras los príncipes acordaban pactos y tratados, los pueblos juraban en el altar de la libertad otra alianza inviolable, eterna. –Estos echaron la vista a los siglos que les precedieron: las naciones se habían devorado unas a otras; la tierra, madre común, había sido surcada por ríos de sangre, ¿por qué? Se remontaron a las razones: un prejuicio, un capricho, una sola palabra aparecían casi siempre como las fuentes de disputas tan miserables. ¿Y los efectos? Habían consumido sus fuerzas; habían servido, sin saberlo, a los sueños de ambición o a las intrigas de quien indudablemente quería dominarlos. Atisbaron el futuro y exclamaron: ¿Por qué nos odiamos? ¿Qué nos llevó a odiarnos hasta ahora? ¿Es que no hemos participado de un común origen, comunes necesidades y comunes facultades? ¿Es que no brilla en nuestras frentes una marca que nos identifica como hermanos? ¿No nos puso la naturaleza a todos en el alma un deseo que nos reclama a altos destinos? Amémonos: los seres vivos han nacido para el amor; unámonos: así seremos más fuertes. –Y un clamor unánime distinguió como infamia el comercio de esclavos, y en cuanto una voz de independencia sonó en Grecia, se agolparon en miles los defensores, como si de una santa cruzada se tratara, y un fervor y una concordia admirables se manifestaron en los estudios y en los avances intelectuales de toda Europa. Hay aún diferencias entre los pueblos, pero más livianas de lo que algunos piensan; hay naciones sobre las que refulgió posteriormente la luz de la civilización, mas valiéndose de los tesoros acumulados a lo largo del tiempo, estas ascenderán velozmente con la energía de la juventud a la categoría que ocupan las demás. –Hay lugares donde pésimas instituciones impiden los beneficios que el tiempo requiere, mas los obstáculos desaparecerán de un momento a otro, ya que el tribunal de la opinión se ha pronunciado y la consciencia del género humano hará cambiar el signo de la balanza.

XIV. – Existe por tanto en Europa una unidad de necesidades y de deseos, un pensamiento común, un alma universal, que guía a las naciones por senderos idénticos hacia una misma meta; existe una tendencia europea.

Así pues, la literatura -siempre que no quiera verse condenada a tratar de nimiedades- deberá adentrarse en esta tendencia, encarnarla, ayudarla y dirigirla: deberá hacerse europea.

XV. – Y el impulso ya está dado. –Las producciones literarias de los diferentes pueblos no presentan ya esa huella parcial, ese gusto exclusivo por el que no podían obtener carta de naturaleza en las naciones extranjeras si no eran corrompidas, o, como dicen, enmendadas. –Las pasiones se hacen más espirituales; se recurre con mayor frecuencia a las ideas de un orden universal: una esfera inmensamente más vasta se abre a la inteligencia. Pocos ilustres han producido tanto. –La independencia de las opiniones, la profundidad del pensamiento, el corazón sensible y el alma gigante, educada por las largas peregrinaciones, santificada por la calamidad, le habrían dado a Byron la oportunidad de ser el modelo del poeta europeo, si las calumnias, la envidia y el no haber encontrado nunca entre los hombres resonancia a sus deseos, no lo hubieran arrojado a la soledad de la desesperación; de ahí que con frecuencia se retratara a sí mismo y no fuese intérprete de la humanidad; y ello pese a que, dado que el alma de los grandes resuena asimismo una imagen de la naturaleza universal, recogió en más de una ocasión el laurel de los siglos y de las gentes, y sus inspiraciones conmovieron profundamente a Europa entera. –Un gran vigor en sus meditaciones filosóficas, una rapidez inconcebible de fantasía y la amplitud de miras convierten a Goethe en el intelectual supremo de la época, aunque la lucha entre el bien y el mal, representada en sus creaciones, adopte un aspecto más ideológico, y perteneciente al pasado, que no real y aplicable al actual periodo. –Nuestro Monti se habría podido sentar en tercer lugar entre ellos si la profundidad de las ideas y la constancia del ánimo se hubiesen dado en él a la par que la fuerza de su expresión y la vivacidad de sus imágenes. Pero estos tres ilustres se inspiraron en las obras de arte de las naciones, los tres asieron la belleza por donde quiera que resplandeciera, los tres impregnaron sus versos de la armonía universal. Y los efectos resultaron ser inmensos. El estudio de las lenguas y de las letras extranjeras se acomete con un celo indecible. Los periódicos lo favorecen y las revistas, consagradas únicamente al análisis de los asuntos forasteros, abundan en Francia y en Inglaterra. Los viajes y las traducciones se van multiplicando; y ya no puede surgir ninguna voz generosa en una parte tan remota de Europa sin que a millones de personas le lata el alma en el pecho. El edificio que la pedantería había construido sobre la base de las opiniones y las mitologías de los antiguos ha sucumbido para siempre; aun así, una juventud ardiente de esperanzas y de vida se ha lanzado atravesando las ruinas en busca de un objetivo más importante y sublime. Y la expresión de este deseo se deja sentir desde el Nevá al Ebro en los escritos de muchos a los que le está prohibido el idioma del alma, mientras brilla a plena luz en los cármenes de Delavigne, en las melodías de Thomas Moore, en algunos apuntes dramáticos de Martínez de la Rosa y en los escritos de Niccolini; como la necesidad de un culto más puro y de amor, se anuncia en los versos de Lamartine, de Hugo, de Manzoni, de Wordsworth, de Oehlenschlaeger y de otros. –Incluso en España, nación hundida, el gusto singular de ese pueblo va perdiéndose frente a un gusto más universal, y las composiciones poéticas de Meléndez, de Arriaza y de Quintana dan fe de ello. Incluso en Rusia, nación salida nuevamente de la barbarie, se deja sentir la tendencia europea en los poemas de Kozlov, de Pozharsky y de Pushkin.

XVI. – ¿Por qué entonces la intolerante malicia y la mediocridad inerte persiste en Italia contradiciendo a los intelectuales que intentan hacerse intérpretes de un deseo europeo? ¿Y por qué resuena en nuestros oídos una mortal recriminación que nos acusa de vender la patria? –¡La patria! ¡Oh, si a todos aquellos que mueven la fútil acusación les ardiese en el pecho, inextinguible e inmensa, la llama itálica que nos consuma, quizá no seríamos, como ya lo somos, aduladores ociosos de glorias pasadas que no sabemos emular; quizá nuestro nombre no sonaría como objeto de chanza o de estéril compasión en el extranjero. –No, no queremos hundir Italia; no queremos inutilizar el genio que inspiró las Gracias a Antonio Canova y los concentos inmortales a Rossini. Queremos abrirle el camino a un vuelo más libre y sincero, incitarla a la contemplación de los progresos de los demás y de nuestras desgracias: dirigirlos por senderos inexplorados en pos de un fin magnánimo y útil. Desde hace mucho tiempo, Italia ha perdido la naturaleza antigua; desde hace mucho tiempo, carece de elegancia nacional y de auténtica literatura; y por ello sufrimos y lo escribimos... por eso, cuando no existe una cosa, ¿por qué vivir y actuar como si existiera? ¡Ah! Las adulaciones nunca le darán salud a la patria, y nosotros no seremos entonces menos abyectos, porque tendremos la palabra del orgullo en la boca. Pero, ¡atención!, vosotros abandonáis la realidad para correr tras una sombra que ya no está. Vuestro ánimo será recto, mas la experiencia de muchos siglos es contraria a vosotros: la historia particular de las naciones está a punto de terminar, la historia europea a punto de comenzar, y a Italia no se le ha concedido el poder quedarse aislada en medio del común movimiento. A Italia le urge restablecer su elegancia, y sólo puede hacerlo meditando sobre la esencia de la belleza, y sólo puede alcanzar esta esencia comparando las formas múltiples que ha asumido y los distintos efectos que ha producido en el intelecto. A Italia le urge crear una nueva literatura que represente en todas sus aplicaciones el principio único, universal y armónico gracias al cual la familia humana pueda volver a acercarse cada vez más al equilibrio de los derechos y de los deberes, de las facultades y de las necesidades, y para fundarla se hace inevitable el estudio de cada una de las literaturas extranjeras, no para imitar a una u otra, sino para emularlas a todas, para extraer sus diversos estilos con los que la naturaleza se revela a sus hijos; para aprender cuáles son los meandros del corazón, cuáles las fuentes de las pasiones, cuáles los acordes del alma, cómo la mano del músico errante sobre las cuerdas de un arpa ensaya en sus preludios diferentes tonos y recorre las distintas modulaciones hasta captar el más idóneo para expresar el afecto secreto que se agita en su interior. A nosotros el nombre de patria nos suena a mágico y venerado, y la sonrisa del cielo de Italia nos irradia una arcana delicia en el pecho, y son santos los recuerdos de los ancestros; –¡Maldito sea quien reniegue de ellos! – Pero, ¿deberemos por ello despreciar todo lo bello y todo lo sublime que surge más allá de nuestras fronteras? ¿La palabra de la verdad deberá caer en vano entre nosotros por el hecho de haber sido hallada bajo otro cielo y por intelectuales extranjeros? No; nosotros derrocaremos cada prejuicio nacional, y les diremos a los ilustres escritores de todos los pueblos y de todas las edades: ¡Venid! Os recibiremos como hermanos, os mostraremos reconocimiento y amor, porque vosotros habéis servido al universo. Vuestro genio superó los muros que la naturaleza física les impuso a las tribus humanas. Vuestra filantropía rellenó el foso que los celos, la ofensa y el posterior odio cavaron entre los hijos de una misma tierra. Vosotros habéis sentido por todos nosotros: vuestro corazón ha latido por las calamidades de los hombres del sur, al igual que por los del norte; ningún clima podía ser lo suficientemente frío como para apagar en vuestro corazón el ardor por la humanidad; ningún clima ha sido tan árido como para poder llevaros la inercia de la lujuria en vuestras venas. La constancia de la virtud y la energía de la libertad fueron vuestras; por ellas, vuestras almas quedaron limpias de insignificantes disputas, del egoísmo, de las mezquinas pasiones; os convertisteis en ciudadanos del planeta. Pero nosotros os recibimos como hermanos: ¡venid! También nosotros tenemos grandezas, también a nosotros nos inspiró el espíritu de libertad y de amor grandes cosas, nosotros colocaremos vuestras imágenes junto a la de los antepasados, nosotros os adoraremos con ellos, porque vosotros pusisteis en común el rayo de la divina potencia. –Estas son y serán siempre nuestras palabras: independencia política y unidad moral; nosotros creemos que esto es la cúspide de la civilización a la que pueden sumarse las naciones; y para saber si tal deseo le es beneficioso o funesto a Italia, habrá que esperar al tiempo; ese tiempo que después de tres siglos consiguió que un extranjero pronunciara la disculpa de nuestro Maquiavelo; ese tiempo que revela en los efectos el valor de las razones.

XVII. – Entretanto, ¿cuáles serán las formas de esta literatura europea? ¿Cuáles las pautas, las normas, los principios, que deben dirigir los ingenios deseosos de alcanzar esta meta? –No lo sé; donde la medida del mérito está en el efecto obtenido, las pautas no deben separarse jamás de la ejecución. Los preceptos abruman al genio, y todo lo útil que puede hacerse en este sentido se reducirá siempre a incitar, a purificar, a conmover el alma profundamente y dejarla luego elevarse con libertad. No obstante, ignoro por cuáles y cuántos caminos puede alcanzarse esta renovación intelectual; mas sé que los fenómenos de la naturaleza moral y del hombre interno deben formar ya el campo por donde vague la literatura, campo en el que la naturaleza física y el hombre externo tendrán lugar, como símbolo y representación de los primeros. Sé que el hombre social en acción, es decir, el desarrollo de sus capacidades dispuestas a un fin, deben constituir su objeto –que este desarrollo depende del entusiasmo y de la orientación de unas de pocas pasiones, universalmente aunque diversamente sentidas– y que, por ello, la labor de la literatura será mantenerlas y dirigirlas a un fin. Sé que el intelecto y el entusiasmo no pueden ya caminar separados, que el secreto del mundo no puede adivinarse si no es por quien reúne en sumo grado estas dos facultades, y que el verdadero escritor europeo será un filósofo, pero con la lira del poeta entre manos. Sé que el orden universal y la fuerza interna, que son vida y movimiento, se manifiestan en cada objeto, al igual que el sol se refleja entero en cada gota de rocío, que el tipo de belleza es único en todas partes, y en todas partes conmueve; pero que los elementos se difunden por toda la naturaleza y en el corazón de todos los humanos, donde yacen sofocados o transformados extrañamente por los intereses, por los vicios y por las costumbres materiales. Y sé que el medio más poderoso para captar la belleza es una observación constante y sagaz de la genuina naturaleza; el camino más corto para reproducirla de forma eficaz es un análisis profundo psicológico-histórico de los seres vivos; el templo más adecuado para alcanzar las revelaciones de la verdad es un alma pura, ingenua, ardiente e incansable. – Me parece que deben recomendarse estos escasos principios a los escritores, el genio hará el resto a su juicio.

XVIII. – ¡Jóvenes que anheláis el progreso de vuestros hermanos! – La humanidad os ha confiado una importante misión. Antiguamente la patria le entregaba al poeta el volumen de las leyes y de las religiones de los padres, diciéndole: tú velarás para que este legado se mantenga intacto en el corazón de los ciudadanos; tus deseos no serán sólo sagrados en la torre de marfil en el que te he colocado yo. – Pero ahora tenéis un mundo como escenario para vuestra gloria; debéis hablarle a un mundo: cada sonido de vuestra cítara es patrimonio de la raza humana, y no podéis tocar una cuerda sin que el eco no se propague hasta el último punto del océano. Hay un espíritu de amor que les habla a todos los habitantes de esta Europa, pero con confusión y con vigor indistintos. Los errores de muchos siglos han consumido la impronta común; mas la poesía se nos dio del cielo como voz que puede volver a reunir a los hermanos dispersos. Vosotros debéis emplear y difundir por todas partes este espíritu de amor; debéis derribar las barreras que aún se oponen a la concordia; debéis cantar las pasiones universales, las verdades eternas. Por ello, estudiad los textos de todas las naciones. Quien no ha visto más que una literatura, no conoce más que una página del libro donde se encuentran los misterios del genio. Acercaos en una tácita comunión a todos los que gimen oprimidos por las mismas desgracias, a los que sonríen por las mismas alegrías y a los que aspiran al mismo fin. ¿Qué importa si el sol envía sus rayos a través de un velo de nubes o los lanza por el azul del aire? Todos los hombres tienen un corazón que late más en consonancia con el suspiro de la belleza; todos los hombres tienen una lágrima, una palabra de consuelo ante el grito de la desdicha; ¿y dónde está quien no siente renovar su alma en el pecho al oír la palabra de la libertad? – Inspiraos en estas fuentes; vuestra poesía será la voz del universo.

Una palma inmortal espera al final de la carrera que se abre ante vosotros; los pueblos irán con devoción a colocarla sobre la tumba del hombre que llegue en primer lugar, y la eternidad escribirá sobre el mármol: Aquí duerme el poeta de la naturaleza, el benefactor de la humanidad.

Traducción y notas de Juan Carlos Postigo Ríos

 

1 Antologia fue una revista de periodicidad mensual, publicada en Florencia de 1821 a 1833, impulsada por Giovan Pietro Vieusseux y Gino Capponi, y en la que colaboraron muchos intelectuales de la época. Durante una década, la revista fue un elemento central de la cultura italiana: la difusión de sus ideas impulsó el nacimiento de una burguesía liberal en Toscana y contribuyó a la creación del concepto de hegemonía cultural. En adelante, las notas numeradas son del traductor, mientras que las que están con asterisco pertenecen al texto original de Mazzini.

** Es inútil advertir que la palabra educación se presenta en su significado más amplio, y al igual que la unión de todas las instituciones civiles, políticas y religiosas, que obstaculiza o hermana las naciones en sus progresos.

2 Discurso extravagante y ameno, voluntariamente sobre un tema de poca importancia, que se solía leer después de los banquetes en las academias literarias italianas de los siglos xvi y xvii. Podría traducirse por «parlería». 

**** Me refería aquí al incivismo representado en la literatura. El incivismo itálico fue probablemente anterior, con seguridad simultáneo al griego, pero a nosotros no nos dejó monumentos de literatura o de arte. Y el antiguo Oriente, mal conocido cuando yo escribía, no tuvo, aparte de las grandes epopeyas religiosas, literatura propiamente dicha, anterior a la época griega. Shakuntalá no se remonta a más de dos mil años – (1861).

3 Obra jurídica publicada en el año 533 d. C. por el emperador bizantino Justiniano i, y que se conoce también como Digesto de Justiniano. Durante el sitio de Amalfi, el emperador Lotario ii, apoyando la causa del Papa Inocencio ii contra Roger, conde de Sicilia, recuperó el invaluable manuscrito y se lo entregó a los pisanos como una recompensa por su gran servicio al proveerle de una flota. El manuscrito fue atesorado en Pisa durante mucho tiempo, pero finalmente cayó en manos de los victoriosos florentinos, que se lo llevaron en triunfo a principios del siglo xv.

4 Sobre el siglo xiv, la ciudad de Pléskov funcionaba como una república soberana de facto. La mayor parte del poder lo formaban los comerciantes, quienes incluyeron a la ciudad en la Liga Hanseática. La independencia fue oficialmente reconocida por Nóvgorod en 1348.

 

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